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 "Las condecoraciones son la alabanza de la servidumbre, y el desprecio de las mentes libres." David Thoreau (1817-1862) filósofo estadounidense, gran defensor del individualismo. 

Se recuerda lo que resiste al olvido: oralidad nacional versus ley escrita

Se recuerda lo que resiste al olvido: oralidad nacional versus ley escrita

El profesor Pérez Royo indicaba en un artículo titulado "El desgaste de un símbolo" que "en el artículo 56 de la Constitución está la ficción de que una persona física simboliza la unidad del Estado. En el artículo 66 está la realidad de un órgano constitucional (a saber, las Cortes Generales) elegido directamente por los ciudadanos en los que reside la 'legitimación' del monopolio del poder en que el Estado consiste."


El artículo 56.1 dice que "el rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones". El 56.3 añade que "la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad".

 

El artículo 66 reza así: 

1. Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado.

2. Las Cortes Generales ejercen la potestad legislativa del Estado.

3. Las Cortes Generales son inviolables.

 

La distinción anteriormente esbozada entre la ficción del artículo 56 y la realidad del 66 se puede combinar con la diferencia entre cultura oral y cultura escrita para aderezar un cóctel explosivo. Veamos por qué. Analicemos los componentes de tal combinación explosiva tal como se perciben hoy en los aledaños de la calle Ferraz de Madrid. 

 

Para ello, primero reflexionaremos sobre la relación entre la oralidad y la ficción del artículo 56. En segundo lugar,  relacionaremos la cultura escrita con la potestad legislativa descrita en el artículo 66 y plantearemos la cuestión de su supuesta realidad y de sus límites, como el Lawfare. Por último, concluiremos con el reconocimiento de que por debajo de las capas de nuestra cultura escrita fluye el magma de la oralidad mítica por mucho que intentemos evitar su erupción. Tal vez, debamos encauzar su potencia mediante la elección de unos representantes provisorios que tengan la potestad de redactar las leyes revisables a las que nos sometamos, autónomos pero mutantes. Tal vez, algún día la autonomía nos acerque a la democracia directa o participativa, mientras tanto…

 

Las culturas orales estructuran sus recuerdos colectivos en las fiestas de conmemoración. Mircea Eliade, por citar el autor más famoso, lo explicaba en relación con la rememoración de las hazañas del arquetipo fundador de cualquier cultura oral en su libro El mito del eterno retorno. En esas fiestas se recitan versos o versículos que estructuran el recuerdo colectivo en el que se apoya la débil memoria individual. Los que cantamos en coros, en festivales o en familia sabemos apoyarnos en los demás en los momentos de duda o vacilación: entre todos nos sabemos la letra y la música hace el resto. En la calle Ferraz y aledaños, se han vuelto a recordar letras completas casi olvidadas, como la del Cara al sol. También se ha vuelto a hacer rimar "vote" con "Txapote" con ritmo psicótico y melodía de White Stripes. La fiesta de conmemoración es fundamental en la perpetuación de las culturas orales. Así se recuerda lo que resiste al olvido.

 

Otro elemento fundamental de la oralidad es la exageración. Muchos de nosotros conoceremos al típico exagerado que narra las historias exageradamente, porque así más éxito cosechan y más se recuerdan posteriormente. Narración o ficción en griego se dice "mýthos" y en ella descansa tanto la ficción de que una única persona física simboliza la unidad de un  Estado diverso (art. 56 CE), como la exageración subjuntiva de que Txapote vote a Sánchez. O también la exageración regional/presidencial de que vivimos en una dictadura progre que, curiosamente, garantiza la libertad de expresión suficiente como para poder cantar el Cara al sol. Las culturas orales descansan en ficciones, rimas y exageraciones; ficciones tan míticas que en Ferraz algunos se toman la libertad de vaciar el escudo de la bandera oficial del reino de España. (La monarquía descansa en una ficción tan compartida que muchos humanos se la creen,  aunque otros no tanto). El vacío recortado de algunas banderas de Ferraz podría llenarse, tal vez, con una especie de ave, pero, con la paradoja de que ese relleno prohibiría su vaciamiento en caso de que se volviese a colocar el águila en el centro gualdo. Es decir, protestan contra el advenimiento de una próxima dictadura progre que, paradójicamente, les permite protestar y reivindicar una dictadura nacional-católica que, si se volviera a instaurar, no les dejaría protestar. Pero, bueno, son una minoría, dicen, y podrían constituir el blanco fácil de muchas falacias del testaferro.

 

Un blanco no tan fácil serían los millones de españoles contrarios a la amnistía. Otro blanco complicado serían las asociaciones de jueces que saben mucho más de leyes que yo y que reivindican la independencia del poder judicial. ¿Y la del poder legislativo? ¿Quién podría defender la independencia del poder legislativo? ¿Quién podría sostener la realidad ilimitada del artículo 66 con la inviolabilidad de las Cortes? ¿Quién reivindicará la ley de la amnistía cuando esté escrita?

 

La reivindicarán los ciudadanos que quieran elegir al órgano que regule su convivencia mediante la labor legislativa; ya que ni a jueces ni a reyes los podrán elegir. Es decir, la reivindicarán aquellos que quieran elegir a los que guíen la convivencia mediante una legislación que podrá derogarse en caso de que no funcione o de que se constituyan unas Cortes Generales con una mayoría alternativa. Aquí concordamos y recordamos todos que se debe limitar el ejercicio legislativo desbocado de un poder omnímodo, por ejemplo, mediante la labor de control que ejerce el poder judicial sobre las Cortes. Aun así,  la limitada realidad legislativa de las Cortes y, en general de  toda ley escrita, choca contra el núcleo mítico del pensamiento basado en la oralidad: en las rimas, exageraciones y fiestas de la conmemoración.

 

Desde otra perspectiva, podríamos pensar que no solo se deben establecer cortapisas a la realidad legislativa, sino también a la actividad judicial. ¿Quién vigilará al vigilante? Cuando se imprima la ley, podremos evaluar el alcance del contrapeso que pueda ejercer el poder legislativo respecto al judicial. La utilización del anglicismo "lawfare" en el avance del acuerdo nos hace pensar en la necesidad de reforzar, no la independencia, sino la resiliencia del poder legislativo ante los embates de una parte de la judicatura. Hemos observado sus embates contra algunas leyes aprobadas por la mayoría de los representantes elegidos en las votaciones catalanas y contra algunas leyes, como la amnistía, que ahora podrán aprobar la mayoría de los representantes elegidos en las últimas votaciones españolas. La lucha entre ambos poderes se ha decantado últimamente hacia el lado judicial, un lado que no ha sido elegido en votación y que sin embargo corrige los acuerdos tomados por la mayoría de los representantes votados por los ciudadanos. Por todo ello, la labor del poder legislativo se ha visto cercenada por el judicial, por ejemplo, en la sentencia de l'Estatut de Catalunya, y se ve ahora míticamente cuestionada por una de las grandes rimas coreadas por los manifestantes en Ferraz y por el juez Llarena: "Puigdemon(t) a prisión". También podemos dudar de a quién representan ciertos autos, como el del juez García Castellón acusando ahora de “terrorismo” a Puigdemont –aunque  hubiera indicado a la Justicia europea que no existía ninguna investigación abierta contra él–. 

 

Concluyamos el tortuoso recorrido que nos lleva a este momento incierto tan nuestro. Aquí y ahora, todavía, se considera mejor juzgar que legislar. En un futuro, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que por mucho que nuestra cultura contemporánea desee emanciparse del núcleo mítico sobre el que orbita, no puede liberarse totalmente de él. Desembarazarse del meollo de ficción que sustenta la oralidad, los mensajes rimados y los significantes exagerados es ahora prácticamente imposible. Tenemos que comprender relatos orales y ficciones diversas para poder convivir con los manifestantes hodiernos de Ferraz, pero también con los que pusieron urnas y votaron el 1 de octubre de 2017; más aún, tenemos que contarnos mitos para entendernos a nosotros mismos a través de nuestra cercanía a unos o a otros. Después vendrá la ley escrita. Y después, si esta no funciona, se podrá votar a quienes puedan escribir otra. Así sea.


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