La banalización del fascismo

La banalización del fascismo

Un día se esparció por el mundo un virus que podía ser letal. Desde ese día y todos los días, los noticieros empiezan con cifras. Cifra de incidencias, hospitalizados, en UCI, fallecidos. Cifra de vacunados y de no vacunados. Cifra de positivos en confinamiento. Cifras. Durante dos años, un virus y los que informan sobre el virus nos recuerdan, nos corroboran, que vivimos en un mundo deshumanizado; un mundo en el que seres humanos y humanoides pierden su identidad en cuanto nacen, pasando a diluirse en una cifra. El virus nos ha corroborado que el hombre, macho y hembra, como ente individual creador y propietario del mundo, no existe; que la individualidad es pura ilusión creada para dar sentido a la lucha por la supervivencia de un ser consciente.  El virus nos ha impuesto la realidad como nunca antes, y la realidad de este mundo es que la única ciencia que puede explicarlo todo  es la matemática.  

 

Hubo una vez un cálculo que acabó de sembrar la duda ancestral sobre la identidad del hombre y su cualidad de propietario de este mundo.  Fue la logística, rigurosamente planeada y ejecutada, para exterminar a los judíos en los campos de concentración de la Alemania nazi, junto a otros grupos étnicos y políticos considerados indeseables por el régimen. El vulgo, naturalmente,  no reparó en la identidad individual de cada cuerpo amontonado en torres de restos humanos que la fotografía captó para la posteridad. Unos se horrorizaron al ver esas fotos  y pasaron a otra cosa. Otros negaron su autenticidad por diferentes motivos. Lo que ni los unos ni los otros percibieron fue que el cálculo macabro que esas fotos evidenciaban contribuiría a la deshumanización. 

 

En el genocidio, cada vida humana con su realidad individual se diluye en miles o millones de asesinados. En la realidad organizada, cada vida humana se diluye en cifras que miden el comportamiento de la masa. El modo en que los medios presentan y tratan la masificación, la disolución del ser humano en una masa informe, parece obedecer al objetivo de que el ser humano acepte la inexistencia de su identidad individual; acepte que una vida humana satisfactoria exige, como la de cualquier animal, seguir al rebaño.    

 

Masificar a los hombres como si de cualquier animal se tratara es una exigencia de diversas disciplinas para entender y organizar sociedades humanas, pero es en el campo de la política donde esa masificación afecta directamente a cada individuo, afecta cuanto supone vivir dotado de cuerpo y mente. Cabe argüir que para administrar los recursos de un país se impone considerar a la sociedad como conjunto. Por supuesto, y es en esta consideración donde se producen las diferencias ideológicas y de otro tipo que orientan el modo de administrar; que orientan la política. Evidentemente no es lo mismo la ideología del político que en la masa distingue las necesidades de cada grupo y en cada grupo, las de los ciudadanos que lo componen, que aquellos que conciben la política exclusivamente como medio para llegar al poder. 

 

Para quienes la política es, por encima de todo, un trampolín para alcanzar sus intereses personales, los individuos humanos no existen.  Existe la  masa para descubrir y analizar tendencias. Donde el poder depende de elecciones democráticas, en los componentes de esa masa sólo se distinguen votos. Ese es el enfoque del fascismo. 

 

Hace poco, una representante del Congreso de los Estados Unidos, célebre por el catastrófico estado de su mente, comparó la obligación de llevar mascarillas con la imposición de los nazis a los judíos de distinguirse llevando en el pecho una estrella de David amarilla, y comparó la obligación de vacunarse con el Holocausto. Esta mujer pertenece a la derecha más extrema del Partido Republicano; es trumpista a morir, por supuesto; es fascista. Sin embargo, lo que más llama la atención del personaje es su habilidad para recaudar fondos para sus campañas; para conseguir votos y dinero. Lo que significa que el fascismo vende, que vende cada vez más.  

 

Las definiciones y análisis del fascismo inundaron las editoriales desde la caída de Mussolini y de Hitler. Desde el invento de Internet, los análisis del fenómeno se cuentan por millones. Cabría suponer que, habiéndose popularizado tanto, cualquier hijo de vecino entiende a fondo el significado del término, pero no es así. El significado y las consecuencias del fascismo se quedaron en la primera mitad del siglo XX y la memoria de los jóvenes se resiste a revivir los horrores de aquella época. El calificativo de fascista se ha convertido en un insulto sin más que los activistas de izquierdas dirigen en las redes sociales a los de derechas, como los de derechas llaman comunistas a los de izquierdas. 

 

A los politiqueros fascistas ya les viene bien que la mayoría rechace la memoria histórica, que la mayoría se niegue a recordar aquella doctrina que predicaba la destrucción del otro, la destrucción de todo aquel diferente que no pudiera o no quisiera ocultar su diferencia, la destrucción de todo aquel que formara parte de otro rebaño o que no estuviera dispuesto a renunciar a su individualidad para someterse a las reglas del rebaño del líder fascista. Convirtiendo la palabra fascista en un simple insulto se embota el filo del cuchillo y el arma ya no asusta. Banalizando al fascismo desaparece el lobo bajo un disfraz y los incautos pueden acercarse a él sin miedo tomándolo por cualquier perro.

 

La semana pasada salió la encuesta del CIS de intención de voto. Suben los que votarían por el PP y por Vox. Quien piensa se pregunta cómo es posible que en un país aplastado durante cuarenta años bajo la bota del fascismo millones de votantes estén dispuestos a entregar al fascismo el poder para que vuelva a aplastarles. ¿Falta de memoria? ¿Deshumanización? ¿Cómo, si no, se explica que millones de votantes estén dispuestos a ignorar la corrupción, la mentiras flagrantes, la prédica del odio, la traición al país para justificar el todo vale para hundir al contrario; dispuestos a ignorar toda la politiquería inmoral del fascismo? ¿O será que esos millones de votantes anhelan que un fascismo fuerte les permita pastar en paz librándoles de la responsabilidad de pensar y actuar como seres humanos?

 

Parece que el fascismo se está extendiendo por el mundo entero como una pandemia sin necesidad siquiera de imponerse por la fuerza de las armas. Los ciudadanos están votando a fascistas con la misma pasión con que siguen series y películas de terror, para entretenerse.

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