CORRUPCIÓN EN EL FÚTBOL

Historia contemporánea de algunos heterodoxos españoles

Historia contemporánea de algunos heterodoxos españoles

Menéndez Pelayo escribió esa voluminosa, conocida y muy poco leída, obra titulada "Historia de los heterodoxos españoles". Para don Marcelino, lo normal es que los españoles de su época fueran católicos, cosa que no era tan descabellada,  por lo que quiso destacar la diferencia escribiendo 4.153 páginas (en la edición que yo tengo) sobre sus compatriotas que practicaban la heterodoxia religiosa.

Luis Medina Canalejo durante una Rueda de Prensa en la Ciudad Deportiva de Las Rozas. Imagen: RFEF


En nuestros tiempos, y si alguien tuviera que actualizar la obra, el número de páginas ascendería a muchísimos miles más, ya que, por una parte, el porcentaje de no católicos ha ascendido extraordinariamente y, además, el diccionario de la lengua acepta otras definiciones para la heterodoxia, relacionadas con la discrepancia o la disconformidad con la norma, es decir, con la ortodoxia. Desde ese punto de vista, ahora hay mucho heterodoxo laico. Y, alguno, muy conocido.

 

Como Enríquez Negreira, el único árbitro corrupto que ha habido, que hay y que habrá en la historia de la humanidad. Al menos, eso es lo que ha dicho Medina Cantalejo, el presidente de los árbitros españoles. Por ello, Negreira se merece abrir esta galería de modernos heterodoxos españoles. Sus méritos han sido cambiar su camiseta neutral de árbitro, lo que es no solo ortodoxo sino legal y obligatorio, por la azulgrana del Barça. Y, ello, no por algo personal, como hacen miles de culés, sino, como diría Corleone, por negocios. Por cierto, como castigo por su heterodoxia, en las referencias, se le ha suprimido uno de sus dos apellidos, cosa que, como se sabe, es inherente a todos los árbitros españoles. A Enríquez Negreira ahora se le conoce por Negreira.

 

 Y, hablando de azulgranas, lo normal ha sido, hasta ahora, que vinieran holandeses a trabajar a España. Cruyff, Koeman, Van Gaal, Overmars, Kluivert y tantos otros son solo ejemplos de la multitud de personas que han hecho ese trayecto desde los Paises Bajos hasta nuestro país por motivos laborales. Parecía lo normal, lo ortodoxo. Pues bien, ahora ha sido Rafael del Pino (¿o debieramos decir Van Pino?) quien, emulando al Duque de Alba, a don Juan de Austria o a don Luis de Requesens, ha tomado el camino de vuelta. Y no de visita turística, como muchos españoles, sino para quedarse. Ni para sofocar una rebelión religiosa como don Fernando Álvarez de Toledo, sino para entregarse con armas y bagajes a la favorable hacienda holandesa. Como en el caso de Negreira y de Corleone, también ha sido por motivos profesionales. Será comprensible pero, desde el punto de vista de la historia de su empresa, Ferrovial, no parece muy ortodoxo. Ni, según se dice, patriótico, aunque esto último, me parece una observación excesivamente naif para los tiempos que corren.

 

 Pero, para ortodoxia, la de la ministra Irene Montero, encargada gubernamental de defender y fomentar la igualdad entre españoles y españolas. Para ello ha promovido varias importantes leyes que velan porque esa especie, hasta ahora menos protegida que la del hombre, tuviera los mismos derechos y alguno más que compensara milenios de desigualdad. Para ello, ha mantenido una ortodoxia de feminismo que, en algún momento, ha parecido excesiva. Es como si se hubiera pasado de ortodoxia. Pasa lo mismo en el blackjack donde tan malo es no llegar como pasarse de veintiuno. Si haces una ley para proteger a las mujeres de agresiones sexuales, tratando de castigar más a esos agresores y luego, por cosas del código penal, que ya se sabe que contiene más preceptos que ese, resulta que hay muchos agresores a los que se les castiga menos, hay que poner remedio al fallo. Pero, ¡ay!, doña Irene, parece que ha llevado su condición de mujer de estado hasta la exageración, lo que no es frecuente y de ahí, la heterodoxia. Resulta que, con ese excesivo sentido de estado, prefiere admitir unas cuantas víctimas, las que han visto salir a sus agresores de la cárcel antes de tiempo, que renunciar a sus principios. No es frecuente esto, aunque en el diccionario se han introducido los términos talibán, y talibana, para definir esa conducta cuando llega a la intransigencia.

 

La verdad es que, en política, y en su periferia, hay mucho heterodoxo aunque se les llama  cosas como versos sueltos, infiltrados, tránsfugas, o cosas más gruesas. Pongamos que hablo de Ramón Tamames. Para algunos, don Ramón Tamames. Es conocida su trayectoria, a pesar de que él mismo se ha ocupado de dulcificarla en algún libro de memorias y algún otro también de ficción. En su currículo hay de todo, comunismo, ecologismo, izquierdismo, centrismo y democracia. Le faltaba VOX, o sea, eso que está usted pensando. Pues bien, ya lo va a incorporar a su biografía saliendo a la tribuna del Congreso de los Diputados con un pin en su solapa regalo de Santiago Abascal. Algo así, solo lo podía hacer Tamames. El antiguo promotor del Día del Árbol en el Ayuntamiento de Madrid va “a plantar un pino” en el Congreso. Para quien no conozca el modismo, y saliéndome de los límites de la corrección, una cagada. Tamames, el heterodoxo, se merece todo.

 

Ahora que, para heterodoxo, heterodoxo, Santiago Abascal, el contratador de Tamames. Eso de encargar que represente a VOX a una persona que dice no compartir nada con ese partido, más que su oposición a Sánchez, no se puede decir que sea muy ortodoxo. Es como si el presidente Sánchez nombrara a Joaquín Leguina como ministro portavoz de su gobierno.

 

 ¿Pero podemos estar seguros de que, realmente son tan heterodoxos esas personas citadas?. ¿Es Negreira el único árbitro que se pone la camiseta de un equipo determinado?, ¿Es Del Pino un espécimen tan raro?, ¿Es Montero la única política que antepone sus dogmas al servicio público?, ¿Es Tamames el único tránsfuga permanente de la política española?. ¿O son todos ellos ejemplos de conductas extendidas?. ¿No será que los heterodoxos son los otros?.

 

 Las respuestas a esas preguntas, pueden estar, blowing in the wind, al alcance de cualquiera.


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