< Enero 2023 >

El Cordel del Altar - Tercera Parte

'Los niños' y 'La Guerra'. Imagen: Francisco Cruz de Castro.

El Cordel del Altar - Tercera Parte

¿Cómo viven los niños esta situación en El Cordel del Altar?

La expedición se puso a caminar por la carretera llevando en la cabeza los treinta kilómetros que les quedaban hasta llegar al refugio. El día comenzó abrirse como el lento caminar de niños y ancianos con sus pesadas cargas. Cada utensilio parecía imprescindible en ese momento, sin pensar si tendrían algún uso posterior. Siempre somos buenos para tirar lo del otro. 

 

Entre la niebla se atisbaban algunos vehículos militares estacionados. De uno de ellos bajo un joven, alto, rubio y con una buena planta. Se acerco hacia la caravana y vio a la pequeña que iba cargada con una bolsa de tela a la espalda. La despeinó los rizos de la caballera y la pregunto en un español con claro acento extranjero_ ¿A dónde vais? 

 

_ Vamos a la sierra a un pueblo en las montañas, donde no caigan bombas. 

 

El militar hizo sonar su silbato y acudió un soldado que a los pocos instantes regresó con un camión de carga. 

 

_ ¡Vamos! Diles a tus padres que vayan subiendo todos al camión. Os llevaremos. 

 

Empezaron a subir a la parte trasera del camión, con unas caras de júbilo nada ocultables. El oficial belga o francés dispuso con diligencia el embarque. En un momento dado fue hacia su coche y regresó de su vehículo con una muñeca de trapo en sus manos que entregó a la chiquilla _ Era para mi hija, ya la comprare otra. 

 

Aquella noche todos durmieron caliente. El calor lo proporciona el dormir apiñadas muchas personas y el abrasador caldo que los del Socorro dieron a los refugiados.  Aquella familia durmió entrelazada, brazos y piernas de adultos e infantes con más miedos que esperanzas. 

 

En los días siguientes los refugiados fueron encontrando acogida en los pueblos de la Sierra. Allí su futuro era incierto, pero todos albergaban la esperanza de que en unas semanas la guerra hubiera terminado y pudieran regresar a sus casas en la capital. 

 

Aquella familia fue justo a parar al pueblo más cercano a la sierra, prácticamente metido en la ladera de montaña a los pies de La Maliciosa. Después de deambular de un lugar a otro fue toda una alegría cuando el Comité Municipal expidió un contrato de arrendamiento para lo que había sido iglesia hasta hace unos meses. 

 

Los bancos, heno y unas sabanas donadas por las familias de la pequeña población sirvieron para improvisar unos jergones que terminaran siendo más definitivos que provisionales. Un viejo bidón al que echaban hojarasca y trozos de leña servían para hacer creer que se calentaba la estancia, en la cual el frio viento pasaba por más sitios de los que el padre podía tapar con tablones, cartones y papeles. 

 

Quien realmente tenía un lugar preminente era la Singer, en el altar. En uno de los altares laterales habían acumulado, con un relativo orden, todos los enseres que antes daban sentido al templo. 

 

El paso de días y semanas dieron lugar a las primeras nieves, mucho más pronto que si hubiesen estado en la ciudad y siempre de forma más copiosa. Eso les dio nuevos juegos y mucho más tiempo en la calle que en el antiguo templo y sobre todo a lucir unas intensas chapetas coloradas en carillos y narices. 

 

La alimentación que recibían era tan básica como sana, leche, verduras, huevos, patatas, carne y pan, mucho pan. No eran conscientes que el hambre vendría después cuando los cañones callaran. La vela iluminaba la penumbra; ella intentaba zurcir con un viejo huevo de madera un calcetín y él intentaba leer un pequeño libro. 

 

Aquella familia durmió entrelazada, brazos y piernas de adultos e infantes con más miedos que esperanzas

 

 

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