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Nada nuevo bajo el sol: "Para la paz en el Medio Oriente, la creación de un Estado palestino independiente es un requisito previo indispensable."

— Angela Merkel, canciller de Alemania.

¿Frankenstein II o Puigdemont I?

¿Frankenstein II o Puigdemont I?

¡Ya tenemos Gobierno de la Nación! De la Nación, pero con los enemigos dentro y en el conglomerado gobernante. Unos lo son del sistema político-económico, otros de que España siga entera y otros más, de todo. ¿A qué otras cosas aspiran los coaligados con el PSOE de Sánchez?: PCE, IU y otros inmersos en Sumar; ERC; Bildu; JxCat. Incluso el PNV quiere la independencia del País Vasco. Como es con la boca aparentemente chica, aunque anhelosa, hasta pasa desapercibido. Pactar con el PNV se antoja menos pecaminoso. Eso piensan muchos, hasta en el PP.


A los “supporters” de Sánchez no les gusta que a la primera coalición del “régimen democrático del 78” (así, sí vale, Pablo) se le llame Frankenstein. A Sánchez probablemente le da igual. Es un político práctico cuyo solo objetivo es el poder. Los precios, un detalle. 

 

Fue al gran socialista, Pérez Rubalcaba, a quien se le ocurrió lo del Frankenstein, ese cuerpo creado con el tórax de un cadáver, el pie de otro, la mano de un tercero, la pierna de un cuarto y el cerebro de un descerebrado. Por eso hizo fortuna el símil y no debieran los “Sánchez lovers” molestarse: Frankenstein cabalga, y los ladridos solo son ruido de fondo. 

 

Al suceder esta coalición multiforme al primer Frankenstein, parece lógico llamarla “Frankenstein II”. Si no gusta, y teniendo en cuenta que su formación depende esencialmente de Puigdemont, fugado de la Justicia española, se podría bautizarla también “Puigdemont I”. ¡Qué más da! ¡Cómo la amnistía! Total …  Quizás lo de Frankenstein resulte menos personal, más aceptable. Mary Shelley, la creadora del primer Frankenstein, estaría orgullosa de los progresos de su hijo literario. 

 

Siempre duele ver a los seres queridos con malas compañías. Sobre todo, cuando se percibe nítidamente que la polarización en España es lluvia, a veces tormentosa, que cae de arriba. No sube desde los ciudadanos. Un 60% de los españoles quieren que PSOE y PP se entiendan para no tener que depender de extremistas e independentistas. Desean soluciones centradas en  nuestros problemas, que fortalezcan nuestra unión y cohesión nacional, que nos sitúen junto a nuestros socios de la UE y nuestros aliados occidentales. 

 

La polarización, en cambio, provoca la división de la sociedad y la protagonizan quienes prefieren entenderse con extremos que rechazan la Constitución y la Transición que con los que desean también una España fuerte internacionalmente y coherente internamente. ¿Precio? Los dos grandes habrían de ceder en cosas, sin duda, pero ¿Ofrecen mejor ganga la comunista Yolanda, el bildutarra Otegui o los separatistas Ortuzar, Junqueras, Aragonés y Puigdemont? ¡Todos juntos!

 

Estos nacionalistas contrarios a España, ¿Muerden además de ladrar? Rufián dice que no, pero ¡Menuda referencia! En realidad, eso intentan, pero si Cataluña parecía más tranquila sería por constatar que la UE no acogería bien su independencia más que por los indultos, la eliminación sin sustitución de la sedición, el mejunje sobre la malversación adaptada a los amiguetes políticos y, ahora, una amnistía injusta, divisiva y a cambio de un beneficio personal presentado como nacional porque los que alientan la rebelión ni lamentan sus ataques a la Constitución ni muestran propósito de enmienda. Incluso exigen referéndum de independencia además de la amnistía. La Constitución, por un arco. ¿Cataluña pacificada? 

 

Más firmeza. En la UE es imposible que se acepte como miembro una entidad territorial escindida de una madre patria comunitaria. No sólo España debiera tenerlo claro, también otros países que no conciben que parte de los mismos se escindan como Italia con la Padania, Bélgica con una secesión flamenca o Francia con una bretona, y hay más ejemplos. Nadie aspira a una UE sólo de regiones, super Torre de Babel, sin olvidar que fuera de la UE y lejos de sus amorosas subvenciones, solo hay un frío polar.

 

La excepción que confirmaría la regla sería Escocía, pero porque el RU abandonó la UE y en Escocía ganó el “remain”. Ingresar en la UE sería para Edimburgo y la UE la vuelta de quien no quiso marcharse. No es el caso de los egoístas separatismos españoles. 

 

¿Frankenstein II o Puigdemont I?


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