Encima de burros, apaleados

Encima de burros, apaleados

Recuerdo un dicho de mi madre: «Encima de burro, apaleado». El dicho asalta mi memoria cada vez que leo o escucho en algún medio  que, según las encuestas, en Andalucía gana las elecciones el tándem PP-Vox. Es cierto que, como dije en mi artículo anterior, las sociedades se están derechizando en el mundo entero, y que el fenómeno se debe a una mayoría que ha conseguido ascender de pobres a medio pobres gracias a una nómina que les permite endeudarse para creerse ricos. Tristísima manifestación de un autoengaño que convierte a millones de personas en moluscos gasterópodos con facultades y emociones encerradas en una concha que protege su egoísmo. 

Vivir en un engaño permanente atrofia la razón por falta de uso. La razón, atrofiada, acepta que el egoísmo se traduzca como un inmoderado y excesivo amor a sí mismo, lo que, prescindiendo de los adjetivos, es condición indispensable para lograr la felicidad. La adjetivación confunde. Amarse y, por ende, respetarse a sí mismo, es imprescindible para vivir a gusto con la persona que tienes que convivir toda tu vida durante todas las horas de tu vida, de acuerdo. Pero el egoísmo no tiene nada que ver, ni de lejos, con el amor. Egoísmo es vivir permanentemente en un estado de yoísmo que impide ver y comprender los intereses de los demás, y esa ignorancia del otro impide ver y comprender los auténticos intereses de uno mismo; impide vivir en un estado de felicidad permanente. 

El egoísmo convierte a quien lo padece en un burro según la segunda acepción del diccionario: persona bruta e incivil; bruta por necia, torpe, tosca; incivil por falta de cultura, de educación, por grosería. El egoísta carece de empatía, y siendo la empatía un sentimiento que distingue exclusivamente a los seres humanos, su carencia revela que la persona no ha evolucionado a la categoría de ser humano. El egoísta tiene su razón atrofiada por falta de uso. El egoísta es, por lo tanto y en realidad, un burro, en esa segunda acepción del término.

Que alguien creado para llegar a ser humano se quede en burro parece un fracaso de la creación, a menos que la persona que de ese modo se estanca se haya estancado por su propia voluntad; la voluntad de no plantearse nunca para qué ha venido a este mundo. El planteamiento lleva a una deducción muy sencilla. El ser humano posee las cualidades necesarias para ser feliz aunque circunstancias adversas le impidan sentirse alegre. La alegría, el júbilo es un sentimiento pasajero, como una fiesta. La felicidad es un estado permanente que ninguna circunstancia puede alterar porque nace y se nutre del amor y el respeto a uno mismo.

Las actuales circunstancias políticas en la mayor parte del mundo amenazan convertir a la mayoría de los ciudadanos en burros. La amenaza está sumiendo a los seres humanos en reflexiones lóbregas. 

La primera potencia mundial estuvo a punto de perder las libertades y derechos que garantiza la democracia el 6 de enero de 2021 cuando una horda de burros muy brutos asaltaron el Capitolio de los Estados Unidos para alterar el resultado de las elecciones y mantener en el poder a un burro más bruto que todos juntos dispuesto a instaurarse como dictador vitalicio en la democracia más antigua. Donald Trump y la horda de sus seguidores fracasaron en ese intento, pero están dispuestos a volverlo a intentar en las elecciones de 2024. ¿Qué les garantiza la posibilidad de triunfo? La derechización de millones de egoístas a quienes no importan en absoluto la igualdad y la justicia social; egoístas incapaces de pensar que un día pueden ser ellos quienes necesiten leyes de igualdad y justicia que les permitan vivir dignamente.

En Madrid, a una mayoría de egoístas no importó en absoluto que las políticas de una mujer aún más egoísta que todos juntos negara asistencia hospitalaria a miles de ancianos enfermos de covid, por dar solo un ejemplo de su gobierno inhumano. La agonía de esos ancianos en residencias supera las escenas más truculentas de una película de terror. La mayoría de los egoístas votó en las elecciones para confirmar a esa mujer en el poder prescindiendo de la falta de humanidad que demostraba su voto. 

Hoy, dicen las encuestas que la mayoría de los egoístas andaluces votarán para que siga en el poder un hombre que echó a miles de sanitarios de la sanidad pública poniendo en peligro la vida de enfermos que carecen de asistencia médica por falta de personal; por dar solo un ejemplo de su gobierno inhumano. 

Los seres auténticamente humanos se preguntan qué está pasando; se preguntan si tantos millones en el mundo entero están dispuestos a renunciar a su humanidad o han llegado a tal punto de burricie que ya ni saben lo que la cualidad humana exige. Lo que menos se entiende es que esos burros ni siquiera puedan detenerse a considerar que al entregar el poder a partidos con ideas inhumanas, se arriesgan a convertirse ellos mismos en víctimas de esas ideas. Lo que menos se entiende es que tantos quieran vivir como burros a merced de dueños brutos. Lo que menos se entiende es que, encima de burros, quieran vivir apaleados. 

 

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