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"La vanidad es tan anclada en el corazón del hombre que un soldado, un criado, un cocinero, un cargador se jacta y quiere tener sus admiradores." dijo Blaise Pascal, esto fue en el SXVII sin llegar a saber los efectos de la televisión y las redes sociales. 

¡Apañados vamos!

¡Apañados vamos!

Se suele decir que la realidad supera la ficción, pero difícilmente se puede llegar a imaginar lo que está sucediendo en EE. UU. La situación actual puede parecer un cuento de terror, donde los que mandan, o aspiran a ello, tienen sus facultades éticas, físicas y mentales muy limitadas.


Si nos hubieran dicho hace unas décadas que los candidatos a Presidente del “Imperio” de Occidente iban a ser un delincuente convicto como Trump, declarado culpable por pagos para comprar el silencio de una actriz porno y con no pocos procesos judiciales pendientes, hubiéramos dicho que eso es imposible, que la gran nación americana, supuesta garante del sistema democrático, nunca permitiría tener un Presidente que fuera un delincuente.

 

Por otra parte, está un señor mayor, un abuelito, de esos que ya con la edad parece chochear, que tiene tantos lapsus que es difícil saber qué quiere manifestar y no se sabe qué le cuesta más: si terminar una frase o subir unas escaleras.

 

Esta realidad parece enseñarnos la decadencia del sistema. Están empeñados en aquel lema: cualquier americano puede ser presidente, sin importar su condición, ni estado físico y mental, mucho menos sus antecedentes penales, sus delitos… su intento de golpe contra las instituciones de su propio país.

 

Los derechos de todos los ciudadanos hay que protegerlos y respetarlos; por ello, la edad no puede ser un condicionante para acceder a cargos públicos, siempre que una persona esté en buenas condiciones para el desempeño de sus funciones.

 

Ahora bien, si todos estamos de acuerdo en poner limitaciones sobre quién puede conducir un vehículo, ya que hay que tener facultades que nos permitan ir por las carreteras sin ser un peligro para los demás y para uno mismo, parece razonable que, para ser Presidente de EE. UU., exista un control de salud y ética. Visto el último debate entre Joe Biden y Donald Trump, es para echarse las manos a la cabeza. Y no solo los americanos, sino también los europeos, tenemos que echarnos a temblar, cuando nuestra protección esa política de defensa, parte importante de la política exterior y económica va a depender de la decisión de personas en estas condiciones.

 

Tanto Biden como Trump podrían estar en una de esas residencias de lujo para la tercera edad, pues patrimonio no les falta, paseando por sus jardines y contando “batallitas” a sus nietos e incluso bisnietos. Por edad, Jordan Bardella, de la Agrupación Nacional, que tiene 28 años y tiene muchas posibilidades de ser el próximo primer ministro francés, pudiera ser uno de ellos.

 

¿Qué está pasando en el corazón del imperio de Occidente para que la mentira tenga más valor que la verdad? Donde lo que importa no es lo que se diga, sino cómo se diga.

 

Cuentan que hace muchos años, en el primer debate televisado entre Nixon y Kennedy, los que lo vieron por la TV vieron un claro ganador en el joven y apuesto Kennedy, que arrollaba con su facilidad de palabra a un Nixon sorprendido por la audacia de su oponente.

 

Sin embargo, los que lo escucharon por la radio tenían una percepción totalmente opuesta: vieron a Nixon muy superior, más consistente en sus argumentos. 

 

Esa misma comparación se podía hacer sobre el último debate entre Biden y Trump. Transcritos los discursos y leídos con detenimiento, el de Biden es mucho más acertado y veraz; el de Trump, una sarta de mentiras bien colocadas y coladas, con poca consistencia argumental. 

 

Al ver los discursos, esa fuerza de la imagen hace que Trump se coma a Biden, que está titubeante, perdido, inseguro, dando una imagen de fragilidad que ha hecho saltar todos los resortes del partido demócrata.

 

Por si faltaba algo para generar mayor inquietud, el Tribunal Supremo de EE. UU. ha dictado una sentencia que da poderes “cuasi dictatoriales” al Presidente. Señala en un voto particular que el Presidente de EE. UU. pasa a ser “un rey por encima de la ley”. Mientras por aquí nos peleamos por la separación de poderes, en EE. UU., el propio Trump nombró al 33% de los nueve jueces del Tribunal Supremo y al 30% de los jueces en las cortes de apelación. La independencia de la justicia es una quimera cuando puedes elegir a quien te juzga y, mientras el juez deba su puesto al juzgado.

 

Antes, se decía que a un candidato se le podía perdonar casi todo, menos la mentira. Actualmente, como han cambiado los tiempos, la mentira es una de las mayores armas electorales para derribar a tu rival. Los que te apoyan ya no creen en las leyes ni en la justicia; es el populismo elevado a la máxima expresión. La ley es la palabra de su ídolo, y cuantos más delitos, más popularidad.

 

Los que vimos las imágenes de la toma del Capitolio, es terrible que el instigador, el creador intelectual de tan aberrante atentado contra la sede de la representación de los ciudadanos, siga pudiendo ser presidente. Es para ver y no creer.

 

Otro debate es si quien mejor se expresa es mejor presidente. Sin embargo, si no eres capaz de llegar a los ciudadanos, tienes un mal futuro en este mundo de la política, donde vale más una hermosa sonrisa que cien datos económicos.

 

Si para contrarrestar todo esto los demócratas no tienen mejor candidato que un señor al que ayudarían a cruzar un paso de peatones, por tener sus facultades muy deterioradas, vaya papeleta. Veremos qué sucede si aumenta la presión sobre Biden. Cuando la elección es entre un kamikaze al volante o alguien que ya no puede ver y expresar la realidad con claridad, ¡¡apañados vamos!!.


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