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No se debería dejar perder un solo talento que muestre vocación científica, que tenga la curiosidad imprescindible para embarcarse en esa aventura.

Ricardo Peña  Ciencia y Democracia 

LUGARES QUE QUIZÁS NUNCA PUEDAS CONOCER

Las mujeres cíclopes del Sáhara argelino

Las mujeres cíclopes del Sáhara argelino

En lo que respecta a modas y tradiciones en el vestir, la inventiva humana para hacer de la vida cotidiana de las mujeres un (mayor o menor) infierno alcanza cotas de genialidad.

MUJERES EN ESTE MUNDO


MUJERES EN ESTE MUNDO

Si salimos del mundo occidental (en el que mucho podría hablarse de los no tan lejanos corsés, o de los aún utilizados y admirados tacones de aguja), muchos pensarán en las distintas formas típicas de tapar con velos a las mujeres de la cultura musulmana, muy en particular, en los burkas afganos, tan tristemente célebres gracias a los talibanes. No obstante, yo tuve la oportunidad de conocer de primera mano un modelo de velo que creo compite directamente con los burkas en incomodidad: las túnicas de las mujeres mozabíes, más conocidas como las mujeres cíclopes del Sáhara argelino.

 

Los mozabíes son beréberes (o amazigh) de raza y musulmanes de religión, de la rama de los ibadíes. No son árabes, no son sunníes, son muy conservadores, y viven desde hace siglos en Ghardaia, ciudad Patrimonio de la Humanidad, en el Sáhara argelino. En realidad, viven en toda Argelia, suelen regentar pequeños comercios (son un pueblo comerciante), por todo el país, y de hecho, en dialecto argelino, “ir a la ferretería” se dice “ir donde los mozabíes”… Pero la bellísima ciudad de Ghardaia es su principal feudo, allí son mayoría, y allí, en los distintos pueblos que conforman la urbe, en sus casas y extrañas mezquitas de adobe, despliegan sus tradiciones enteramente. Y una muy particular, como suele ocurrir, se refiere al modo de vestir de sus mujeres: consiste en un largo velo blanco que las cubre de cabeza a los tobillos, dejando únicamente la cara descubierta, mientras son solteras… y únicamente un ojo, cuando se casan. De ahí que se la conozca como “cíclopes”. Me cuesta imaginarme un atuendo más incómodo que ese velo, pues se tapan la cara dejando libre uno de los ojos, con una mano, y con la otra, cargan el bolso, la compra, y hasta a alguno de sus hijos… por eso creo que compite infernalmente con el burka afgano, que al menos deja los dos brazos libres. Para rematar la faena, algunas mozabíes se abrochan al cuerpo un chaleco rígido que esconde aún mas sus formas, de modo que es virtualmente imposible adivinar si el fantasma tuerto que acabas de cruzarte es una mujer grande o delgadita. Es casi imposible distinguirlas. Digo casi, porque haber, hay una forma: el velo llega hasta los tobillos, permitiendo mostrar los zapatos, y es así cómo se identifican entre ellas: por el calzado. 

 

Así ataviadas, las mozabíes son una muestra más del tradicionalismo religioso más atroz, y de la victimización que al final siempre sufren las mujeres cuando su bienestar (o más bien, la ausencia de éste) parece convertirse en el meollo más importante de una cultura concreta. A su lado, las árabes argelinas, incluso las islamistas más ortodoxas, las que caminan cubriendo su rostro y cabello, resultan más modernas o, simplemente, más soportables a la vista. Aunque lo cierto es que es difícil ver a estas mujeres. Las cíclopes mozabíes son muy tímidas, su terror a la exposición es total… y sus hombres se cuidan mucho de que los visitantes, esos que hacen de Ghardaia uno de los principales atractivos turísticos de Argelia, no las miren más de los estrictamente necesario. Tienen muchas formas de conseguirlo: para empezar, las distintas ciudades que conforman el conjunto de Ghardaia tienen que ser visitadas con un guía local mozabí. Muchas agencias son árabes, pero el guía te conduce hasta la entrada a la ciudad, y te deja con su colega mozabí. Éste, durante todo el trayecto, mas que un guía es un pastor que te trata cual oveja, se asegura que no te salgas del recorrido marcado y, si divisa a una mujer en el camino, la alerta a gritos para que se desvíe o se refugie en algún portal o casa, para que el visitante ni siquiera se cruce con ella. La subida a las torres de las mezquitas, muy características de la arquitectura mozabí, sólo puede hacerse de tarde. Desde allí, se divisan los tejados y azoteas de las casas, en donde las mujeres tienden la ropa… excepto en la tarde, cuando saben que puede haber un turista observándola, aunque sea en la distancia. Finalmente, la medida más acorde con los tiempos presentes es la interdicción de la “selfie”. Es evidente que tuvo que haber muchos que “casualmente” decidían hacerse una selfie justo al lado de una mujer mozabí, agotando pronto la triquiñuela. A la entrada de los barrios más tradicionales, distintos carteles lo dejan claro: “No selfies”. Hay que decir que, por otro lado, caminar sin aguantar a gente con los insoportables palos desplegados por doquier resulta bastante agradable, y ésta forma rotunda de indicar al visitante que no son monos de feria, no puede menos que celebrarse. 

La vida es demasiado hermosa como para mirarla a hurtadillas con un solo ojo… 

 

 

Sólo en una de las ciudades, las cíclopes parecían ser menos tímidas. Las mozabies de Ben Isguen caminan tranquilas entre los visitantes, y alguna de las solteras incluso se atreve a lanzar una mirada pícara, una sonrisa… La razón es muy simple: allí viven los mozabíes más ricos, los que en los meses más calurosos, en las vacaciones, viajan a Europa, a las grandes capitales, y allí, las mujeres se quitan su túnica blanca y deambulan como una musulmana más, cubriendo quizá sus cabellos, pero poco más. Al final, la historia se repite, en todas las culturas, religiones y razas: las mujeres adquieren conciencia de sí mismas y de su lugar en el mundo viajando, conociendo otros lugares y otras gentes. Por eso, los mozabíes no quieren mezclarse con otra gente, ni siquiera con el pueblo argelino con el que lleva siglos compartiendo su tierra. Nada que pueda aportar un poco de luz a unas mujeres tuertas a la fuerza.

 

Contemplé la puesta de sol en Ghardaia, acompañada de otros turistas. Varias mujeres, la mayoría argelinas, algunas veladas, otras no. No todos en el grupo hablábamos el mismo idioma. Y sin embargo las mujeres, con sólo mirarnos, teníamos claro lo que a todas nos apetecía hacer: agarrar a uno de esos fantasmas y decirle: querida, la vida es demasiado hermosa como para mirarla a hurtadillas con un solo ojo… 

 


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