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"La vanidad es tan anclada en el corazón del hombre que un soldado, un criado, un cocinero, un cargador se jacta y quiere tener sus admiradores." dijo Blaise Pascal, esto fue en el SXVII sin llegar a saber los efectos de la televisión y las redes sociales. 

La ley de Jante o el discurso encomioso de la mediocridad

La ley de Jante o el discurso encomioso de la mediocridad

Esta ley que toma su nombre de una pequeña ciudad danesa fue mencionada por primera vez en el año 1933 por el escritor escandinavo Aksel Sandemose en su novela ‘a fugitive crosses his tracks’.


Citada también por Coelho en su novela ‘El Zahir’, nuestro querido novelista alude a que mediante esta ley, los regímenes políticos, indistintamente de su naturaleza, persiguen capciosamente que los ciudadanos interioricen una idea fundamental: Que son meros patanes, que nadie se preocupa de lo que piensan o hacen, y que más les vale el servilismo y el anonimato para ahorrarse los problemas y ascender en las escalas de la vida.

 

Esto indica que las sociedades no son conservadoras per se sino que los sistemas político, social o cultural, quieren que nos quedemos atrapados en los anzuelos y redes del pasado. Y si no os gusta, añaden, pensad en vuestros hijos, en vuestros familiares y vecinos, fingid ser felices, sonreían cuando os saquen fotos y colgadlas en vuestros salones para que las vean vuestros visitantes. No hace falta preguntar quién puso estas normas, nos dicen con aire conminatorio, esto no importa, no hagáis ni siquiera este tipo de preguntas porque estas reglas son inmarcesibles y válidas en cualquier espacio y tiempo aunque no lo consintáis, y cualquiera que intente evadirse de este ‘código de los muertos’ será tratado como un prófugo y tendrá su castigo tarde o temprano de una forma u otra. 

 

¡La rutina es el precio de la paz, martillan!

 

Hablando de rutina, la distancia que separa entre los raíles, unos 143,5 cm, fue definida en el tiempo de los romanos cuando los carros de combate eran tirados por dos caballos que cuando se ponían uno al lado de otro tenían de ancho esta medida. Mucho tiempo ha pasado desde entonces pero parece que las normas son atemporales y no hay diferencia entre un AVE y un corcel.

 

Con razón decía el refranero árabe que ‘cada flagelo tiene su lógica’; dicho en cristiano, que las desgracias nunca vienen solas. 

 

Por ello, si bien la bajeza y la memez parezcan confortables, esta comodidad es contraproducente además de efímera hasta que la tragedia toque nuestras puertas. Entonces nos preguntamos cómo tal cosa ocurrió y por qué nadie nos avisó a pesar de que todo el mundo sabía que acabaría ocurriendo.

 

Sí, nadie nos avisó –y no nos avisará- porque nosotros no dijimos nada y tampoco avisamos a nadie de lo que acontecerá.

 

La única escapatoria de este círculo vicioso, dice Coelho, es salir de la Ley de Jante empezando por creer en que valemos mucho más de lo que pensamos, en que nuestras acciones e iniciativas en esta tierra son sumamente importantes.  

 

Es probable que este cambio de actitud nos traiga problemas porque nadar contracorriente tiene su precio. No obstante, lo desconocido nunca fue sinónimo de miedo y fracaso. Más bien, se trata de saber gestionar las incertidumbres y seguir viviendo con desparpajo y atrevimiento. De lo contrario, nos convertiríamos en aquellos perros enjutos y débiles que esperan en vano –y de lejos- que los caninos fuertes les dejen algunas sobras hasta caer dormidos de tanta letárgica espera y falsa ilusión.

 

Este cambio de perspectiva nos recuerda el protagonista de otra novela de Coelho, el ‘Manual del guerrero de la luz’, que no escatima esfuerzos para derribar esta mísera realidad y reconstruirla de nuevo: ‘Siempre hay un tiempo para descoser y otro para coser’, dice el novelista brasileño en boca de su héroe.

 

Para ello, hace falta moverse incesantemente como lo hace el pueblo Tengri en las estepas de Mongolia sin ningún otro hogar que las lomas de su caballos; hace falta no parar de experimentar, ser creativos, deconstruir y reconstruir para que el día de hoy sea diferente de ayer y mañana.

 

Cuando los nómadas llegan a las ciudades y ven cómo malviven sus moradores, se les oye decir con aire compasivo: ¡Qué vida más desgraciada tiene esta gente! Sin embargo, estos desventurados ‘civilizados’ -que han perdido su sombra-, satisfechos de su sofocante rutina y sus corbatas baratas que ahogan lo poco que les queda de dignidad, les contestan: A nosotros también nos dais lástima por no tener cobijo ni lecho fijo, y se olvidan de que los nómadas -como los zíngaros- viven una alegría continua al no tener pasado, jinetes cuya única posesión es el presente. Por ello, lo disfrutan como si fuera su último día, y quizás ahí radique el secreto de su pasión duradera por la libertad y su sutil retórica de recomponer el mundo.

 

Bien que no podemos viajar continuamente a nivel físico nadie nos impide hacerlo espiritualmente, o sea marcharse lo más lejos posible de la huella condicionante de nuestros padres y ancestros en afán de liberarse de lo que nos han formateado para serlo: meros rumiantes de ideas y procederes.

 

Pero antes, y sobre todo, debemos tener el deseo de ello y arriesgarse. Antes de la cosa existe el deseo de la cosa, y sin espina, puede que haya rosa, pero sin fragancia ni prosa.

 

Por eso, bien que la libertad tendrá siempre su precio y contrapartida, es lo más sagrado para todos los seres vivos y el alpiste preferido de los jilgueros y ruiseñores. ¿Acaso los pollos de batería pueden cantar? Pues no, porque el cautiverio y la falta de espacio vital les ha roto el alma y quitado esta facultad inalienable sin libertad.

 

Además, ¿Habéis oído alguna vez de algún necio que fue víctima de injusticia? Sólo los profetas, los grandes filósofos y poetas han sido maltratados en nombre de sus pueblos y patrias.

 

  • No perder su sombra significa seguir indomables hasta el último suspiro y que nunca se canse uno de no hacer nada. Si el error tiene madre, decía Azzamajshari, esta madre es la rutina.
  • No perder su sombra significa también aguantar su hambre, huir de lo corriente, de la muchedumbre, y seguir buscando esa melodía cuan sutil y probablemente perdida. 
  • No perder su sombra es una declaración de amor hacia su sombra para que no le repudie y se vuelva insípido, sin olor ni color, algo pasajero en un tiempo tedioso.
  • No perder su sombra significa que sólo la luz que focaliza a uno es la que le convierte en enano o gigante, y que encima –o debajo-de todo ello yace una pregunta más importante: ¿Qué haríamos si la luz nos abandonase y las sombras se volvieran fantasmas?
  • No perder su sombra significa entre tantas otras cosas que el niño que fuimos nos siga acompañando en todas las edades, que no le enjaulemos en riesgo de fenecer de aflicción y desvivirse nosotros durante lo que nos reste de vida.

 

 

 

 


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