< Febrero 2023 >

Los retos de la transformación digital en España. (II)

La otra faceta de una información segura

Los retos de la transformación digital en España. (II)

La otra faceta de una información segura

En un artículo anterior subrayábamos la importancia que tiene proteger bien la información que guardamos, y la que comunicamos a otros por la red. Esto es, mejorar la ciberseguridad y concienciarnos sobre su papel crítico, para evitar riesgos e inestabilidad a las empresas, instituciones y ciudadanos, y poder trabajar y comunicarnos de modo seguro por la red. Es clave evitar que los ciberdelincuentes accedan a nuestra información, la roben, o manipulen nuestras comunicaciones.

Pero junto a este reto, que implica acciones sobre la tecnología, los procesos, y las personas, hay otro gran reto, más sociológico, relacionado con la información, y  que tiene también importancia por sus consecuencias. Los efectos, muchas veces involuntarios, de las redes en la polarización de la sociedad al potenciar la autoafirmación, el refuerzo de identidades, y la exclusión, en lugar de la tolerancia ante la diversidad de visiones y opiniones. 

 

Hace algo más de dos años se estrenó en Netflix un documental titulado “El dilema de las redes” (The Social Dilemma” en versión original), dirigido por Jeff Orlowski, en el que diferentes responsables y directivos de empresas tecnológicas que trabajan para internet, exponían cómo muchos algoritmos desarrollados con fines de negocio, están contribuyendo, en muchos casos de manera involuntaria, a la polarización de la sociedad. El documental es altamente recomendable para entender cosas que estamos viviendo.

 

A todos nos gusta recibir información y opiniones de personas que expresan lo que nosotros pensamos. Para los humanos, es gratificante ver cómo lo que pensamos es compartido por personas que valoramos y consideramos referentes, y ello  nos permite autoafirmarnos con algunas identidades que compartimos.

 

Hace unos días, leíamos una noticia en la misma línea. Twiter y Tik Tok reconocían ante el Congreso de EEUU que sus algoritmos provocan un efecto de polarización.

 

Y es que como muy bien analizó Amin Malouf, en su ensayo “Identidades Asesinas”, publicado en 1999, (otra lectura muy recomendable), la identificación con una identidad,  si se plantea con un enfoque de diferenciación frente a los otros y de modo excluyente puede llegar a convertirse en un elemento de enfrentamiento, e incluso llegar a ser asesina. Ejemplos los hay en el fundamentalismo religioso, el radicalismo político, el nacionalismo radical, o el seguimiento de un equipo de fútbol. 

 

Esto es lo que tenemos y lo que estamos viviendo. Lo decía claramente también en otro magnífico artículo de hace unos días, “2016. El año que no se ha terminado”, el escritor colombiano Juan Gabriel Vasquez, al referirse a que desde ese año, que vió nacer la idea del Brexit, la victoria de Trump y el rechazo de los Acuerdos de paz en Colombia, vemos como argumentos débiles, cuando no falsos, han sido divulgados como verdades absolutas e indiscutibles, en la redes sociales, provocando la autoafirmación de miles y miles de ciudadanos convencidos de esas afirmaciones. Como señala el autor, se ha producido una súbita transformación de nuestra manera de ejercer la ciudadanía, provocando las redes un deterioro de nuestro sentido de la realidad y de nuestra convivencia. En este sentido 2016 no ha terminado.

 

Combatir las llamadas “fake news” es más fácil, y de hecho ya hay periodistas y asociaciones que a través de sus páginas webs identifican las noticias que son claramente falsas

 

 

Visto así, es claro que otro de los grandes retos para la transformación digital de España tiene un aspecto sociológico con implicaciones claramente éticas, pues tiene que ver con velar para que la información que circula en las redes no sea falsa ni fomente la intolerancia y la polarización. 

 

Combatir las llamadas “fake news” es más fácil, y de hecho ya hay periodistas y asociaciones que a través de sus páginas webs identifican las noticias que son claramente falsas. Más de una vez, hemos acudido a consultar si una información recibida en algún wasap era o no una falsedad. Pero más complejo es identificar las afirmaciones que no se ajustan a la realidad y que son divulgadas como verdades absolutas por sus defensores, fundamentalmente con fines políticos, y siempre marcando barreras de exclusión a los que piensan de manera diferente.

 

Ciertamente internet es global y que se ajuste a comportamientos éticos debería ser un requisito básico, pero al mismo tiempo, internet es una red para expresar libremente ideas, por lo que resulta difícil establecer una línea roja que no debería cruzarse. De ahí que haya que tratar de modo diferente las diferentes cuestiones en juego: por un lado, la divulgación de fake news, que es algo reprobable y susceptible de ser penalizado; por otro, la divulgación de medias verdades o afirmaciones que no se ajustan a la realidad, que tendrían que ser reguladas por códigos o compromisos éticos de partidos políticos, asociaciones, etc…; y por último, los algoritmos que dirigen determinado tipo de afirmaciones a determinados colectivos o ciudadanos y que contribuyen a la polarización. Esto último exige un enfoque ético a la hora de regular el desarrollo y utilización de algoritmos con fines comerciales, de marketing, o de seguimiento. Y ahí las Administraciones Públicas, en colaboración con los grandes operadores y empresas de servicios de la sociedad de la información, si deben jugar un papel activo.

 

La polarización que estamos viviendo en España y en otros países de nuestro entorno es una clara amenaza a la estabilidad de nuestras democracias, y ello es algo a tener en cuenta dentro del proceso de transformación digital.

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