Dogmatismo ambiental

Dogmatismo ambiental

En la sesión de control del Congreso del 7 de febrero, tanto los líderes de Vox como los del Partido Popular coincidieron en acusar al Gobierno —y, en el primer caso, también a la UE— de “dogmatismo ambiental” como la causa de las movilizaciones de estos días de los agricultores españoles y franceses. A nadie se le escapa que hay unas elecciones europeas dentro de pocos meses y que hay que marcar territorio, pero empieza a ser desesperante que, para ello, se recurra una vez más a negar las evidencias científicas.


Las sociedades avanzadas como la española tienen numerosos problemas que, casi siempre, son tremendamente complejos de resolver. Por citar solo algunos, el despoblamiento rural, la adaptación al cambio climático, el acceso a la vivienda o el fenómeno migratorio podrían ser ejemplos. Los partidos políticos responsables suelen posicionarse ante esos problemas y aportar soluciones racionales a los mismos. En cambio, la estrategia de los populismos, lejos de aportar solución alguna, consiste siempre en señalar un culpable.

 

Un partido populista como Vox sigue la estrategia de explotar en su beneficio todos los conflictos de las sociedades democráticas, porque su objetivo final es acabar con ellas. También Hitler y Mussolini explotaron en su beneficio las elevadas tasas de paro e inflación tras la Primera Guerra Mundial y consiguieron hacer subir electoralmente a sus partidos. Las bestias negras de Vox son, por lo tanto, la inmigración, el cambio climático, la Unión Europea y el feminismo. En los dos últimos casos, porque suponen islas de libertad a las que estos partidos neofascistas son alérgicos. Ellos prefieren los regímenes autoritarios como el de Viktor Orbán en Hungría, el de Putin en Rusia o la teocracia iraní.

 

La movilización de los agricultores ha sido en gran parte instigada por los partidos de la ultraderecha, entre ellos Vox, lo cual no quiere decir que no existan problemas en el medio rural. El principal de ellos es la subida de costes que soportan y lo poco que pueden repercutir dichos costes en el precio de sus productos debido a situaciones monopolistas en el resto de la cadena alimentaria. Pero Vox ya ha encontrado a los culpables: la Unión Europea, su Agenda 2030 y su “dogmatismo medioamblental”. Obviamente, está calentando el ambiente para mejorar sus situación con vistas a las próximas elecciones.

 

Pero más preocupante aún es la posición del PP sumándose a las mismas críticas que Vox, aunque, en este caso, dirigidas al gobierno español. Sería, desde luego, inaudito que acusara también de dogmatismo ambiental a la señora von der Leyen, que es la líder de su mismo grupo parlamentario, el Partido Popular Europeo. Pero, sea por oportunismo —siempre es provechoso usar un conflicto para atacar al Gobierno—, por cerrarle espacios a Vox, por aumentar su base electoral entre los agricultores, o por un convencido negacionismo climático, es sumamente preocupante que el PP se apunte a las tesis populistas.

 

Las evidencias científicas no son opinables y el cambio climático y su origen humano son dos de ellas. Un organismo tan poco sospechoso como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP), y las 28 conferencias COP de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, llevan alertándonos al respecto desde 1995. Existe, desde la última COP, un consenso internacional en que es necesario abandonar del todo los combustibles fósiles, responsables de la excesiva concentración de CO2 en la atmósfera. En mayo de 2023 se alcanzaron las 424 partes equivalentes por millón (ppm) de CO2, el nivel más alto en los últimos tres millones de años. En 1950 se alcanzaron por primera vez las 300 pmm y, desde entonces, la concentración no ha dejado de crecer.

 

La temperatura de la Tierra está ya peligrosamente cerca de alcanzar el límite máximo establecido en el Acuerdo de París: un aumento global de 1,5º C, que marca el umbral que los científicos consideran irreversible. A partir de 2º C de aumento, se perderían todos los arrecifes de coral y al menos 10 millones de personas se verían afectadas por el aumento del nivel del mar.

 

En el informe de la UNEP de 2019 se establecía que las emisiones globales de gases de efecto invernadero deberían reducirse un 7,6% cada año entre 2020 y 2030 para que el mundo lograra frenar este siglo el calentamiento global en 1,5 °C. El objetivo es quedar por debajo de 300 ppm de forma estable. Debe tenerse en cuenta que el CO2 permanece en la atmósfera cerca de 100 años a partir de su emisión. Entre 2020 y 2023, en lugar de reducirse, las emisiones globales han seguido aumentando. Se han reducido en la UE y algo en EE.UU pero, a cambio, han aumentado mucho en China y en la India.

 

Lo que el PP y Vox llaman dogmatismo climático consiste en lograr una concertación internacional para reducir de forma drástica las emisiones de gases de efecto invernadero, que incluyen, no solo el CO2, sino también el metano, el óxido de nitrógeno y algunos otros. Sencillamente, porque nos va en ello la vida de la especie humana tal como la conocemos hoy, muy en especial la de las generaciones jóvenes, o sea, la de nuestros hijos y nietos.

 

Se ha empezado por eliminar los combustibles de la generación de energía eléctrica y por iniciar la electrificación de los vehículos ligeros. Pero eso es solo el comienzo. Le deberán seguir el transporte pesado por carretera, los barcos, los aviones, las calefacciones domésticas, las labores agrícolas y muchos procesos industriales. Eso significa que la adaptación a un mundo sin combustibles fósiles cambiará bastante nuestro modo de vida.

 

Son de esperar tensiones y será necesario desplegar muchas políticas públicas para hacer soportables los costes de dichos cambios. El problema es complejo y requerirá soluciones complejas. Pero negarlo y señalar culpables es el peor de los caminos para atajarlo: solo conseguirá retrasar el proceso. O sea, poner en peligro nuestras vidas. 

 

Pero algunos parecen preferir eso a cambio de un pequeño y efímero rédito electoral.


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