La cuestión de la Monarquía Parlamentaria

La cuestión de la Monarquía Parlamentaria

Comenzar un discurso indicando la posición monárquica o republicana en un modelo de Estado, sería inadecuado si uno se posiciona de manera inmediata en uno u otro. Por tanto, lo haré al final de este, y no al principio. La figura monárquica busca una solidez en el Estado, que queda prefigurado en su tránsito a los años siguientes. Los monarcas pasan el poder de padres a hijos o hijas. En este sentido, los defensores de un Estado monárquico claramente indican los parabienes en la estabilidad, y continuidad. Estos dos términos son muy importantes para el mundo financiero, luego quienes defienden esta posición tienen importantes razones para hacer una defensa férrea de la misma, la economía. 

 

 

 

Comenzar un discurso indicando la posición monárquica o republicana en un modelo de Estado, sería inadecuado si uno se posiciona de manera inmediata en uno u otro. Por tanto, lo haré al final de este, y no al principio. 

 

La figura monárquica busca una solidez en el Estado, que queda prefigurado en su tránsito a los años siguientes. Los monarcas pasan el poder de padres a hijos o hijas. En este sentido, los defensores de un Estado monárquico claramente indican los parabienes en la estabilidad, y continuidad. Estos dos términos son muy importantes para el mundo financiero, luego quienes defienden esta posición tienen importantes razones para hacer una defensa férrea de la misma, la economía.  

 

La República, que como su nombre indica, supone el gobierno de esto que denominamos la “cosa pública”, y que basa su equilibrio en dos conceptos muy concretos, la división de poderes y la reciprocidad. La división de poderes busca el equilibrio y establece los contrapesos entre quien dirige el país, quien configura las leyes y quien las aplica, por un lado; y el conceto de reciprocidad “no hagas a otros, lo que no te gustaría que te hicieran a ti”; todo ello incrustado en un consenso general para sacar adelante un Estado. 

 

En este comentario, en el que no cabe la descalificación a ninguno de los modelos que aquí describo, sí creo que es necesario establecer algunos parámetros de realidad, para entender su defensa (quizás, pragmatismo sería más correcto que realidad). 

 

Como la estabilidad es un gran pilar de quienes defienden la monarquía, es indudable que el argumento más sólido está en la previsibilidad y mantenimiento del status quo, en que las cosas no cambien, en que podamos planificar el futuro conforme a un presente cierto; no les falta razón a quienes hacen esta defensa de manera tan clara. Se equivocan -por el contrario- quienes indican que la monarquía es el mejor de los sistemas porque la república nos puede llevar al conflicto o la guerra, como ocurrió en España. Este argumento es simplón en demasía y es tan estrecho en su mirada que indicarlo es lo mismo que decir que los franceses en algún momento tendrán una guerra civil o los americanos del norte, ya que son republicanos. 

 

La estabilidad bajo esa previsibilidad conlleva, de manera adquisitiva, una serie de elementos que configuran una contraposición a la república, y no es otra que la reciprocidad. En efecto, ésta no podría aplicarse ya que la monarquía conlleva ciertas excepciones: se podría hacer algunas cosas que no te gustaría que te hicieran a ti, además, por Ley. Desde luego, el equilibro de los contrapesos, tampoco podría aplicarse ya que quien hace la Ley debe excepcionar al Rey, quien ha de juzgar, no puede hacerlo y quien gobierna, no tiene la jefatura del Estado. 

 

Y he aquí el problema, el problema de fondo; ya que una monarquía parlamentaria -como la que formalmente tenemos- también es plenamente democrática 

 

O sea, es democracia, porque el consenso que nos dimos entre todos permite que haya excepciones en el sistema general de funcionamiento de la Ley; y se pueden aplicar soluciones injustas (lo justo sería lo recíproco) dada las salvedades que estableció el consenso. 

 

Por tanto, no es tarea fácil decir o indicar, yo me subo a este carro y este es el bueno y el otro es el malo, o viceversa. No es tan clara esta distinción y en realidad, el tema que tenemos que resolver es otro bien distinto (normalmente los focos enfangan el debate en otros asuntos que nada tienen que ver con el asunto de verdad); el tema es ¿qué tipo de democracia queremos? 

 

Y aquí sí que tenemos un problema, casi tan difícil como la crisis climática. La vemos, está ahí, la seguimos peloteando, y no hacemos nada por resolverla. La política cada vez se ve menos representada, por una clase política -evidentemente con honrosas y meritorias excepciones- que parece estar a otras cosas y no a las que importan a aquellos que han establecido el consenso previo.   

 

Personalmente -y ahora aclaro mi posición- me considero un hombre de Ley, y ésta, ha de ser igual para todos. Creo profundamente en la reciprocidad, en que no me gustaría que hicieran a otros lo que yo pido y exijo por derecho que no me hagan a mí. Esto es aplicable a la extranjería, a las inversiones, a la creación de empresas, a los impuestos, en fin, a todos los órdenes de la vida. Si hay un gobierno elegido por la ciudadanía, me gustaría que el jefe de Estado fuera elegido por esas mayorías compensadas que toda carta magna ha de contemplar, para asegurar una previsibilidad, sin esperar a que la genética me indique o me aclara la estabilidad económica. 

 

No voy a hablar del Rey emérito, creo que el foco vuelve a despistar la discusión real del asunto. El tema es si queremos una democracia plena o no. Lo que resulta evidente, es que una democracia plena bien podría mantenerse en un régimen de monarquía parlamentaria, pero esta “plenitud” exige aplicar el principio de reciprocidad en todos aquellos actos ajenos a la obligación misma del cargo y esto, lamentablemente, no ocurre. 

 

 

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