Dicen los expertos que las elecciones las gana el partido que menos errores comete. De ser cierta esta afirmación podríamos pronosticar la continuidad de Sánchez hasta el final de la legislatura, cuando menos.
En los últimos años, todo ha sido una sucesión de dislates en el PP. Primero fue la elección de Casado como presidente del partido; un hombre que había vivido entre comités y gabinetes la totalidad de su vida política, desde que militara en las Nuevas Generaciones, allá por 2007. Un hombre que ascendió en su carrera política a la misma velocidad que se desarrollaba su carrera académica. Alguien que no medía el alcance de sus palabras, un irresponsable, secundado además por un secretario, Teodoro García - campeón murciano de tiro con aceituna- que impuso una disciplina de hierro; un “joven valor” que causó un estropicio monumental, tratando de desacreditar a Isabel Ayuso, uno de los principales valores de la formación.
Apareció Feijóo, con una trayectoria de impecables victorias en Galicia. Vino el político gallego porque no había más remedio, porque era el que estaba más a mano, porque nadie se atrevió o pudo hacerle sombra. El tiempo ha mostrado, de momento, que ganar unas elecciones autonómicas no habilita para competir en unas elecciones generales. La ruta que sigue el PP está llena de giros, indecisiones y recovecos.
Las elecciones generales fueron decepcionantes. A la esperanza desatada siguió el desánimo y el despiste. Faltó un liderazgo claro y definido. Entre admitir a VOX como cogobernante, como hizo el valenciano Mazón, o rechazarlo con aspavientos, como hizo la extremeña Guardiola, para admitirlo después a regañadientes no hubo una línea clara de actuación hasta pasadas varias semanas. Nunca estuvo más cerca de ser o parecer el PP una federación de partidos regionales, una especie de CEDA a la moderna. Por el contrario, el PSOE tuvo un liderazgo nítido y firme, que supo con habilidad identificar al adversario, una fusión imaginaria entre la derecha y la extrema derecha, una especie de monstruo bifronte, para movilizar a un electorado remiso ante la amenaza de catástrofe.
Aquello no fue un episodio pasajero. Adelantar las elecciones gallegas y pasar apuros e incertidumbres al final fue lo siguiente. Fue una metedura de pata colosal el sacar a debate el tema catalán, la admisión por lo bajinis de la amnistía, acaso para debilitar el apoyo que prestan los nacionalistas al gobierno. Se repitió la historia con el anuncio de una posible moción de censura que, de salir adelante, debería contar con el apoyo de partidos a los que trataron de seducir semanas atrás. En los últimos días ha sobrevenido una suerte de giro social, con propuestas de jornadas de cuatro días semanales, planes de conciliación avanzados, facilidades de vivienda, etc.
Una Jauja de derechas. En el PP se habla de dar la “batalla social” y, en con metáfora venatoria, de no “soltar la presa”. Menos lobos. Seguramente piensan que la gente está pendiente de las lucubraciones de los políticos y son capaces de distinguirlas entre el alud de informaciones diarias. Deben de creer que así se aproximan a los que consideran su electorado “natural” de clase media, o que de esa manera destapan las carencias legislativas del gobierno. Los viejos estrategas señalaban el riesgo de pelear en terrenos propicios al adversario ¿No sería mejor señalar con rotundidad los asuntos capitales -el paulatino desguace del Estado, la parálisis política, las amenazas a la unidad nacional, la emigración descontrolada, la neutralización de las instituciones- y dejar las ocurrencias legislativas para mejor ocasión?
Del desprecio a las instituciones hemos tenido un ejemplo reciente. Pedro Sánchez se resiste a convocar la conferencia de presidentes autonómicos desde que el PSOE perdió las elecciones autonómicas. En su lugar, ha invitado a comparecer, uno a uno, en orden disperso, a los responsables de cada región. La conferencia de presidentes era una costumbre que inauguró Zapatero y podía, mal que bien, cubrir el vacío constitucional que no tiene previsto ningún órgano de coordinación y que el Senado -la parte inerte de la Constitución, su obra muerta- no es capaz de cumplir. Dividir al adversario, adormecerlo con favores que llaman singulares, es la táctica favorita de Pedro Sánchez. Ha sido llamarlos, convocarlos para una visita a palacio y cada cual se ha apresurado a venir a Madrid con la lista de asuntos pendientes: el agua, las autovías, el tren, la financiación, la deuda (uno dice una cosa y el de más allá otra). Una puesta en escena del sainete que podríamos titular ¿Qué hay de lo mío? Un despliegue de localismo tan absurdo como el de reclamar que la Dama de Elche vuelva a su pueblo porque, al parecer, los ilicitanos no saben vivir sin tener a la vista la escultura célebre, que un conciudadano malvendió en su día.
Feijóo ha demostrado ser un buen administrador. Primero como funcionario de la Junta y luego como presidente suyo. Pero parece desorientado en la barahúnda de la política nacional. Le falta todavía eso que los griegos denominaban la "hybris", la confianza en sí mismo, la autoridad, el impulso para ganar. Casi siempre anda a remolque de las iniciativas ajenas, sean las del gobierno o las que vienen de sus conmilitones más encumbrados ¿A qué juega el PP? Antes que nada tendría que disciplinar el coro de voces que ponen a su región por encima de todas las cosas. Eso, y tener estrategia firme y sentido común para llegar al gobierno sin pasar por atajos o pactos indeseables. ¿Será capaz Feijóo de afirmar su figura política? El tiempo lo dirá.