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Yo lucho por la vida

aunque me venza la muerte, 

recuerdo y deseo,

¡siempre habrá poesía!

Alberto Morate

"Alboroque de poetas"

  Ondina Ediciones

Las dictaduras también van a las urnas

Las dictaduras también van a las urnas

Periódicamente las diversas dictaduras que hay en el mundo pretenden disimular su naturaleza violenta y arbitraria simulando someterse a la voluntad popular en elecciones amañadas.


El problema de las bayonetas

“Con las bayonetas, Sire, se puede hacer de todo menos sentarse sobre ellas”, le habría advertido al emperador Napoleón Bonaparte su ministro de Relaciones Exteriores, el genial diplomático Charles Maurice de Telleyrand.

 

Cierta o no la anécdota, la frase encierra una norma de la política, todo gobierno, en especial los que se sustentan en la fuerza y la violencia, debe buscar la forma de adquirir legitimidad jurídica y aceptación internacional para sustentarse en el tiempo.

 

En la búsqueda de esa legitimidad, las dictaduras y los regímenes de partido único suelen recurrir a la implementación de procesos comiciales que constituyen auténticas farsas cuyo único objeto es permitir a ese tipo de gobiernos y líderes vestirse con el ropaje de las democracias.

 

Así, lo han hecho a lo largo de la historia los gobiernos dictatoriales disfrazados de democracias donde el tirano de turno ganaba las elecciones por porcentajes insólitamente mayoritarios, logrando así perpetuarse en el poder en ocasiones vitaliciamente.

 

El patriarca paraguayo

El general Alfredo Stroessner Matiauda (1912 – 2006) se mantuvo en la presidencia de Paraguay por treinta y cinco años. Ascendió al poder beneficiándose de un golpe de Estado, como candidato del Partido Colorado, el 15 de agosto de 1954 y fue derrocado por otro golpe de Estado militar el 3 de febrero de 1989.

 

El dictador paraguayo fue elegido siete veces consecutivas como presidente, primero sin oposición en un régimen de partido único y luego mediante elecciones fraudulentas en las cuales la oposición solo servía para dar legitimidad al régimen, pero no tenía ninguna posibilidad de triunfar. En su última reelección, en 1988, obtuvo el 88% de los votos.

 

La Nicaragua de las dinastías

En Nicaragua, la familia Somoza se mantuvo en el poder desde 1937 a 1979 sucediéndose en el control del Estado y el Ejército de padres a hijos o entre hermanos: Anastasio Somoza García (1937 – 1956), Luis Somoza DeBayle (1956 – 1963) y Anastasio Somoza DeBayle (1963 – 1979) hasta que la dinastía fue derrocada por los guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

 

La Revolución Sandinista triunfo solo para que Nicaragua terminase en manos de una nueva dinastía dictatorial, esta vez de ideología seudo marxista encabezada por el comandante sandinista José Daniel Ortega Saavedra, que lleva 26 años en el gobierno del país. Ortega fue elegido presidente en las elecciones de 2006 y reelegido en 2011, 2016 y 2021. Anteriormente había ejercido la presidencia entre 1985 y 1990.

 

Ortega se ha mantenido en el poder desde 2006 persiguiendo a los opositores, anulando toda forma de libre expresión y pisoteando las libertades individuales.

 

Durante la campaña electoral de 2021, el gobierno de Ortega realizó una serie de detenciones de opositores que eliminaron a varios competidores por la presidencia. Diez precandidatos presidenciales fueron detenidos y acusados de “traición a la patria”, otros dos aspirantes disidentes optaron por el exilio y dos partidos políticos fueron inhabilitados.

 

El día de la votación la abstención fue muy alta. Según el gobierno voto el 65,34% del padrón de 4,5 de millones de electores habilitados. Según la oposición la abstención fue del 81,5%. El FSLN que llevaba a Daniel Ortega como candidato presidencial obtuvo el 72,92% de los votos.

 

Varios países europeos y latinoamericanos, así como Canadá y Estados Unidos calificaron abiertamente a las elecciones como “fraudulentas”.

 

La seudo democracia bolivariana

Otro dictador que apela a las elecciones fraudulentas para mantenerse en el poder es el venezolano Nicolás Maduro que arribó al Palacio de Miraflores gracias a comicios amañados, el 14 de abril de 2013, cuando obtuvo el 50,61% de los votos válidos.

 

El 20 de mayo de 2018, Maduro convocó a elecciones presidenciales anticipadas donde fue reelecto por un nuevo período de seis años.

 

Según un informe de la OEA y las Naciones Unidas, durante el primer gobierno de Maduro se registraron nueve mil ejecuciones extrajudiciales y más de cuatro millones de venezolanos se han vieron forzados a abandonar su patria.

 

Cualquier opositor se ve expuesto a detenciones arbitrarias seguidas de torturas.

 

Los distintos partidos de la oposición venezolana, sumados a los gobiernos de 51 países, la OEA, la Unión Europea, el Grupo de Lima y el Grupo de los 7 (G7) no han reconocido su reelección, aduciendo que dichos comicios fueron ilegales, carecían de garantías mínimas y no respetaban las normas internacionales de procesos electorales.

 

Ahora, el régimen chavista de Nicolás Maduro se apresta a realizar un nuevo fraude electoral, pese a lo comprometido en los Acuerdos de Barbados suscriptos con la oposición en octubre 2023, en las elecciones del próximo 28 de julio, día en que Hugo Chávez Frías cumpliría setenta años.

 

La oposición nucleada en torno a la Plataforma Unitaria, la coalición antichavista con más posibilidades de imponerse en los comicios fue hostiga y proscripta. El Consejo Nacional Electoral (CNE) impidió a la candidata triunfadora en la interna de este espacio, María Corina Machado (a quien todas las encuestas le dan una intención de voto superior al 70% aunque no pueda ser candidata), y luego a su sustituta Corina Yoris-Villasana competir en los comicios. Finalmente, el CNE terminó por no permitir ninguna candidatura de la Plataforma Unitaria.

 

A último momento, el CNE convalidó a trece candidatos presidenciales, entre ellos el oficialista Nicolás Maduro como candidato del nucleamiento “Gran Polo Patriótico Bolívar” con el lema: “El que va es Nicolás”.  

 

La manipulación de las candidaturas desató una ola de críticas internacionales comenzando por la OEA a la que se agregaron la Unión Europea y Human Rights Watch. Posteriormente, se sumaron los líderes de izquierda de la región, tradicionalmente cercanos al régimen chavista, como el presidente de Colombia, el ex guerrillero del M-19, Gustavo Petro, el brasileño, Luiz Inacio “Lula” da Silva, el exmandatario uruguayo José “Pepe” Mujica.

 

Pese a la adversa reacción internacional, al condicionamiento de las candidaturas, el régimen chavista no aflojó su presión sobre la oposición, al punto tal que seis dirigentes de la campaña electoral de la Plataforma Unitaria se vieron obligados a refugiarse en la embajada argentina en Caracas. El gobierno venezolano inmediatamente hostigo a la sede de la representación diplomática argentina cortándole el suministro de energía eléctrica y agua. No obstante, la cancillería argentina entregó el asilo diplomático a los refugiados y se encuentra negociando con el gobierno venezolano la posibilidad de su traslado a Buenos Aires.

 

Las violaciones de los derechos humanos por parte del régimen chavista y la persecución a los opositores venezolanos no se circunscriben a quienes permanecen en Venezuela.

 

El 21 de febrero de 2024, en Santiago de Chile fue secuestrado y luego asesinado el exteniente venezolano Ronald Ojeda. Para el gobierno chileno de Gabriel Boric todos los indicios apuntan a la intervención de agentes de Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) en el crimen.

 

No obstante, pese a todos estos hechos, el próximo 28 de julio, seguramente se impondrá nuevamente Nicolás Maduro en unos comicios amañados. Esto permitirá al dirigente chavista hacer gala de su condición de “presidente democrático” y proclamar que tiene el apoyo irrestricto del pueblo venezolano, lo cual es una auténtica falacia.

 

La dictadura del Magreb

La República Argelina Democrática y Popular también tendrá este año una farsa electoral similar a la venezolana para encubrir a una feroz dictadura.

 

A decir verdad, Argelia nunca ha tenido un gobierno democrático, sino que ha oscilado entre una dictadura militar de inspiración soviética con partido único y la seudo democracia tuteladas por las fuerzas armadas.

 

Entre 1830 y 1962, Argelia fue una colonia francesa. Argelia se independizó de Francia después de una prolongada y cruenta guerra de liberación.

 

La lucha por la independencia estuvo a cargo de un movimiento de liberación de ideología marxista, apoyado por los países del Bloque Socialista, que aplicó con éxito tácticas de guerrilla rural y ataques terroristas de guerrilla urbana, el Frente de Liberación Nacional (FLN).

 

Tras el retiro francés, cerca de un millón de europeos abandonaron el país, mientras el FLN establecía una dictadura de partido único. Primero con Ahmed Ben Bella (1962 – 1965) como presidente y luego, tras un golpe de Estado militar, con el coronel Hourari Boumedienne desde 1965 a su muerte en 1978.

 

En 1978, asumió la presidencia el coronel Chadli Bendjedid, quién en 1989, introdujo el “multipartidismo” habilitando a 47 partidos. Las fuerzas mayoritarias eran el Frente Islámico de Salvación (FIS) y el Frente de las Fuerzas Socialistas (FFS).

 

En junio de 1990, se llevaron a cabo elecciones provinciales y municipales libres donde el FIS obtuvo el 52,42% de los votos. Ante la posibilidad de un mayor triunfo de los islamistas en elecciones presidenciales, el ejército y el FLN dieron un nuevo golpe de Estado cancelando la apertura democrática.

 

Entre 1991 y 2002, Argelia vivió una sangrienta guerra civil entre el Ejército de Argelia y las milicias del Ejército Islámico de Salvación. La lucha estuvo caracterizada por las frecuentes violaciones a los derechos humanos. Las torturas, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones de personas se hicieron algo frecuentes. El saldo fue de miles de muertos y desplazados.

 

En 1999, al comenzar a estabilizarse la situación, se realizaron elecciones muy condicionadas en las cuales el FIS estuvo proscripto (los partidos islamistas continúan prohibidos hasta hoy). Se impuso en ellos Abdelaziz Bouteflika, quien con el apoyo del Ejército gobernó hasta 2019, triunfando en cuatro elecciones presidenciales consecutivas. Todo ello a pesar de que, en 2013, un accidente cerebral arterial lo dejó postrado en una silla de ruedas sin casi poder hablar.

 

En marzo de 2019, ante su intento (impulsado por su entorno familiar y de algunos aliados) de postularse para un quinto mandato presidencial se generó una violenta reacción popular en contra. Así nació el Hirak, un movimiento pacífico de protesta callejera que llevó a los militares a desplazar a Bouteflika, remplazándolo por un presidente interino Abdelkader Bensalah para que llevara adelante un nuevo proceso electoral.

 

El Ejército, en los comicios de 2019, solo habilitó a seis candidatos, todos ellos exminitros de Bouteflika en algún momento de su larga gestión presidencial. 

 

En la votación de noviembre de 2019, se impuso con el 58% de los sufragios en primera vuelta, el exprimer ministro de Bouteflika, Abdelmadjid Tebboune, aunque solo concurrió a las urnas el 39,93 de los argelinos habilitados para votar. 

 

Una vez instalado en palacio de El Mouradia, Tebboune, un antiguo profesor de derecho constitucional, se dedicó a desarticular al movimiento Hirak, que, en sus protestas callejeras semanales, pese a la pandemia de COVID, demandaba reformas que posibilitaran mayores libertades públicas y una auténtica democracia sin condicionamientos o proscripciones.

 

El gobierno encarceló a los activistas del Hirak, a los abogados que defendían a los presos políticos y a los periodistas independientes que difundían sus demandas. 

 

Actualmente, pese a la condena mundial y los reclamos de los organismos internacionales defensores de los derechos humanos, el régimen militar argelino mantiene a 266 presos políticos.

 

La represión e intimidación sobre los partidarios del Hirak y sus aliados se extiende a sus familias, con encarcelamientos transitorios, despido de familiares que trabajan para el Estado, clausura de emprendimientos familiares y convocatorias a las estaciones policiales para ser advertidos sobre las actividades subversivas de sus familiares.

 

Pese al mejoramiento transitorio de la economía argelina, debido a la suba de los precios internacionales del gas y el petróleo, las exportaciones de hidrocarburos constituyen el principal rubro de las exportaciones del país, las familias argelinas han perdido, durante los cinco años de la presidencia de Tebboune, el 10% del poder adquisitivo de sus ingresos.

 

Al mismo tiempo, la corrupción estatal junto al desempleo constituye los principales problemas de los argelinos. Argelia, que en tiempos de Bouteflika se situaba en la posición 90 del Índice de Corrupción de Transparencia Internacional, hoy ocupa el puesto 116 entre 180 países evaluados.

 

Además, Argelia enfrenta un serio aislamiento internacional, con sus fronteras terrestres y su espacio aéreo cerradas para su principal vecino, el Reino de Marruecos, las relaciones congeladas con el gobierno socialista de España por las políticas de Pedro Sánchez con respecto a la cuestión del Sáhara. También sus relaciones con Francia atraviesan un periodo de tensiones por sus diferencias con respecto a los regímenes militares del África Occidental y el Sahel, con la Unión Europea las diferencias se presentan por las críticas de los países comunitarios a la represión de los disidentes del Hirak, las limitaciones a la Libertad de prensa y su posición respecto a la Guerra en Ucrania. Con Washington las diferencias comprenden todos los aspectos mencionados anteriormente y algunos otros.

 

Por lo tanto, Argelia es cada vez más dependiente de sus pocos aliados internacionales: en África, fundamentalmente Sudáfrica, en el resto del mundo sus principales socios son otras dictaduras también aisladas de las democracias: Rusia, Irán, Venezuela, Cuba y Nicaragua.

 

El aislamiento internacional y su atraso económico son tales que Argelia fracasó, en 2023, en su intento de incorporarse a los BRICS.

 

Esta delicada situación interna y su aislamiento internacional obligan al régimen dictatorial argelino a mostrar la imagen más democrática posible a través de una farsa electoral implementando una elección manipulada que le permita presentarse como un país donde funcionan normalmente las instituciones de la democracia.

 

No obstante, gobierne Tebboune (el presidente que enfrenta problemas de salud y desacuerdos con los altos mandos militares aún no ha confirmado su postulación para un nuevo mandato) u otro personero el poder real seguirá estando en las fuerzas armadas.

 

La Rusia de Putin, el terrible

He reservado para concluir esta breve reseña de algunas de las manipulaciones electorales que llevan a cabo las dictaduras con el análisis de las votaciones en la Rusia de Vladimir Putin.

 

Al igual que Argelia, Rusia tampoco ha conocido a lo largo de la historia un gobierno auténticamente democrático. Tras siglos de la autocracia zarista de la dinastía Romanov, Rusia ingreso en una dictadura de partido único y colectivización económica de la mano de los Bolcheviques de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin. No obstante, aún el sanguinario Iósif Stalin (en realidad el georgiano Iósif Vissarióvich Dzuhgashili) reconocía la utilidad de realizar periódicamente una parodia electoral implementando elecciones indirectas y de lista única para legitimar a la dictadura soviética y a los cuadros del Partido Comunista de la Unión Soviética, un ejemplo que siguieron todos sus sucesores.

 

Tras la desaparición de la Unión Soviética, en diciembre de 1991, el breve deshielo de los caóticos años de Boris Yeltsin no fue todo lo democráticos que quisieron ver en Occidentes. Los viejos “aparatichik” de la era soviética y los nuevos ricos del mercado negro convertidos en magnates empresariales seguían añorando una mano dura que pusiera orden en el país más extenso del planeta.

 

Es así como, en 1999, Vladimir Putin, un antiguo oficial de la KGB, se convirtió impensadamente en primer ministro y, gradualmente, en un nuevo autócrata ruso, posición que no abandonaría por los siguientes veinticinco años alternándose hábilmente en los roles de presidente y primer ministro. 

 

Durante ese período, Putin como un nuevo Iván, el terrible, libro dos guerras: la Segunda Guerra Chechena (1999) y la actual “Operación Militar Especial” en Ucrania (2022 a la fecha), se anexó la península de Crimea (2014), mandó tropas a Siria (2015) para apoyar a su aliado el régimen dictatorial del presidente Bashar al-Assad. Todo ello sin dejar de interferir mediante “piratas informáticos” en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos (2016) para favorecer a Donald Trump en su contienda con Hillary Clinton.

 

Entre el 15 y 17 de 2024, se llevaron a cabo las octavas elecciones presidenciales en la historia de Rusia, una auténtica parodia donde Vladimir Putin, candidato del Frente Popular Panruso, se impuso por el 87% de los votos emitidos, el triunfo por el mayor porcentaje en la historia de las votaciones rusas.  La participación electoral en esos comicios fue del 74,22%.

 

A lo largo de estos veinticinco años, Vladimir Putin ha eliminado impiadosamente a todos aquellos que osaron oponérsele. No dudó en encarcelarlos, o emplear, desde misteriosos accidentes de auto o avión, suicidios intempestivos, venenos como el Novichok o polonio 210, cuando no un simple disparo en la cabeza, para suprimir a sus rivales o enemigos.

 

Ese fue el cruel destino que sufrieron magnates, como el petrolero Mijail Jodorkouski, el líder de los mercenarios del Grupo Wagner, Yeugueni Prigoshin, periodistas que denunciaron la corrupción y los manejos del Señor del Kremlin, como Anna Politkóvskaya, desertores y traidores como Alexander Litvinenko, o espías como Sergei Skripal, cuando no opositores políticos como Boris Nemtsov, Vladimir Kara – Murza o el infortunado Alexei Navalny, quién fue agredido en el rostro con un líquido corrosivo, luego envenenado con Novichok y finalmente condenado a 19 años de prisión por extremismo. Hasta que colapsó por causas desconocidas en una remota colonia penal siberiana. Por citar tan solo un puñado de los casos más notorios.

 

Cuando la mona queda

Como puede apreciarse de los ejemplos anteriores, cuanto más dictatorial es un gobierno, cuanto más restringe las libertades individuales y más violaciones a los derechos humanos comete, más necesidad tiene de legitimarse ante el mundo como un régimen democrático.

 

Para ello, las dictaduras suelen implementar procesos electorales amañados, proscribiendo a los opositores con mayores posibilidades, amordazando a la prensa independiente y desatando campañas de intimidación sobre cualquier voz opositora real o potencial.

 

Los dictadores también suelen intentar proyectar la imagen de que cuentan con apoyo mayoritario de su pueblo por lo que exageran sus triunfos electorales mostrando que se han impuesto por guarismos muy superiores a los que obtienen los candidatos vencedores en las auténticas democracias cuando las elecciones son totalmente libres y competitivas.

 

No obstante, como dice el refrán popular: “aunque la mona se vista de seda, mona queda”, un gobierno dictatorial y tiránico no cambia por simular de tanto en tanto que el pueblo puede votar.

 


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