Boris Johnson: el resbalón fatal de un funambulista

Boris Johnson: el resbalón fatal de un funambulista

En política, hay algunas victorias que anuncian gloria, siempre efímera, y otras que anticipan derrota, a veces acompañada de deshonor y amargura. Si aplicamos el adagio al Reino Unido, la potencia europea que alargado su declive más allá de lo que la lógica permite explicar, nos encontramos con un encaje casi hecho a medida. 

 El primer ministro, Boris Johnson, ha sobrevivido a esa especie de “fuego amigo” que amenaza existencialmente a todos los líderes tories desde hace ochenta años. El 41% de los diputados conservadores votó por su destitución (1), un porcentaje mayor del que sufrieron algunos de sus antecesores más conspicuos, como Margaret Thatcher, o más cercanos en el tiempo, como Theresa May. Ambas fueron finalmente liquidadas (2).

En el Partido conservador la victoria es un perfume fugaz. Churchill ganó una guerra y perdió un año después unas elecciones que casi todo el mundo daba por ganadas. Thatcher humilló a la Argentina de los generales corruptos, desarmó a unos sindicatos en plena decadencia y logró mención de honor en el empuje final contra el régimen soviético, antes de ser despreciada por los suyos en 1990, cuando estaba a punto de ganar otra guerra ventajosa, en este caso contra Saddam Hussein, aquel tirano iraquí al que Occidente apoyó cuando le convino.

Un año tiene ahora Johnson de tregua para fortalecerse o volver a enfrentarse al tribunado de los MPs (miembros del Parlamento). Eso si no cambian las reglas internas de los tories. O si los resultados de la investigación sobre su responsabilidad en las fiestecitas de Downing Street no se lo llevan por delante sin necesidad de esta liturgia de cremación del líder.

Aunque el inicio de la caída en desgracia de Boris Johnson se deba a múltiples motivos, lo que ha molestado más a ese electorado neoconservador que lo había entronizado como un líder popular y populista han sido, en efecto, esas fiestas despreocupadas y exentas del control y normas que toda la ciudadanía estaba obligada a cumplir durante los confinamientos.

TOCADO, ¿CASI HUNDIDO?

Durante su agitada carrera política, Johnson ha hecho siempre ostentación de su gusto por la provocación y el escándalo rentable. Los principios le han sido siempre incómodos o, a lo sumo, instrumentales. La lógica del poder, su conquista y conservación, ha inspirado siempre su comportamiento. Abrazó el Brexit más por oportunismo que por convicción, aunque siempre tuvo posiciones críticas o escépticas hacia la Unión Europea. Cuando el movimiento centrífugo del continente cogió fuerza, se sentó en uno de los sillones de mando y desplazó luego a los otros con la energía, crudeza y falta de escrúpulos que lo caracterizan.

Su gestión del divorció británico ha sido tormentosa, más por sus procedimientos que por sus efectos, aún por manifestarse con claridad, debido a la contaminación que sobre ellos han venido operando la pandemia o la guerra de Ucrania.

El encaje del Ulster en el Brexit práctico es el asunto más peliaguado del método Boris (3). Los católicos de la provincia o la vecina República de Irlanda se encuentran en estado de vigilancia máxima ante el riesgo de que el gran manipulador ceda a las presiones de los protestantes unionistas y reniegue del protocolo suscrito con Bruselas y sus antiguos socios continentales. Síntoma de esta desconfianza ha sido el triunfo en las elecciones provinciales del Sinn Fein, la más independentista de las formaciones norirlandesas, por vez primera.

La guerra de Ucrania concedió un respiro a Johnson, que se mueve como nadie en estas ocasiones propicias a la épica guerrera, las causas agigantadas y la demagogia sin freno. Londres se ha convertido en el altavoz más ruidoso de la combatividad ucraniana, incluso por delante de Washington y sólo comparable al de las capitales bálticas, pero con mucho más potencial de apoyo político, diplomático y propagandístico. 

Las guerras, si son externas y no salpican demasiado, tienen un enorme poder distractor y anestesiante. Al premier británico, ésta de Ucrania le ha permitido recuperar las ensoñaciones de los tiempos en que la Union Jack  lideraba el mundo. Pero también le ha servido para ejecutar un alarde fiscal que ha llenado los bolsillos de las clases medias y bajas, en momentos de zozobra económica. Un escenario de gestión populista que viene como anillo al dedo al instinto político de Johnson, pero que inquieta (o alarma, más bien) a los conservadores tradicionales, que aceptaron su liderazgo sólo a regañadientes, como muro de contención del del izquierdismo que representaba el entonces líder laborista, Corbin.

Las descaradas fiestas en despachos gubernamentales han liberado las amarras que sujetaban la incomodidad de esos tories reticentes hacia un liderazgo forzado por las circunstancias. En cuanto se perciba que se puede repetir triunfo electoral sin tener que pagar el peaje populista, el partido conservador sacrificará a un líder que nunca aceptaron de buena gana.

LA ÚLTIMA BATALLA

Queda, sin embargo, una cuestión importante, que puede jugar a favor de las maniobras de Johnson para aferrarse al poder: la ausencia de un líder alternativo claro. Pudo serlo, pero ya no lo es, Rishi Sunak, actual Chancellor ot the Exchequer (Ministro de Hacienda), ahora desgastado por su gestión, pero sobre todo por un turbio asunto de su esposa. No parece que pueda volver a serlo Jeremy Hunt, aspirante derrotado en su día y exsecretario del Foreign Office (Ministerio de Exterior). Y menos aún Michael Gowe, un brexiteer de primera hora y polemista incasable, ministro de Johnson y hoy alejado como tantos otros de un líder chamuscado.  Esta oscuridad del líder futuro es, de todas formas, un impedimento relativo. Tampoco John Mayor o Theresa May provocaron precisamente entusiasmo cuando surgieron como recambios de urgencia. 

En el sistema político británico, con una ley electoral que determina una representación muy sesgadamente mayoritaria, el escaño parlamentario hay que ganárselo en la calle, en cada caso. El dominio del aparato del partido es mucho menor que en el continente. Si un diputado percibe que su líder nacional es tóxico o simplemente una rémora para sus intereses electorales, se revolverá en su escaño de Westminster y arrojará su puñal político contra él. Esto es especialmente así en el partido conservador, donde son los diputados quienes tienen delegado el control del liderazgo, mucho más que en el laborista, donde esa influencia está equilibrada por el empuje de la militancia y la chequera de los sindicatos.

En el actual escenario de victoria “hueca” (como ha editorializado el Daily Telegraph, biblia de los tories tradicionales), de liderazgo “atrincherado” (The Guardian) y de “amplia división partidaria” y  “autoridad comprometida” (4) , el Primer Ministro sentirá a partir de ahora cada incidencia política como un seísmo potencialmente devastador. Dos elecciones parciales en suroeste del país, feudos tories, se antojan ahora como citas de alto riesgo. El “superviviente Boris” va a necesitar de sus dotes más afamadas de manipulador para seguir desempeñando el papel principal en el cartel del teatro político británico. Jubileos reales aparte.

 

 

NOTAS

(1) “Boris Johnson wins vote, but suffers LARGE Tory rebellion”. BBC, 7 de junio.

 

(2) Una documentada comparación de estos antecedentes puede leerse en: “Lunch time call”, escrito por HARRY LAMBERT, THE NEW STASTESMAN, 6 de junio.

(3) “The Northern Ireland protocol could soon spark a new row between Britain and Europe”. THE ECONOMIST, 14 de mayo.

(4) “Out in a year. What the papers say about Tory vote on Boris Johnson”. THE GUARDIAN, 7 de junio.

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