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"La vanidad es tan anclada en el corazón del hombre que un soldado, un criado, un cocinero, un cargador se jacta y quiere tener sus admiradores." dijo Blaise Pascal, esto fue en el SXVII sin llegar a saber los efectos de la televisión y las redes sociales. 

La Unión Europea, un tesoro a preservar

La Unión Europea, un tesoro a preservar

El próximo 9 de junio, los españoles estamos convocados a elecciones al parlamento europeo. Tradicionalmente, ha habido una baja participación en este tipo de elecciones, en torno al 50%. En las circunstancias globales actuales, sería una temeridad persistir en esa tónica, porque Europa es hoy uno de los pocos bastiones del mundo que ofrece a sus habitantes, simultáneamente, unas altas cotas de desarrollo político y de bienestar social. Y, por desgracia, esta isla de libertad y de oportunidades en la que habitamos está cada vez más amenazada. 


Estados Unidos, que es referencia mundial en desarrollo tecnológico, tiene su sistema democrático en peligro por la deriva populista que ha elegido el Partido Republicano al apoyar en las primarias a un candidato integrista y enloquecido, como es el ex-presidente Trump. Por otro lado, su estado de bienestar está mucho menos desarrollado que el europeo y exhibe desigualdades extremas entre sus habitantes.

 

De los 165 países investigados por la Unidad de Inteligencia de la revista británica The Economist, solo 72 eran considerados democráticos en 2022. De estos, tan solo 24 se clasificaban como democracias plenas —su índice de democracia está entre 8 y 10— y, los otros 48, como democracias deficientes —índice entre 6 y 8—. El resto, son considerados regímenes híbridos —índice entre 4 y 6— o directamente autoritarios —índice por debajo de 4—.

 

Casi toda África —con tres o cuatro excepciones— está en estos dos últimos grupos. Los países musulmanes lo están todos sin excepción. En el Asia continental, se salvan cuatro países considerados democracias deficientes y, tan solo Corea de Sur, como democracia plena. Además, hay dos dictaduras muy poderosas: China y Rusia. En el Pacífico, solo se salvan Japón, Taiwan, Australia y Nueva Zelanda, todas ellas consideradas democracias plenas y, Malasia, democracia deficiente.

 

América Latina y Caribe son un mosaico de dictaduras y de sistemas híbridos con algunas democracias precarias, como Brasil, Argentina y Colombia, y tres plenas: Chile, Uruguay y Costa Rica. En América del Norte, la única democracia plena es Canadá. Estados Unidos se considera deficiente y, México, sistema híbrido.

 

Ante este deprimente panorama, Europa representa a la vez una isla de libertad y de desarrollo, un tesoro a preservar. Catorce de las 24 democracias plenas están aquí —10 en la UE-27 y 4 fuera de ella— y todos los miembros de la UE-27 son democráticos. A esto se añaden potentes estados del bienestar en casi todos los países, que proporcionan razonables oportunidades educativas y protección sanitaria a sus habitantes, y pensiones públicas de vejez y ayudas sociales varias que mitigan en gran medida las desigualdades inherentes al sistema capitalista.

 

La Unión Europea nos atañe y mucho. El concepto de soberanía nacional ha de ser reformulado en la UE-27 como soberanía compartida. Por ejemplo, en 2022, el 57% de las leyes aprobadas en el parlamento español fueron transposiciones obligadas de directivas europeas. En áreas como agricultura, medio ambiente y economía, ese porcentaje es aun superior.

 

Hay problemas que solo pueden ser tratados de forma eficiente en el ámbito europeo. Aquí se incluyen las acciones contra el cambio climático —con todo lo que supone de transformación profunda de los aparatos energético y productivo—, la digitalización de la economía, la regulación de la inteligencia artificial, la gestión de las migraciones y la defensa.

 

En 2020, fue un triunfo la compra unificada de vacunas y la aprobación de los fondos Next Generation para mitigar los efectos económicos de la pandemia. Por su volumen —750.000 millones— están considerados como el “Plan Marshall” del siglo XXI. España tiene asignados 160.000 millones, que están contribuyendo con fuerza a modernizar nuestro sistema económico.

 

Por si estos argumentos no fueran suficientes para participar en las próximas elecciones, hay uno adicional, bastante más dramático: Los europeos estamos amenazados. Hay muchas fuerzas interesadas en acabar con nuestra isla de libertad. 

 

Unas son externas: para todas las dictaduras del mundo, Europa es un “mal ejemplo” porque hace concebir esperanzas a sus habitantes de que una vida mejor es posible. La Rusia de Putin lleva años interfiriendo en nuestros procesos electorales a través de las redes sociales y atacando nuestras estructuras económicas y políticas mediante ciberataques masivos. El CNI detectó 105.000 en España, solo en 2023. El apoyo europeo a Ucrania ha aumentado la intensidad de los mismos.

 

Las otras son internas, y aquí se incluimos el auge en los últimos años de los partidos de extrema derecha y, peor aún, la contaminación que estos partidos están provocando en los partidos conservadores tradicionales. Las fuerzas que históricamente han sostenido los valores europeos han sido los partidos socialdemócratas, liberales y cristiano demócratas, a los que se han unido, en los últimos años, los verdes.

 

Una parte del Partido Popular Europeo —muy especialmente su presidente, el alemán Manfred Weber— es proclive a pactos con la ultraderecha. En algunos países —en Finlandia y, muy especialmente, en España— ese pacto ya se ha producido. Los partidos de extrema derecha son, por definición, anti europeístas. Promueven la vuelta a un nacionalismo trasnochado, niegan el cambio climático, están contra el feminismo y su “política migratoria” consiste exclusivamente en la represión del inmigrante. Su intención de voto alcanza en algunos países —notablemente, en Francia e Italia— hasta el 30%. En las recientes elecciones de Portugal el partido ultraderechista Chega ha pasado del 7% al 18% de los votos. Viendo los ejemplos recientes de Estados Unidos, Brasil y Argentina, no hay duda de que hay una ola global de fondo que impulsa a estas fuerzas antidemocráticas hacia arriba.

 

Por eso, no basta con votar, sino que hay que hacerlo en favor de los partidos que más defienden el actual modelo europeo. De lo contrario, si las fuerzas anti europeistas consiguieran una mayoría apreciable en el futuro parlamento, se produciría una reversión de las políticas actuales y Europa entraría en un periodo de nacionalismos disgregadores, perdiendo peso en el mundo.

 

Otro riesgo —este específico de España—, es que los problemas europeos se diluyan en campañas con temas nacionales. El Partido Popular del señor Feijóo intentará por enésima vez meter la amnistía, la ETA, el independentismo catalán y todos sus temas favoritos en el debate, porque él se plantea cualquier elección como un plebiscito contra su enemigo mortal Sánchez.

 

En cualquier caso, debemos tomarnos en serio estas elecciones. Las generaciones jóvenes, tal vez por desconocimiento de la historia, tienden a menospreciar estas olas de fondo ultraconservadoras que nos remiten a los años treinta del siglo pasado: como resultado de la crisis que siguió a la Primera Guerra Mundial, los partidos fascistas crecieron en esos años en Alemania, Austria e Italia y desencadenaron la Segunda.

 

Que no nos pase como al rey Boabdil de Granada al que su madre —supuestamente— increpó tras su derrota con la famosa frase “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Traducido a un lenguaje más moderno, diríamos al joven votante: “Que no tengas que llorar como súbdito de una tiranía lo que no supiste defender como ciudadano de una democracia”.


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