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"El hombre está condenado a ser libre; porque una vez que está arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace." Jean Paul Sartre filosofo y escritor francés.  

Dependencia de la independencia. No solo de Puigdemont

Dependencia de la independencia. No solo de Puigdemont

Agudos analistas han diseccionado las diversas posibilidades para formar nuevo gobierno tras los resultados de los comicios del 23-J. Todas dependen de Junts: las del PSOE, pero también la fugaz propuesta del vicesecretario de Coordinación Autonómica y Local del PP, quien se abría a iniciar un diálogo “dentro de la Constitución”. Todas dependen de un partido independentista. No puedo añadir yo ningún comentario valioso desde el punto de vista del análisis político, pero tal vez sí plantear dos cuestiones desde la perspectiva psicoanalítica.


1. ¿Es la independencia una idea neurótica?

2. De ser así, ¿lo sería también la dependencia de la independencia?

 

Empecemos. La idea neurótica opera como la incógnita que algunos seres humanos pretenden despejar para ser felices. Es decir, un neurótico piensa que está incompleto, pero que podrá colmar sus carencias cuando obtenga aquello que desea. Por ello, un neurótico sitúa la felicidad en la satisfacción de un deseo en un momento futuro: ¡qué feliz seré cuando me cambie de trabajo! o ¡qué feliz seré cuando seduzca a tal persona! De modo semejante, la independencia, cuando se obtenga, completará lo que le falta a un independentista. En suma, querer completar la falta no se trata de algo exclusivo de un independentista, sino que sería común a cualquier persona con rasgos de carácter neuróticos.

 

¿Qué le falta al independentista catalán para ser feliz? La autodeterminación nacional y la independencia, es decir, que el mundo le reconozca como miembro de un estado independiente

 

¿Qué le falta al españolista para ser feliz? La dependencia, es decir, que un independentista dependa de él, esto es, que se vote el referéndum, si se vota, en todo el estado español y que, después del previsible resultado, cese el separatista de demandar el reconocimiento internacional.

 

Estas dos faltas presuponen dos maneras diversas de evitar establecer una relación de tú a tú. ¿Por qué evitar? Porque en realidad ahora mismo es imposible que se cumplan las dos a la vez, que se completen las dos faltas; pero como no se pueden satisfacer ambas pretensiones en realidad, se satisfacen de otro modo, se satisfacen en el goce del lenguaje, se satisfacen, por ejemplo, en una mesa de diálogo que no tiene visos de momento de tener ninguna repercusión. En resumidas cuentas, es imposible que se cumplan los dos anhelos, independencia y dependencia, pero es necesariamente inevitable que se persigan y que su persecución proporcione un cierto goce.

 

¿Cómo?

 

Por una parte, en el españolista se experimenta un goce, manifestado en la consigna “¡a por ellos oé!”, que requiere del sacrificio del independentista catalán. El españolista persigue un deseo que solo existe en el que desea, es decir, no existe lo que podría satisfacer el deseo del españolista, porque el catalanista no desea ser español y en la España del siglo XXI no es probable que triunfen limpiezas étnicas o culturales que uniformicen a sus habitantes. Por ello, satisfacer el deseo del españolista es imposible, ya que el ansia de reconocimiento independentista no se extingue, es más bien al contrario: se retroalimenta cuando no recibe el reconocimiento esperado. No hace falta ser nacionalista, ya que lo hemos experimentado casi todos, por ejemplo, cuando nos hemos dicho para nuestros adentros “¡qué injusticia que no se me reconozca lo que hago!" o "¡qué feliz seré yo cuando se me reconozca todo lo que valgo!”.

 

Por su parte, el independentista catalán experimenta satisfacción a través de esa queja por el reconocimiento no recibido. Esa satisfacción que se retroalimenta compulsivamente es el goce; ese goce que está en la base de todo lo que le falta al ser humano, en tanto que ser hablante, en tanto que animal que habla y que modifica su conducta y su cerebro a partir de las experiencias compartidas con otros hablantes. Un ejemplo de este tipo de modificación o neuroplasticidad: la persona seductora a la que hemos querido seducir se puede convertir instantáneamente en vomitiva si dice “puto catalán”. Del mismo modo, si las intervenciones en el Congreso de los diputados no se desarrollan en lengua catalana, el independentista puede retroalimentar su falta de reconocimiento y su aversión hacia los impositores de las reglas del diálogo.

 

Es más, las estructuras lingüísticas se satisfacen a través de los hablantes, sea en un proceso de seducción, sea en una mesa de diálogo, sea en el Congreso de los diputados. ¿Qué estructuras? Las estructuras del sujeto activo que, en este caso, utiliza e impone la lengua común para establecer la interlocución y del pasivo que ve sacrificada su lengua propia en aras de la comunicación. Por cierto, las estructuras lingüísticas de la activa y la pasiva pueden impedir la experiencia de la comunicación genuina de los interlocutores en la mesa de diálogo y, en general, de todas las interacciones cotidianas en sociedades diglósicas. Las estructuras lingüísticas reverberan y se repiten en los interlocutores, impidiendo una experiencia genuina que supere la mera repetición de roles adquiridos a lo largo de la vida del hablante.

 

Vayamos concluyendo. Respecto a la primera cuestión planteada, la independencia es una idea neurótica, porque la autodeterminación de los pueblos puede ser utilizada como un espejismo para justificar que no es posible la autodeterminación del individuo, es decir, la realización de su capacidad para establecer relaciones afectivas de tú a tú con sus congéneres o, en palabras de Kant, su tratamiento como fin en un posible reino de fines, o sea, en un mundo donde ningún ser humano tratase a otro como medio. En el panorama actual de guerra en Europa, el pensamiento kantiano suena a mito ilustrado. Hoy en día, responder que la autodeterminación nacional es un instrumento para la autodeterminación del individuo suena huero, ya que sin alianzas multinacionales, no hay autodeterminación nacional ni, por consiguiente, individual. Pregunten a los ucranianos no-prorrusos. Los individuos somos medios y las naciones son medios, pero eso es otro problema que no tengo capacidad de tratar. Simplemente, reitero que hay estructuras supraindividuales y pulsiones atávicas que se expresan y repiten a través de los individuos.

 

Respecto a la segunda cuestión, la dependencia de la independencia es una paradoja que podría estar cerca de la psicosis, ya que pretende conseguir algo que no existe: que un independentista catalán desee ser español. Hoy en día es ilusorio, por no decir imposible, pretender completar la falta de reconocimiento internacional y la necesidad de autodeterminarse del independentismo catalán. Mientras tanto, nos encasillamos y nos entretenemos con dos espejismos: la independencia para algunos catalanes y el deseo de españolizarlos para algunos españoles. Esos dos espejismos, como la línea del horizonte, se escapan del presente y proporcionan una pancarta de meta que nunca llega. Tal vez, marcar esa meta como objetivo es requisito indispensable para forjar una identidad. Una identidad que está basada en la evitación de relaciones de tú a tú entre individuos que se llaman españoles o catalanes. Hay otra opción: no llamarse. No encasillarse. Es tal vez la opción tibetana. Esta opción está basada en el goce de un dios que, según Lacan, no existe. Es la opción del goce del no-todo, la opción de reconocer que no hay forma de completarse, que no seremos felices cuando consigamos aquello que decimos que nos falta, porque eso no existe. La opción tibetana queda lejos, muy lejos. Aquí, mientras tanto, dialoguemos para acordar que ahora no puede haber acuerdo, pero que hay que seguir adelante. Mejor seguir adelante que el sacrificio del 155 o que las limpiezas étnicas o culturales de épocas pasadas. Suena mejor si recitamos tres versos de Enric Casasses:

 

D'acord, no ens entenem

ni ens sabem estimar (...),

la vida anar tirant.


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