< Enero 2023 >

De la economía sin innovación a la innovación sin economía

Primera fábrica de baterías de Volkswagen en Salzgitter (Alemania), Imagen: EP

De la economía sin innovación a la innovación sin economía

Uno tiene la sensación de que las referencias generalizadas a la innovación se han convertido en una suerte de “mantra” recitado por responsables políticos, empresariales e institucionales que ofrece una receta universal ante cualquier problema, desde la misma crisis económica a las redefiniciones geoestratégicas, pasando por los desafíos medioambientales. Se podría decir que el “recurso a la innovación” se ha convertido en un mandato categórico o, mejor, en un nuevo “bálsamo de fierabrás” que todo lo cura.

Lejos de mi despreciar la importancia de crear, difundir y usar nuevas tecnologías; llevo toda  mi vida académica defendiéndolo y estudiándolo. Lo que ocurre es que cuando se analiza la situación las cosas no encajan y algunas voces se extrañan de que teniendo España resultados tecnológicos e innovadores señaladamente insuficientes, el comportamiento macro de la economía, en términos de crecimiento, no se sitúa tan mal. La tentación de algunos es la de “matar al mensajero”, pues opinan que los indicadores de innovación utilizados son deficientes. Es una tema que merece ser aclarado por sus importantes consecuencias en el diseño y ejecución de políticas económicas y sociales trascedentes para mejorar el bienestar de nuestros conciudadanos.

 

Quiero empezar señalando que los economistas clásicos, desde Smith a Marx, eran muy conscientes de la importancia que para el desarrollo tenía en progreso tecnológico que estaba transformando profundamente la economía y la sociedad. Pero, desafortunadamente, el triunfo de las ideas neoclásicas en el último tercio del siglo XIX y de su mano el predominio del análisis de los equilibrios microeconómicos a corto plazo trajo un relegamiento del análisis del progreso tecnológico, por esencia vinculado al largo plazo y las transformaciones estructurales. Es lo que denomino un concepto de la economía sin innovación. 

 

La situación cambió a partir de los años 50. De nuevo, la presencia de avances tecnológicos extraordinariamente generalizados, junto con la competencia entre sistemas, incluyendo las carreras armamentista y espacial, llevó a la necesidad de articular respuestas que necesitaban de nuevas fuentes estadísticas (de aquí la puesta en marcha de las estadísticas de I+D) y de planteamientos teóricos que incluyesen el papel del cambio tecnológico en el crecimiento de la renta y la productividad de los países. Se produjo entonces una suerte de revolución dentro de los estudios de la innovación y el cambio tecnológico al considerar a la tecnología como conocimiento y no mera información, hasta entonces dominante. Autores como Freeman, Pavitt, Dosi, Nelson o Rosenberg, desarrollaron una nueva teoría de carácter estructural donde la innovación tecnológica se produce como un aprendizaje interactivo entre los agentes innovadores y entre estos y el “sistema institucional”. Para ello, fue decisiva la recuperación del pensamiento de Schumpeter sobre la dinámica capitalista basada en la destrucción creadora.

 

Así, volvemos a tener en primer plano la relación entre tecnología y economía y, derivado de ella, un desarrollo importante de políticas para fomentar la innovación que abarcan desde las destinadas a compensar los “fallos” que el mercado para incentivar la inversión privada en innovación, hasta otras orientadas a configurar una estructura más eficaz haciendo más eficientes las relaciones entre los componentes del “sistema de Innovación”. 

 

 

 

 

La falta de innovación es mucho más gravosa cuando se trata de sectores intensivos en tecnología como la electrónica, de menor desarrollo relativo en España.

 

 

En este contexto las profundas transformaciones que comienzan a finales del siglo XX zarandean de manera considerable las bases de los equilibrios internacionales donde la idea de globalización (y su versión micro de Cadenas Globales de Valor) era el marco habitual de razonamiento.  Se encadenan la crisis financiera de 2008, los retos derivados de la COVID19, los desafíos frente a los costes medioambientales y la crisis climática, la creciente polarización, la desigualdad internacional, la aceleración de los cambios en las TICS, por citar solo algunas de las más importantes. Muchas concepciones preconcebidas se tambalean y en los países occidentales se abren debates profundos sobre temas como la desindustrialización o la soberanía tecnológica que preocupan seriamente  al constatar que Europa y EEUU pierden peso en el mundo en muchos terrenos y, singularmente, en el del desarrollo tecnológico, frente a potencias asiáticas, especialmente China. Se impone el concepto de “retos” o “desafíos” a los que hay que enfrentarse y para lo cual  el mayor esfuerzo innovador sería crucial.

 

Aquí volvemos al caso español. Los indicadores disponibles muestran que España ocupa posiciones de atraso relativo dentro de los países desarrollados. De acuerdo con el Innovation Scoreboard España ocupa el puesto 16 de la UE  y según el Global Innovation Index, estaría en el lugar 27 del mundo. En una mayoría de los casos la reacción es que debe intervenirse desde las políticas para cambiar esa situación, pero se oyen también opiniones de que esos datos son “erróneos”; pues no se corresponderían con el desempeño macroeconómico. Esta es la concepción  de lo que vengo en llamar la tesis de la “innovación sin economía” porque el protagonismo implícito asignado a la innovación olvida que existen otros muchos factores que interactúan con los tecnológicos y de innovación y que solo esta interrelación explica de una manera más coherente la evolución de la economía mostrada por los indicadores habituales de crecimiento y competitividad. 

 

Por mencionar solo dos de los factores más importantes, cabe mencionar, de una parte, la singularidad de la composición sectorial de la economía española donde el peso de la construcción y, sobre todo, del turismo, la diferencia claramente de otras. La falta de innovación es mucho más gravosa cuando se trata de sectores intensivos en tecnología como la electrónica, de menor desarrollo relativo en España. Por otra, están los menores costes salariales, fruto de unas peculiaridades el mercado de trabajo marcadas por carencias de formación y altos niveles de precariedad.

 

Para terminar, aunque se pueda crecer sin destacar en innovación, no hay que olvidar que un mayor esfuerzo tecnológico/innovador se trasladaría a un incremento del PIB potencial y a unas condiciones de futuro menos expuestas a los vaivenes cíclicos y a un capital humano mejor retribuido como consecuencia de mayores niveles de productividad.

 


José Molero es Catedrático Emérito. UCM. Director de la Cátedra FEI-UCM sobre Estudios de la Innovación.

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