< Febrero 2023 >

La soledad del “pato rengo”

El presidente Alberto Fernández y la ex vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Imagen: EP

La soledad del “pato rengo”

Aislado de su propio partido, distanciado de la oposición, sin amigos políticos y con un fuerte rechazo en la opinión pública el presidente Alberto Fernández enfrenta en soledad su peor momento.

Desde la angustiante culminación del encuentro final con Francia, los argentinos vivieron treinta y seis horas de alucinante euforia.

 

No era para menos. Habían obtenido su tercera copa mundial de futbol. También asistían a la consagración de su ídolo, Leonel Messi, como campeón mundial. El logro que le faltaba al rosarino para ser considerado grande entre los grandes. 

 

El triunfo en el mundial borró por un instante la grieta política que divide a la sociedad argentina. Eufóricos, los 44 millones de argentinos incluso olvidaron la “malaria” económica en que transcurren estas fechas navideñas.

 

Sin embargo, estas celebraciones no alcanzaron a todos los argentinos. Al menos dos de ellos no encontraron motivos para alegrarse. El presidente Alberto Fernández y su vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner vivieron el momento sin alegría.

 

Enfrentados entre sí desde hace años, el mundial de futbol marcó también su aislamiento y distancia del resto de la sociedad argentina.

 

El pato rengo

Alberto Fernández ha sido, desde que asumió la presidencia, un “pato rengo”. Así denominan en los “mentideros” de la política argentina a los presidentes cuando por alguna causa no tienen posibilidad de ser reelectos. 

 

El presidente Fernández nunca tuvo esa posibilidad. Cristina Kirchner, la auténtica “jefa” del Frente de Todos, lo nominó como el “candidato designado” (y se encargó desde el primer momento en dejar muy claro este hecho). Cristina se dejó convencer por su entorno y por las encuestas de que en una segunda vuelta sería derrotada por Mauricio Macri y buscó un delegado con imagen de moderado para encabezar la fórmula presidencial. Fue un intento exitoso de atraer al electorado independiente y más moderado desencantado con la gestión de Macri. 

 

El problema consiste en que una estrategia implementada para ganar una elección después puede demostrar que no es útil al momento de gobernar. Esta parece ser la situación que se generó con el gobierno de los Fernández. 

 

Según algunas versiones, al ver el resultado de la segunda vuelta electoral Cristina Kirchner sintió que se había equivocado y que ella habría sido capaz de ganar en la misma forma, si se hubiera presentado como presidenta. Entonces, como en la fábula de la rana y el alacrán, la naturaleza de Cristina Kirchner pudo más que su astucia y prudencia política.

 

Al observar, lo ocurrido en los últimos tres años en que gobernó el binomio de los Fernández, parece evidente que Cristina Kirchner no tuvo otro plan de gobierno que resolver los problemas que le generaban los trece juicios en su contra que arrastraba desde el final de su anterior gobierno y que no solo la afectaban a ella sino también a sus hijos Máximo y Florencia.

 

Alberto Fernández, como simple delegado en el poder no podía tener un plan de gobierno propio. El mismo se encargó de resaltarlo en más de una ocasión. El 17 de julio de 2020, por ejemplo, en pleno aislamiento generado por la pandemia del COVID, dijo: “Francamente, no creo en planes económicos. Creo en las metas que podemos establecernos”. Y luego refiriéndose a sus relaciones con Cristina Kirchner agregó: “No somos necesariamente iguales, pero nuestras diferencias no nos dividen, por el contrario, hace un tiempo nos dimos cuenta de que estar separados facilitó nuestra derrota. ¿Hablo con Cristina? Sí. ¿Me importan sus ideas? Sí, por supuesto . . . pero el que toma decisiones aquí estoy yo”, sentenció.   A buen entendedor pocas palabras, señala el refrán.

 

Al parecer Alberto Fernández no supo, o no quiso, encontrar las soluciones judiciales que le demandaba su vicepresidenta. Este parece haber sido el principal problema entre ambos.

 

El presidente quizás temió que, una vez solucionados los problemas de Cristina, esta no lo necesitará más y se viera tentada de removerlo del cargo, o tal vez no había una solución legal para resolver las numerosas cuitas judiciales que enfrentaba la vicepresidenta.

 

El presidente no estaba dispuesto a violar el orden constitucional para solucionar los problemas de Cristina y probablemente el país tampoco se lo hubiera permitido. 

 

Al no obtener la solución que ansiaba, Cristina comenzó con las presiones, las indirectas públicas mencionando a: “los funcionarios que no funcionan”; los regalos de lapiceras para destacar la inoperancia del presidente y libros sobre la renuncia de Raúl Alfonsín, como augurio de un final similar.

 

También el kirchnerismo se aseguró de aislar a Alberto Fernández. Cuando el presidente, al comienzo de su gestión, gozaba de mayor popularidad y conversaba civilizadamente con la oposición lo forzaron a interrumpir esa colaboración. Máximo Kirchner sostenía que “con Rodríguez Larreta  no debemos ni siquiera sentarnos a tomar un café”. 

 

Así, surgió la sorpresiva decisión de reducir el porcentaje de la coparticipación federal que recibía la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Esta medida intempestiva e inconsulta rompió todo diálogo con la oposición. Una medida que la Corte Suprema de la Nación acaba de revertir con un fallo que significa un nuevo revés para el gobierno.

 

A esta situación se agregan los propios desaciertos de Alberto Fernández: la fiesta de cumpleaños de su esposa en pleno aislamiento por la pandemia (“Olivosgate”), el “vacunatorio vip” donde se vacunaban contra el COVID los amigos del gobierno antes que el resto de la población, las versiones sobre visitas de algunas señoritas en horas de la noche a la residencia presidencial o sobre supuestas conversaciones y fotografías almacenadas en el celular presidencial. 

 

Finalmente, están los patéticos dislates de Alberto Fernández frente al micrófono, como afirmar que los brasileños salieron de la selva o al confundir la revista villera “Garganta Poderosa” con el filme porno, de 1972, “Garganta Profunda”.

 

Cristina Kirchner no dejaba pasar ninguno de estos errores y fustigaba públicamente al presidente. “¿Y cómo construye Perón el poder? ¿Qué se le ocurre a Perón? Pide ir al Departamento Nacional del Trabajo, Departamento… no lo conocía ni el gato, Departamento Nacional del Trabajo, ahí va Perón. Eso fue junio, en noviembre consigue transformarlo en la Secretaría del Trabajo y Previsión, y ahí, mis queridos y mis queridas, cazó la lapicera y no la largó más. Cazó la lapicera y entró a firmar, ¿y qué firmó Perón en esa Secretaría de Trabajo y Previsión? El Estatuto del Peón Rural, por ejemplo, derechos que los peones no tenían”, señaló en un discurso la vicepresidenta para destacar la inoperancia de Alberto Fernández. 

 

En otro discurso, irónica Cristina dijo: “¡Hoy estoy positiva! Hoy estoy positiva, sí, sí, ¡pum para arriba! Y bueno, bueno. Iba a contar, este señor, voy a leer el mensaje que me manda, cualquiera puede abrir mi celular, no sé si todos pueden decir lo mismo. Pero lo que está en mi celular puede ser visto y leído por todos y todas.” El selecto auditorio partidario acompañó la ironía con risas cómplices, al comprender la velada referencia a celular del presidente.

 

Grieta dentro de la grieta

Ante la falta de una solución a las causas judiciales, siguieron los pedidos de renuncia de los ministros más cercanos al presidente (en la mayoría de los casos concretadas, como ser las de Marcela Losardo, Matías Kulfas, Martín Guzmán, etc.) y las renuncias de funcionarios kirchneristas. Finalmente, se produjo la ruptura. 

 

En un país dividido entre moderados y populistas (léase kirchneristas), Alberto y Cristina crearon la grieta dentro de la grieta. El Frente de Todos, el peronismo, el sindicalismo, las organizaciones sociales piqueteras y el mismo gobierno nacional se dividieron entre “albertistas” y “cristinistas”.

 

Lógicamente, la grieta dentro de la coalición gobernante, acompañada de presiones y pedidos de renuncias, no contribuyeron a la buena marcha del gobierno, muy por el contrario, acentuaron los errores, las contradicciones y contramarchas. La imagen tanto del gobierno, como de las principales figuras del Frente de Todos (Alberto Fernández, Cristina Kirchner, Sergio Massa, Máximo Kirchner) caía brutalmente en las encuestas registrando el marcado repudio de la gente.

 

Hoy Alberto Fernández es un presidente aislado y solitario. Sergio Massa desde el ministerio de Economía actúa como una suerte de interventor en el Gobierno, cuyas atribuciones anulan las del jefe de Gabinete, Juan Manzur y opacan el rol del presidente apartándolo de las decisiones claves para la marcha de la gestión. 

 

Ante la debilidad del presidente, los intendentes que habían dejado sus municipios para asumir como ministros se apuraron a renunciar y retornar a sus territorios. El propio Manzur ha anunciado que dejará el cargo en marzo próximo para regresar a su provincia, Tucumán, para organizar la campaña electoral. Al parecer, nadie quiere ser el último en abandonar un barco que hace agua por todos lados.

 

La más clara evidencia de la soledad y falta de poder del presidente fueron dos incidentes ocurridos recientemente. El 10 de diciembre, el presidente decidió celebrar sus tres años de gobierno con un acto. Pero, la convocatoria fue frustrante. Ni la vicepresidenta, ni la mayoría de los ministros (incluido Sergio Massa) asistieron al acto, como si ellos no fueran parte del gobierno. Tampoco lo hicieron la mayoría de los gobernadores e intendentes, los líderes sindicales más relevantes, los integrantes de las organizaciones piqueteras, o las figuras mediáticas afines al gobierno.

 

Un tanto consternado por la escasa concurrencia al acto, Alberto Fernández, pronunció uno de sus tantos desafortunados discursos y cosecho los aplausos resignados de una cada vez más reducida claque de los aduladores de siempre.  

 

Para remover la imagen de aislamiento y absoluta soledad que rodea al presidente Fernández, a los pocos días se sumó la reciente negativa de la selección nacional de futbol, a su regreso triunfal de Qatar, de concurrir a la Casa Rosada para saludar a Alberto Fernández. 

 

Este es un hecho habitual en cualquier país y se desarrolla con normalidad. Pero, no es así en la Argentina kirchnerista.

 

Algunos futbolistas viven en Argentina y los que juegan en ligas del exterior tienen a sus familias en el país y hablan con argentinos que se vieron forzados a emigrar por la crítica situación económica porque atraviesa el país. Por lo tanto, saben muy bien lo que ocurre en Argentina y no están dispuestos a apoyar a un presidente impopular que ha demostrado muy poca idoneidad para desempeñar el cargo.

 

Entonces, los jugadores de la Selección Nacional de Futbol decidieron no concurrir a saludar al presidente de la Nación y las autoridades de la AFA convalidaron esa actitud.

 

Frente al rechazo de los futbolistas, el debilitado presidente Fernández no tuvo ni la autoridad ni la habilidad de negociación para revertir esa decisión. Para colmó evidenció su impotencia con prolongadas y estériles negociaciones y declaraciones posteriores de despecho frente al desplante sufrido. ¡Patético! ¡Todo muy patético!

 

 

Independientemente de que por razones de edad quizá nunca pise un establecimiento penal, Cristina ha sufrido lo que para ella es la peor humillación: pasará a la historia como una expresidenta condenada por corrupción.

 

 

La vicepresidente condenada

A Cristina Fernández de Kirchner no le ha ido mucho mejor. Si bien logró el sobreseimiento en algunas causas, aún continúa como imputada en seis causas y en otra de ellas, la referida al direccionamiento ilegal de las obras públicas en la provincia de Santa Cruz, ha resultado condenada, en primera instancia, a seis años de cárcel, inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos, costas y un abultado monto indemnizatorio.

 

En esta forma Cristina Kirchner se ha convertido en la primera vicepresidenta en ejercicio en ser condenada a una pena efectiva de cárcel. Independientemente de que por razones de edad quizá nunca pise un establecimiento penal, Cristina ha sufrido lo que para ella es la peor humillación: pasará a la historia como una expresidenta condenada por corrupción.

 

En un rapto de ira, al conocer la sentencia, anunció que no sería candidata a ningún cargo en las elecciones de 2023. Era el primer paso para un “operativo clamor” que, ella pensaba, la rescataría de la condena y la posicionaría nuevamente como candidata el año próximo. Pero, para su sorpresa, no recibió el apoyo internacional que esperaba. Otros exmandatarios se negaron a sumarse a la maniobra y brindar apoyo a una figura condenada por corrupción. Solo estaban dispuestos a tomar parte, otros expresidentes procesados por corrupción: Evo Morales y Rafael Correa. 

 

Incluso el ex condenado y hoy reelecto presidente brasileiro Luiz Inacio “Lula” da Silva retaceo su presencia (lo mismo hicieron discretamente el uruguayo José Mujica, el español Rodríguez Zapatero y la dirigente Yolanda Díaz).

 

Un muy oportuno contagio de COVID sirvió para archivar disimuladamente la maniobra internacional y reemplazarla por un muy discreto acto partidario “casero”, en la provincia de Buenos Aires,

 

Su condena, el anuncio de prescindencia en las próximas elecciones, el alto nivel de rechazo hacia su figura que muestran todas las encuestas y la falta de una propuesta de gobierno o ideas que puedan enamorar nuevamente al electorado, han hecho que el poder de Cristina Kirchner se haya diluido considerablemente. 

 

Aunque muchos sospechan que finalmente será candidata a algún cargo político que le garantice inmunidad frente a una detención, Cristina ya no despierta ni el amor, ni el temor de antaño dentro del peronismo. Pareciera que algunos creen que el ciclo de Cristina Kirchner ya ha concluido y que es el momento propicio para que surja un nuevo liderazgo partidario que saque al peronismo de su actual decadencia y le permita, en las elecciones de 2023, retener la mayor parte de los cargos y posiciones de poder alcanzadas. Previendo que seguramente la oposición se impondrá en esos comicios.

 

Como puede apreciarse, en Argentina no hay un “pato rengo” sino dos. Tanto Alberto Fernández como Cristina Kirchner no tienen posibilidad de ser reelectos ni de llevar al Frente de Todos al triunfo con un candidato de su elección, por lo tanto, su poder se reduce con el paso del tiempo. 

 

Por lo tanto, los patos rengos en Argentina cada día están más solos, más aislados y más necios.

 

 

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