Mbappé: el salvaje capitalismo del fútbol

Mbappé: el salvaje capitalismo del fútbol

El fútbol no es sólo un espectáculo de masas y, como tal, un foco ocasional de la atención política y un vivero permanente del show mediático. También es un reflejo fiel de la globalización económica y del predominio brutal del capitalismo sobre cualquier manifestación de la cultura, el ocio y el esparcimiento en prácticamente todo el mundo.

El fichaje frustrado de la estrella francesa Kylian Mbappé por el Real Madrid ha provocado una corriente inmensa de decepción entre los aficionados del vigente campeón de la Liga española, que ya lo veían “vestido de blanco” la próxima temporada, como principal garante de la hegemonía futbolística planetaria que el presidente del club, el poderoso empresario y promotor inmobiliario, Florentino Pérez, persigue desde hace décadas. Mbappé debía ser el emblema de una nueva era que tendrá como escenario un estadio remozado al nivel de los mejores del mundo, en uno de los barrios más elegantes y caros de la capital.

Pero más allá de la decepción deportiva, el sentimiento dominante ha sido la “indignación”. Tanto en las masas de seguidores como en unos medios de comunicación cada vez más distanciados de su función social y convertidos en hinchas de los clubes. En la ronda de agravios han participado algunos responsables políticos, aunque más prudentemente. 

El enfado está motivado en primer lugar por la supuesta ”traición” del futbolista, al que esos medios habían atribuido desde hace meses su compromiso de vincularse al Real Madrid, el “equipo de sus sueños infantiles”, según se ha dicho y escrito con profusión. Algunos de estos fanáticos comentaristas ha llegado a escribir que Mbappé será desde ahora un “perdedor”, por haber plantado al Real Madrid, el “Rey de Europa”, fórmula hiperbólica para destacar su condición de equipo con mayor número de trofeos (13) de la competición que disputan cada año los mejores clubs de las ligas nacionales.

Pero las principales invectivas más severas se dirigen al París St. Germain, donde juega y seguirá jugando Mbappé (al menos hasta 2025). Un club históricamente modesto, pero convertido en campeón casi indiscutido, a golpe de talonario desde que lo adquirió el estado de Qatar, una de las riquísimas petromonarquías del Golfo Pérsico. El máximo dirigente del club, Al Jelaifi, es un mero delegado del emir Al Thani. Los qataríes intentaron sin éxito renovar el contrato del futbolista a finales del año pasado y rechazaron sistemáticamente las sucesivas ofertas ascendentes del Real Madrid, en un pulso que excedía la dimensión económica. La saneada situación del club español no pudo doblegar a los dueños del PSG. Para la familia real qatarí era insoportable que el sucesor de Messi en el cetro del fútbol mundial les diera un portazo. Aún no se sabe la millonada que ha retenido al jugador en París, amén de otras regalías.

El momento era deportivamente clave. Este año la Copa del Mundo se disputará en Qatar. La asignación de la sede del Mundial resultó en su día polémica, por el ínfimo peso del emirato en el planeta fútbol. Conceder a Qatar la organización del campeonato más prestigioso del deporte internacional supuso, entre otras cesiones y adaptaciones, modificar el calendario de la competición del verano al otoño (noviembre y diciembre), debido al imperativo climático, lo que supondrá una interrupción no menor de las ligas nacionales en Europa. El dinero que Qatar puso en los despachos de la FIFA resultó una oferta imposible de rechazar. Algunos críticos incidieron también en la naturaleza absolutista del régimen qatarí o en su desprecio por los derechos humanos, particularmente los de las mujeres. Claro que la Federación española hizo lo propio con la competición de la Super Copa, concedida a Arabia Saudí. Las consideraciones morales no fueron tenidas en ningún momento en cuenta. En el hipercapitalista deporte del fútbol sólo el dinero establece las pautas.

Pese a ello, el fútbol sigue siendo un factor movilizador de pasiones nacionales, o mejor dicho, nacionalistas, con un fervor digno de mejores causas. En pocos fenómenos lúdico-sociales, se generan contradicciones tan flagrantes. En los clubes, entidades privadas, muchas de ellas propiedad de grandes magnates por lo general extranjeros, la mayoría de los jugadores titulares no pertenecen al país en que juegan (y mucho menos a la ciudad en las que radican). Oligarcas rusos, jeques árabes o grandes capitalistas norteamericanos dominan en la Premiere, (Liga inglesa), la más rica y potente de Europa. En España, salvo el Real Madrid o el Barcelona, los clubes son sociedades anónimas deportivas. Nuevos ricos chinos u orientales se han hecho con clubes históricamente importantes o tienen gran peso en sus Consejos de administración. 

El caso Mbappé, por tanto, difícilmente constituye una novedad en este juego dominado por un capitalismo salvaje y depredador. El Real Madrid ha perdido con las mismas armas, pero menos decisivas, que su rival parisino. Qatar ha echado el resto para conservar al sucesor de Messi en el cetro futbolístico mundial. En ocasiones anteriores, el equipo de la Castellana se llevó a los astros más rutilantes a base de millones, no de apetencias deportivas y menos de impulsos sentimentales. Igual proceder practican los clubes-empresa ingleses o ese otro “club-Estado” que es el Manchester City, propiedad de los Emiratos Árabes Unidos. 

Los futbolistas de élite se evaden de esta condición económica que determina su  profesión. Se colocan el gorro patriótico cuando compiten con sus selecciones nacionales, en consonancia con sus aficiones. Pero se lo cambian por la bufanda de sus clubes, que son quienes les pagan sus fichajes y sueldos astronómicos, cuando regresan a los torneos domésticos. El sentimiento nacional es de quita y pon, una mercancía más del universo mercantilista en que viven.

Mbappé no iba a ser una excepción. Dejó guiños de “cariño” al madridismo, lo que provocó delirantes manifestaciones de rendición incondicional al futbolista, incluso después de marcarle goles al Real en la actual Champions League. Ahora, esa miel se ha transformado en hiel. 

El propio Mbappé ha tirado de guion nacionalista, para explicar su decisión de seguir en el PSG. En su rueda de prensa de lunes, dijo que había recibido la “llamada de la patria [francesa] y de la capital [París]”.  Y todo ello, claro está, con el deseo de “llevar a Francia a lo más alto”. 

“Un acento gaullista”, ha titulado con ironía LE MONDE. Macron y Sarkozy (gaullista de maneras más que de principios el primero; y de origen luego olvidado, el segundo) “presionaron” al jugador para que se quedase en París. Es decir, los dos principales políticos de Francia (en pleno auge, uno; “vieja gloria”, el otro) se implicaron en el affaire del año del mercado futbolístico, como si de una gran empresa “nacional” se tratara. El prestigio de Francia es un valor político intangible, pero también una divisa económica.

El fútbol no es sólo el deporte más popular del planeta por número de seguidores. Durante decenios ha sido el ascensor social más potente y rápido de los niños y adolescentes de las clases más pobres. El propio Mbappé es de Bondy, banlieu del departamento de Seine-Saint Denis, uno de los enclaves más conflictivos de la emigración subsahariana y magrebí. Sus orígenes sociales no son de los más humildes (su padre es un exjugador de fútbol y entrenador camerunés y su madre una jugadora de balonmano de raíces argelinas). Pero algunos de sus compañeros, en el PSG y en la selección gala, pertenecen a esa población a la que Sarkozy despreció cuando era Ministro del Interior: denominó “chusma”, a los jóvenes más radicales o desesperados, tras unos incidentes violentos. Hoy, desclasados y alejados de sus raíces africanas, esos jugadores son adultos multimillonarios y patriotas de ocasión.  

Mbappé seguirá jugando en el equipo del apéndice suburbial de la ciudad que lo vio nacer hace 23 años y liderará a una Francia poderosa que aspira a revalidar su título de Campeona del Mundo. El sueño del emir y de su delegado del PSG es que el astro francés levante la Copa hacia el cielo de Qatar, el próximo diciembre. No muy distinto es el de los Macron, Sarkozy y tantos otros, que no ven en los selectos futbolistas del combinado nacional a un grupo de hombres de infancia misérrima con origen familiar en las excolonias de África, sino a ciudadanos de una Francia orgullosa que cantan la Marsellesa y que, por lo general, ya han olvidado de dónde vienen.

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