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El problema no son las tecnologías es el uso que de ellas hagan los humanos” Luis Collado, directivo de Google, en el XVIII CONGRESO DE EDITORES CLABE. Celebrado en Palencia. 

Antisanchismología

Antisanchismología

 Un fantasma recorre España. Es el fantasma del sanchismo. Todas las fuerzas de la vieja España se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: los partidos políticos de derechas, los jueces de derechas, los fiscales de derechas, los ciudadanos, simplemente, de derechas y hasta algunos antiguos socialistas.


Como todos, se trata, ese fantasma, de una imagen quimérica, producto de la imaginación, que queda impresa en la fantasía, aparentando un riesgo inminente aunque se trate de algo inexistente o falso. Y, todo eso no es que lo diga yo, son diversas acepciones que, para el término fantasma, da el diccionario. Coincide muy fielmente con lo que se conoce como sanchismo y se manifiesta, al igual que un fantasma por la sábana que le da forma, por el hecho de que impida a la derecha gobernar en España. Esa es su principal característica y, obviamente, la más dolorosa para la derecha.

 

Debido a la tercera ley de Newton, y como para toda acción hay una reacción igual  y en sentido opuesto, al sanchismo se le opone el antisanchismo, espíritu que guía a quien desarrolla esa santa cruzada a la que antes me refería. Y se lleva a cabo con saña y maña. La saña está determinada por eso que ya nos hemos apresurado a decir: que Pedro Sánchez, el PSOE y sus partidos aliados, están impidiendo que la derecha española cumpla con su papel histórico que es gobernar España.

 

La maña, necesaria en una sociedad tan sofisticadamente tecnológica como la nuestra, se desarrolla a partir de métodos que pueden englobarse en una ciencia conocida como antisanchismología, cuya complejidad consiste en su sencillez. Se trata de negar la mayor, es decir de descalificar la primera premisa de ese silogismo que acaba con unas conclusiones que se desea descalificar sean las que sean. ¿Cómo?, negando cualquier cosa que haga el gobierno de Pedro Sánchez mientras que, quien lo haga, sea Pedro Sánchez.

 

Porque, la acción política se debiera caracterizar por las medidas, o contramedidas, que se proponen para favorecer la vida de los ciudadanos. Así, el debate político se debería centrar, y perdónenme la ingenuidad, en “el qué”. Pero al sanchismo no se le combate tanto por “el qué”, como por “el cómo”, debido a la utilización excesiva del decreto ley, por “el cuándo”, ya que suele hacerlo tarde pero, sobre todo, por “el quien”, esa coalición de Sánchez y populistasindependentistasyamigosdelosterroristas.

 

Así pues, el primer procedimiento a emplear se llama deslegitimación, una medida imprescindible para esa negación de la mayor y que, dada la forma en que se emplea, parece un arma de deslegitimación masiva. Se empezó deslegitimando la forma en que Pedro Sánchez se hizo presidente del gobierno, pero, resulta, que esa forma, se llama artículo 113 de la Constitución Española de 1978, por lo que el asunto empezaba fuerte. Claro que no fue, ese, el único artículo constitucional que la derecha española parecía recusar, como luego veremos. 

 

Desde ahí, deslegitimar a aquellos partidos políticos, legales, que apoyan el gobierno de coalición es fundamental para terminar haciéndolo con la mayoría del Congreso, de quien derivó el derecho de Sánchez a okupar el Palacio de la Moncloa. Y, junto con el Congreso, el Senado, que valida las medidas que derivan de ahí.  

 

A este respecto, vale todo lo que vaya a favor de obra, es decir deslegitimar el trabajo de instituciones públicas cuando el resultado de su trabajo sea contrario a los intereses del antisanchismo. Así, el CIS, de Tezanos, da resultados de las encuestas diferentes al resto de las que se hacen en España, TVE acaba de inventar la manipulación de las noticias en favor del gobierno, la AIREF contradice los datos económicos gubernamentales, el INE miente en la Encuesta de Población Activa y, hasta la AEMET parece ser responsable de la pertinaz sequía. Pero no solo instituciones públicas, también empresas como INDRA, la empresa encargada de informatizar los resultados electorales, es sospechosa de que esos resultados puedan ser desfavorables para la derecha.

 

La segunda técnica se llama previsión catastrofista y consiste en anunciar efectos perniciosos de las medidas que adopta el gobierno. Esos efectos vendrán, siempre, en el futuro ya que, a veces lo que parece es que las medidas criticadas producen efectos positivos en el corto plazo. Hay siempre un plan B para esta estrategia y se llama “Bildu”. Consiste, esta salida de emergencia, en volver al tema de los filoetarras cuando no llegan las anunciadas desgracias después de un tiempo prudencial. Resulta sorprendente, pero este método funciona para una parte de la población. Eso hace que, en las encuestas haya mucha gente que crea que le van bien las cosas, porque lo vive en primera persona, mientras que cree que le van mal las cosas a España, ya que ese conocimiento lo tiene a partir del “relato”.

 

Hay una tercera estrategia conocida como desobediencia normativa. Igual que en el caso de la deslegitimación, se empezó por la Constitución Española y, concretamente por su artículo 122, que remite a una Ley Orgánica, y que habla de la renovación periódica del Consejo General del Poder Judicial. Esa parte del texto constitucional tampoco es algo que parezca gustarle al Partido Popular, habida cuenta de por donde se lo pasan durante, ya, largo tiempo.

 

La aplicación de esta técnica pasa luego por anunciar, aunque no siempre llegue a producirse la desobediencia real, que determinadas normas, aprobadas por el sanchismo, no se van a cumplir debido a su maldad intrínseca. Hay recientes ejemplos, como el anuncio del alcalde de Madrid de que, en su ciudad, no se aplicará la Ley del Derecho a la Vivienda si es que, ésta, llega a aprobarse.

 

Ciertos episodios en Castilla y León, sobre la igualdad de género, y en Andalucía, sobre la desprotección del Parque de Doñana, podrían asociarse a esta estrategia de incumplir normas, en el primer caso autonómica y en el segundo europea, que han ocasionado conflictos con el gobierno de España. Podríamos incluir aquí, también, el choque protocolario entre los gobiernos de la Comunidad de Madrid y de España a propósito del posible incumplimiento de la norma imperante (Real decreto 2099/1983) que regula la ordenación general de precedencia de autoridades en España. La intrascendencia del asunto no impidió a la Comunidad de Madrid causar un desaire a la Moncloa en la persona de su ministro de la Presidencia.

 

Las últimas tecnologías en antisanchismología pasan por el anuncio de una derogación del sanchismo en el caso de que Núñez Feijóo llegue a la Moncloa. Es cierto que, en sectores de su propio partido, esto de la derogación puede sonar a un antisanchismo de baja intensidad, en la misma forma que la kale borroka  lo era respecto del terrorismo en los años de plomo de nuestra democracia, pero su formulación ha hecho fortuna tal como se ha planteado.

 

Como la anunció Núñez Feijóo, no diciendo cuales son las leyes que, realmente, quería derogar, se ahorra el decir si piensa bajar el salario mínimo, desmontar el nuevo sistema de pensiones, volver a la anterior reforma laboral, devolver los fondos europeos o renunciar a la excepción ibérica en el modo de calcular el precio de la electricidad. Esa vaguedad de derogar el sanchismo ahorra cualquier precisión al tiempo que entra, directamente, en el nudo de la cuestión: lo que se trata es de desmontar a Sánchez de su puesto de presidente del Gobierno y, con él, al sanchismo, es decir los miles de puestos que dependen del gobierno y que, con ello, pasarían a ser ocupados por miembros del partido Popular y de VOX, que es de lo que se trata.

 

Pero aquí, puede haber discrepancias con el método si se compara con el ucase emitido por la presidenta Diaz Ayuso y que resumió en su ya famoso “¡Matarlos!” como simplificación de lo que había que hacer con su oposición,  socialistas y populistas de toda laya de la Comunidad de Madrid, es decir el sanchismo madrileño. Puede ser este un reflejo de las dos almas que inspiran al Partido Popular pero, en ambos casos, el objetivo final es el mismo: una diana en Pedro Sánchez.

 

Bien, espero, con los apuntes anteriores, haber colaborado al conocimiento de esa nueva ciencia llamada antisanchismología. Deberíamos sentirnos tranquilos de haber llegado a un nivel de democracia donde no se pueda hablar, como se hubiera podido hacer en momentos anteriores de nuestra historia, de que el antisanchismo sea la enfermedad infantil del golpismo.

 


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