Interfuturos 2.0 enfrentando el futuro: dominar lo probable y gestionar lo impredecible

Interfuturos 2.0 enfrentando el futuro: dominar lo probable y gestionar lo impredecible

El informe "Interfuturos", se originó hace casi cincuenta años atrás, cuando la economía mundial no acababa de arrancar y no remontaba el vuelo. Entonces se encontraba en el peor momento, como consecuencia de la guerra de Yom Kipur o árabe-israelí de 1973 y la llamada "crisis del petróleo". El gobierno de Japón, consciente del crítico momento y de la urgente necesidad de que todos los países industrializados alineasen sus políticas económicas a largo plazo, tomó una importante iniciativa en mayo de 1975: proponer a la OCDE el proyecto "Interfuturos.


Enfrentando el futuro: Dominar lo probable y gestionar lo impredecible (1979)", un singular informe prospectivo con el fin de estudiar la evolución futura de las sociedades avanzadas en armonía con la de los países en desarrollo, donde participaron los profesores José Luis Sampedro y Emilio Fontela. De esta iniciativa además de Interfuturos, nace a finales de los 70, el proyecto "FAST de las Comunidades Europeas" y en nuestro país "España en la década de los ochenta", dirigido por mi maestro el profesor Fontela, posteriormente actualizado él mismo. Los motivos que dieron lugar a Interfuturos, eran de los más actuales: "Los nuevos problemas que han surgido durante los últimos años, con importantes implicaciones, tanto para los países avanzados, como para las relaciones entre estos y los países en desarrollo, las dificultades para conseguir a la vez crecimiento y pleno empleo, los desequilibrios entre oferta y demanda de productos primarios esenciales, la inflación, la problemática sin precedentes de las balanzas de pagos, la preocupación sobre las nuevas estructuras de la relaciones en el ámbito monetario en materia de intercambios comerciales e inversiones, más los desequilibrios crecientes entre economías desarrolladas y economías en vías de desarrollo, son algunos de los ejemplos".

 

Hoy la economía mundial tampoco acaba de arrancar, ni tampoco remonta el vuelo después de encadenar sucesivas crisis: la crisis financiera de las hipotecas subprime, la crisis de la pandemia del coronavirus y la crisis por la guerra de Ucrania, y ahora la enorme incertidumbre tras el ataque de Hamás desde la Franja de Gaza hacia el sur de Israel, precisamente cuando se cumplían cincuenta años del ataque de Yom Kipur. Cuando el mundo era "bipolar", las potencias mundiales, Estados Unidos y Rusia, se disputaban la hegemonía planetaria en una "guerra fría", que finalizo con la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS y todas las repúblicas socialistas (el telón de acero). El hito histórico que significó la caída del régimen comunista dio paso al "fin de la historia", como lo proclamo el politólogo estadounidense; Francis Fukuyama. El "orden liberal internacional", surgido tras la Segunda Guerra Mundial, definido como un conjunto de relaciones estructuradas basadas en reglas fundamentadas en el liberalismo político (democracia liberal), liberalismo económico (libre mercado) y liberalismo comercial (libre comercio), había triunfado sobre la dictadura y la planificación central comunista.

 

Sin embargo, el fin de la historia ha hecho un "zigzag" y el orden liberal internacional no reina según Fukuyama, más bien, nos encontramos en un "desorden liberal internacional", donde se solapan las grandes transformaciones geopolíticas, geoeconómicas y geoestratégicas, donde la transición energética adquiere una importancia relevante, así como el cambio climático es la primera prioridad para poner a salvo el planeta. Al respecto, recuerdan el informe del Club de Roma "Los Límites del Crecimiento (1972)", cuyas conclusiones actualizadas 20, 30 y 40 años después, reafirmaron lo que se indicaba en el primer informe: "Si el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantiene sin variación, se alcanzarán los límites absolutos de crecimiento en la tierra durante los próximos 100 años" (Casilda, 2021). Todo ello, acompañado por la aparición de "Cisnes Negros", impactos de sucesos altamente improbables como los denomina Nassim Nicholas Taleb, que generan incertidumbre sobre la perdurabilidad de las reglas que rigen la política, la economía, las finanzas y el comercio a escala global, dando lugar a una espiral que incrementa la rivalidad entre dos bloques cada vez más diferenciados: democracias y autocracias, liderados respectivamente por Estados Unidos y China, a los que se añade el Sur global, donde sobresale India.

 

El mundo se encuentra inmenso en una intrincada y compleja crisis polifacética y de geometría variable.

 

El mundo se encuentra inmenso en una intrincada y compleja crisis polifacética y de geometría variable, que como toda crisis trasmite incertidumbre, y como toda crisis, exige tomar decisiones que sean las más efectivas al menor coste posible. Las decisiones tendrán aciertos y errores, que indudablemente, marcaran el mañana por mucho tiempo. A los cincuenta años de Interfuturos, podemos preguntarnos si no es el momento de "Interfuturos 2.0". El simple hecho de interrogarse sobre el futuro, constituye ya una forma, no desdeñable, de moldearlo, decía el profesor Fontela. La preocupación por el futuro ha estado siempre presente en la historia de la humanidad, ya sea a través de la imaginación o del arte, o se materialice en un recurso metodológico. Lo cierto que el interés por conocer y reflexionar sobre el futuro caracteriza a los seres humanos y se vincula con la necesidad de trascender y dar sentido a su existencia (Barbieri, 1992). Interroguemos el futuro. Qué Gobierno tomará la decisión de proponer a la OCDE o a otra institución Interfuturos 2.0. Hoy sobresale la urgente necesidad de estudiar la evolución futura de las sociedades industriales avanzadas en armonía con las de los países emergentes y en desarrollo en este momento alterado del mundo, donde hemos creado unos resultados que nadie quiere, pero que curiosamente persisten, los cuales indudablemente debemos dejarlos atrás, estableciendo una sociedad más próspera, más justa, más feliz y en paz perpetua como invocaba Inmanuel Kant (La paz perpetua, 1795).   


 

Cedido por Ramón Casilda y por El Confidencial


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