< Febrero 2023 >

Propósitos para 2023

La ultraderecha de Vox protagoniza los populismos de la ultraderecha. Imagen: EP.

Propósitos para 2023

He aprovechado las vacaciones navideñas para releer un manual de historia universal bastante aceptable que cubre los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX hasta los albores de la Segunda Guerra Mundial. Siempre se extraen nuevas enseñanzas de la historia y, aún reconociendo en ella una línea general de progreso, también se descubren retrocesos y repeticiones una y otra vez de los mismos errores. Podríamos decir que la historia progresa en forma de espiral: se producen círculos, pero no se vuelve de nuevo al punto de partida.

Por ejemplo, tras largos periodos periodos de paz, las poblaciones se olvidan de las miserias de la guerra y resulta más fácil conducirlas de nuevo a ella. Es justo lo que pasó en 1914: Europa no había sufrido guerras importantes desde la franco-prusiana de 1870 y, a la vez, los últimos años del siglo XIX vieron grandes descubrimientos científicos y tecnológicos tales como la electricidad, la radio, el teléfono, el automóvil y muchos otros. Había un optimismo bastante extendido y una confianza en que los avances científicos acabarían con las desigualdades y con las guerras.

 

Y, sin embargo, sucedió todo lo contrario. La Primera Guerra Mundial empezó casi por casualidad -un incidente local en el imperio austro-húngaro, que podría haberse solventado pacíficamente con unas mejores diplomacias prusiana y rusa-  y se extendió rápidamente por toda Europa y por grandes partes de Asia y de África durante cuatro largos años, ocasionando 10 millones de muertos.

 

A su término, habían sucumbido tres imperios autocráticos —el prusiano, el austro-húngaro y el otomano— pero, como consecuencia de ella, surgieron otros, si cabe, aún peores: los años 20 y 30 vieron nacer el estalinismo en Rusia, el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania. En Rusia, se produjo una revolución comunista en 1917 como consecuencia de sus derrotas militares en la guerra y de la extrema pobreza en que se sumió a la población. El pequeño partido comunista supo explotar estas dificultades para reclamar todo el poder para los soviets -asambleas de trabajadores y campesinos, en fábricas y poblaciones, penetradas por él- y dar un golpe de estado. En Italia, el fascismo explotó en su beneficio la tremenda crisis económica posterior a la guerra, ascendiendo al poder casi de forma legal y convirtiéndose en autocrático a los pocos años. En Alemania, el nazismo también explotó la crisis, la enorme inflación y el paro, ofreciéndose como solución a los débiles gobiernos de la República de Weimar. Una vez alcanzado el poder, Hitler dio un golpe de estado y acabó con el parlamento y con el resto de los partidos, instaurando un régimen de terror.

 

Las enseñanzas que yo extraigo para el momento actual es que las crisis económicas son el caldo de cultivo perfecto para la incubación de todo tipo de populismos. Lo hemos visto recientemente en el Reino Unido con el Brexit, y también en España con la crisis financiera de 2008-2018. El procés catalán que culminó en 2017, la aparición de Podemos en 2014, su auge en 2015 y la irrupción de Vox en los distintos parlamentos a partir de 2018 pueden considerarse consecuencias de esta larga crisis. Los populismos comienzan señalando un culpable- España, la casta, el bipartidismo, el separatismo etc. -  y, a continuación, se ofrecen ellos como salvadores. Muchas personas -que necesitan creer que sus problemas tienen solución- creen firmemente en sus promesas y les votan. Con suerte, al cabo de unos años, descubren que dichas promesas no se han cumplido y su apoyo, igual que subió como la espuma, se derrumba sin remedio.

 

 

 

Mis propósitos para 2023 son también sencillos: contribuir modestamente al debate racional y sereno de los problemas. 

 

 

En esta legislatura hemos visto cómo algunos de esos populismos se han atemperado. Quizás forzados por la gran fragmentación del parlamento y por tener enfrente a una derecha echada al monte, algunos partidos que eran casi antisistema se han unido para sacar adelante proyectos progresistas y para sortear las sucesivas crisis sobrevenidas -la pandemia del Covid 19 y la agresión rusa a Ucrania-. Es el caso, sin duda, de Unidas Podemos que, pese a todas sus salidas intempestivas de tono, ha sabido pactar sus diferencias con el PSOE y aprobar leyes muy significativas. Pero también de ERC que, en los hechos, ha abandonado la vía unilateral en Cataluña y se ha implicado en muchas leyes útiles para el conjunto de España. Incluso EH Bildu se ha comportado con más sentido de estado que la derecha, apoyando la mayoría de los decretos del Gobierno durante la pandemia y la crisis actual.

 

A cambio, un partido como el PP que era parte importante del sistema democrático, espoleado por su competencia con la ultraderecha y dominado por unas élites ultras heredadas de la época de Aznar, ha ido abandonando progresivamente los consensos mínimos de la democracia y echándose cada vez más en brazos del populismo. Durante la pandemia votó negativamente muchos de los decretos de alarma y de medidas urgentes para atajar la crisis económica consecuencia de los confinamientos. En la crisis actual, también intenta obstaculizar las medidas para controlar la inflación y para repartir las cargas de los altos precios de la energía. Y, lo más grave, tiene secuestrado -de forma inconstitucional, desde hace cuatro años y por puro ventajismo partidista-  el Consejo General del Poder Judicial y ha puesto todos los obstáculos posibles para impedir la renovación -reglada por la propia Constitución- de cuatro miembros del Tribunal Constitucional.

 

Mis deseos para el año 2023 son muy sencillos: que las personas no se dejen engañar por los populismos de uno u otro signo y que predomine el debate racional y respetuoso con el adversario. Detrás del populismo solo hay una cosa: la ambición de hacerse con el poder por cualquier método. Lo primero -la ambición de poder- es consustancial a la idea misma de partido político y no es, en principio, reprochable. Lo segundo -hacerlo por cualquier método- no es admisible en democracia. La mentira, el insulto, la degradación de las instituciones y el poner el beneficio del propio partido por encima de los intereses del país, pervierten el sistema democrático y lo ponen en peligro.

 

Mis propósitos para 2023 son también sencillos: contribuir modestamente al debate racional y sereno de los problemas. No ahorraré críticas a los populistas de la derecha, pero tampoco lo haré con los partidos que apoyan al Gobierno cuando entienda que lo están haciendo mal. La crítica, cuando es respetuosa y argumentada, debe recibirse como una bendición en las sociedades democráticas. Nadie tiene la verdad absoluta y las sociedades participativas -también los partidos políticos- enfrentan mucho mejor los problemas que las autocracias. Para ejemplo, compárense los resultados de la lucha contra la pandemia en Europa y en China.

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