Palabra de mujer

Palabra de mujer

Escucharnos es salvarnos. Todos los días. Nadie levanta la voz por nosotras si no lo hacemos  nosotras mismas, nadie busca a las que desaparecen, ni se asusta por las que tardan en llegar. Somos nosotras las que le estamos poniendo nombre a todo lo que nos hacen por ser mujeres, preguntando a las demás si también les pasa, que se despiertan con el dolor de que algo le han hecho, que no saben lo que es, pero que daña. Nosotras somos las que decimos que no es culpa de una, que las decisiones no son libres porque nosotras tampoco lo somos. 

Hay un hecho incontestable que lastra la vida de las mujeres. En mayor o menor medida, se da en todos los países, en todos los ámbitos, incluso en nuestros propios espacios. Habrá quien lo niegue, pero seguro que rebuscando encontrará más de una ocasión en la que nadie la escuchó, o le dieron prioridad a otro discurso. 

 

Ese hecho es que nuestra palabra vale menos. La palabra de una mujer siempre está en entredicho, ha de ir acompañada de pruebas, argumentos, validaciones masculinas y no tener antecedentes de falsedad. Una sola mentira y no te creerán más.

 

La palabra de una mujer es volátil, vengativa, sin fundamento, se lanza desde la envidia. La palabra de una mujer es nuestra mejor arma contra nosotras mismas, nos acusan.

 

En resumen, la palabra de una mujer no vale nada.

 

Por supuesto, nosotras sabemos que no es así. 

 

La palabra de una mujer lo vale todo. Otra cosa no, pero palabras narrando violencias las tenemos todas, nos escuchamos y nos reconocemos, nos emocionamos desde la empatía y desde los sitios comunes. Escuchamos y sabemos que el dolor es el mismo porque lloramos de la misma forma. Y así nos vamos agrupando por experiencias y nos juntamos para narrar y ver que lo que le pasaba a ella me pasaba a mí y no, no estoy loca. 

 

Escuchamos la voz de las supervivientes de prostitución y se nos rompe todo pensando en el discurso neoliberal que nos bombardea que está bien venderse en un mercado de carne y pesadilla. Porque esas mujeres somos nosotras y nuestras hijas. Pudimos ser ellas y ellas pudieron ser nosotras, porque nacer en una familia, en un país, es una lotería que nadie escoge. Un día vas a la escuela y al siguiente llegó una guerra, un accidente, un secuestro, un engaño, una situación desesperada, y tu vida es que te violen veinte extraños, y eso no es vida, es tortura. 

 

Escuchamos la voz de las madres que aseguran que gestan un hijo que no es suyo. Con un silencio contenido, y si tienen que aguantar la mirada un poco más, sus ojos gritarán que eso no es cierto. Y seremos nosotras las que lo escuchemos.

 

Escucharnos es un ejercicio que vamos perfeccionando, porque muchas veces tampoco nos atrevemos a usar la voz para hablar de nosotras mismas. Hay tantas cosas que tenemos que contarnos, tantos temas abiertos que no se alcanza, y cada día abrimos la voz para uno nuevo, la maternidad, el deseo, la violencia, el abuso, la educación, la política, el arte, nuestros propios cuerpos. 

 

El patriarcado sabe todo esto, y sabe que su mejor aliado es nuestro silencio, por eso irrumpe con ruidos, como cuestionar nuestro propio concepto, porque el patriarcado sólo quiere escucharse a sí mismo, como siempre ha hecho. Puede disfrazar las voces, pero las encontramos, puede ensuciar el discurso, puede acusarnos de odio, intentar silenciarnos, decir que mentimos, todo esto ya lo sabemos. Nada nuevo, aunque renueve sus armas, llevamos desactivando sus trampas mucho tiempo.

 

Escucharnos es un regalo. Que nos escuchen y que las compañeras nos den a cambio sus palabras. Que lo que una aprende lo comparta y lo difunda, preguntarnos entre nosotras sin juzgar a nadie, decirle a la compañera que no fue su culpa, reírnos de la vida de vez en cuando.

 

Escuchar nuestras voces, lo es todo, todo, en todas partes… Nuestra voz es lo que tenemos porque el mundo no está hecho a nuestra medida, y como no nos dejan poseer lo material, lo hablamos y lo describimos, y estamos construyendo un discurso que lleva siglos. No somos ni estridentes ni chillonas como argumento usado tantas veces para despreciar lo que decíamos, somos como la otra mitad de la humanidad, pero de otra forma, nuestra voz no se parece a lo de siempre, porque siempre se ha escuchado la voz del hombre. 

 

Escucharnos y creernos. Siempre. Escuchar más allá y por encima, ver los ojos y sentir el timbre de la voz que se abre, darnos cuenta de que habla desde dentro y sacando todo. Compañeras narrando la experiencia de otras compañeras, parando un momento para respirar y seguir hablando. Recibir el relato de las que ya no están. Leer a las que nos precedieron. Hay que darle la importancia que se merece a la palabra de las mujeres, porque lo colectivo se vuelve estruendo cada vez que intentan borrarnos.

 

 

 

 

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