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Nada nuevo bajo el sol: "Para la paz en el Medio Oriente, la creación de un Estado palestino independiente es un requisito previo indispensable."

— Angela Merkel, canciller de Alemania.

Muerte es que no nos mire quien amamos

Muerte es que no nos mire quien amamos

Decía Gloria Fuertes  “Muerte es que no nos mire quien amamos”. Carl Icahn es un empresario e inversor norteamericano. Hijo único de padres judíos, Carl desarrolló un olfato felino para las finanzas y las inversiones. Ya desde muy joven supo que casando reflexión y riesgo era capaz de conseguir aquello que a la inmensa mayoría de la humanidad le parece una quimera: hacerse millonario. 


Primero lo descubrió con el póker, dónde barría a aquellos que ebrios de alcohol se reían de su juventud y aparente ingenuidad. De ahí el salto al parquet de Wall Street; donde en la década de los 60 revolucionó el mundo de los corredores de bolsa. Después, como peldaño natural, el control y toma de mega compañías, modificando los consejos de administración, rescatando aquellas que parecían en caída libre e inventando una ingeniería financiera que lo catapultaría a los cielos de la Forbes y de las cumbres más exclusivas de los CEO,s del universo, que reunidos de manera anual y entre cócteles y platos fríos deciden cuándo y cómo repartirse el pastel de la economía de éste, nuestro mundo.

 

Todo esto que cuento lo he visto en un documental de la HBO. En él, Carl relata a modo de story-teller su vida y “milagros”. El 80% del film está centrado en la parte profesional, en cómo el hombre se convirtió en un Dios (el capitalismo también los tiene). Un largo tránsito entre compañías como Texaco, Twa, Apple, etc… El otro 20% son resquicios que se entretejen entre el discurso y que nos cuentan qué barro y qué paja armaron al joven Carl, ese que se convertiría en un sabueso, un tiburón, un halcón con oficinas en la Quinta Avenida, mansión en Miami y tantos ceros en la cuenta corriente que podrías nadar entre ellos de Vigo a Veracruz. 

 

Y es dentro de esa breve ventana biográfica del relato dónde Carl dice: “Yo fui el hijo único de una madre con un perfeccionismo patológico, que, claro está, quería un hijo perfecto. Tuvimos una relación conflictiva”. Esto dicho a cámara y sin pestañear. Después continúa: “Mi padre jamás se preocupó por saber a qué me dedicaba. Cuando yo ya era un hombre adulto, rico, un día me pidió que le escribiese en un papel cuál era mi oficio”. Carl parpadea, baja la mirada: “Después de hablar un rato. Ese día me abrazó. No sé por qué todavía lloro cuando lo recuerdo”. Carl adopta la postura de un niño dolido: “Ese día sentí, cómo decirlo, cierta calidez”. 

 

Cierta calidez es el único recuerdo emocional que tiene Carl de su padre. De su madre el no sentirse digno. Y todavía con 87 años se pregunta por qué llora cuando recuerda aquel abrazo paterno. No hace falta haberse leído ningún manual de Inteligencia Emocional para saber la respuesta.

 

Acabo como empecé. Decía Gloria Fuertes  “Muerte es que no nos mire quien amamos”.

 


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