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JUAN MANUEL SANTOS | EXPRESIDENTE DE COLOMBIA

“Construir la paz es más difícil que conseguirla. Requiere modificar prejuicios”

Ucrania y el error de una parte de la izquierda

Ucrania y el error de una parte de la izquierda

Una parte de la izquierda española y europea, y algunos países de América Latina, tales como Brasil, Colombia y otros, están coincidiendo estos días en una posición sobre el conflicto de Ucrania que podría resumirse en el grito “No a la guerra”. Aparentemente, no hay nada que objetar, ya que toda guerra conlleva una inmensa destrucción, sufrimiento y muerte y sería mucho más deseable resolver los conflictos por medio de la negociación diplomática. El problema viene cuando dicho grito se acompaña de otras consignas complementarias tales como “Ni Putin, ni OTAN” o “No al envío de armas” y de declaraciones donde se indica que el envío de armas “solo sirve para prolongar el conflicto y el sufrimiento del pueblo ucranio”.


El análisis que hace esa parte de la izquierda española es que la guerra de Ucrania es poco menos que un invento de la OTAN para debilitar a Rusia y que, detrás de ella, hay grandes intereses económicos en juego. Analizan que los grandes beneficiados son las multinacionales energéticas, los grandes bancos y la industria de armamentos. También indican que, si Europa deja de depender del gas ruso, EE.UU. puede incrementar sus ventas de gas natural licuado —como, de hecho, así ha sucedido— y llegan a afirmar sin pruebas que los sabotajes de los gasoductos Nord Stream fueron obra de la CIA.

 

También niegan que la ayuda occidental a Ucrania se haga en nombre de la libertad, la democracia y la defensa de su soberanía y aducen para ello que, en otros contextos —por ejemplo, el conflicto palestino-israeli, el del Sahara, la invasión de Irak, etc—, occidente no ha estado al lado de esos valores. Tomando en cuenta todo ello, el resultado es no tomar partido por ninguno de los dos bandos en conflicto, sino tan solo pedir a ambos que terminen su guerra cuanto antes.

 

Admitiendo que hay algunos datos ciertos en este análisis, considero que la conclusión final es profundamente errónea y que, al menos en nombre de la izquierda y del progresismo, no se puede adoptar una posición cuyo efecto neto sería sacrificar al pueblo ucranio a la pérdida de su libertad y  soberanía.

 

Lo primero, como siempre, es el uso sesgado del lenguaje. Emplear la palabra “guerra” en lugar de la más ajustada a la realidad de “agresión”, ya indica una toma de posición. Es obvio que Ucrania no ha entrado en guerra con Rusia sino que más bien defiende su territorio de una invasión armada y unilateral de sus fronteras por parte del país vecino. Y la UE, los EE.UU. y la treintena de países que envían armas a Ucrania no están en guerra con Rusia, sino que están ayudando a que Ucrania se defienda de dicha agresión. Pedir que se paralicen los envíos de armas sin establecer antes unas negociaciones de paz, es equivalente a pedir que Ucrania se deje someter por Rusia. ¿Es eso lo que quiere esa izquierda que se dice progresista? Si es así, deberían decirlo claramente sin enmascararse bajo el manto del pacifismo.

 

Si a una mujer la agreden en la calle varios hombres, ¿tendría sentido decir que no corremos en su ayuda para no prolongar el conflicto? El resultado obvio de tal actitud sería que los hombres consumarían su agresión. Pues esa es, en mi opinión, la posición en la que se han colocado dichos sedicentes pacifistas. Porque la agresión a Ucrania por parte de Rusia empezó en el mismo momento —año 2014— en que cayó el gobierno pro-ruso de Víktor Yanukóvich y los ucranios eligieron en su lugar un gobierno pro-europeo. Al igual que muchas mujeres son agredidas cuando manifiestan su deseo de ser libres, Ucrania lo fue cuando manifestó su deseo soberano de separarse de la tutela rusa. Y ese es el origen real de la agresión, que Putin y su camarilla no pueden tolerar que al lado de sus fronteras prosperen y sean libres pueblos que históricamente estaban en su área de influencia. Tenemos como prueba los ejemplos de otras antiguas repúblicas soviéticas, como Georgia y Chechenia, que Putin intentó someter por la fuerza y, en el segundo caso, lo consiguió. Y los progresistas —en realidad, todos los demócratas— deberían estar al lado de los pueblos que eligen libremente su destino.

No porque las empresas con poder de mercado hagan su agosto o porque la guerra genere sufrimiento, hay que dejar de defender al agredido

 

 

Además, aunque esa izquierda no lo aprecie así, lo que también se ventila en la defensa de Ucrania es si, en el siglo XXI, se puede permitir que un país viole unilateralmente las reglas internacionales y se anexione territorios por la fuerza, algo expresamente prohibido por la Carta de Naciones Unidas. Cierto es que, en otras ocasiones, se han producido agresiones y violaciones de dicha Carta y no se ha actuado tan diligentemente como ahora. Pero, ¿eso invalidaría actuar en esta ocasión? Sería un razonamiento perverso, algo como decir que “si siempre se ha empleado la fuerza para resolver los conflictos, dejemos que se emplee también ahora”. Las Naciones Unidas, surgidas tras la hecatombe de la II Guerra Mundial, se idearon precisamente para lo contrario.

 

Si la petición de paz fuera acompañada de exigir el fin de la agresión, la retirada de las tropas invasoras y la restitución de las fronteras de Ucrania a las que tenía en 2014, sus alegatos serían más creíbles. Pero, en lugar de ello, arremeten contra la OTAN y la UE, lo que hace sospechar que los valores democráticos son, para esta izquierda, secundarios frente a la vieja dicotomía entre la OTAN y el antiguo bloque soviético y expresa una nostalgia por un pasado en el que, en su opinión, estaban más claras las fronteras entre la izquierda y la derecha.

 

También debería hacerles reflexionar que más de 140 países de las Naciones Unidas han condenado por dos veces la agresión rusa y les han exigido que respeten la integridad territorial de Ucrania.

 

El resto de los alegatos —el enriquecimiento de las multinacionales, el sufrimiento que produce la guerra, el tratar de debilitar a Rusia, etc. —, sin dejar de ser ciertos, son actores secundarios con respecto a todo lo anterior. No porque las empresas con poder de mercado hagan su agosto o porque la guerra genere sufrimiento, hay que dejar de defender al agredido. 

 

Lo cual no debe impedir perseguir con ahínco que la paz llegue cuanto antes. Pero para ello hay primero que convencer a Putin de que va a perder más si continúa la guerra que si la para. Y eso solo se consigue haciendo frente a su agresión, no claudicando ante él.


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