Víctimas del pánico

Víctimas del pánico

Cuenta la mitología que en una batalla contra los titanes, el dios Pan soltó un grito tan horrible que los enemigos huyeron aterrorizados. Los siglos dieron el nombre de pánico al terror más intenso; un miedo que, fundado o no en causas reales, llega a controlar el cuerpo forzándolo a huir o paralizándolo. 

Durante un año, el pánico intentó paralizarme. Un día, después de luchar durante un año para controlar el terror que amenazaba mi cuerpo y mi mente, la causa que me aterrorizaba desapareció. Entonces pensé que era mejor olvidar esa causa y ocuparme de reparar lo que el pánico me había estropeado. En eso estoy,  pero no está resultando tan fácil como me creía. Cada noche  llamo en mi ayuda a Jamie Raskin, representante demócrata por Maryland con varios cargos en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, viendo todos los vídeos de sus discursos y de las entrevistas que concede con asiduidad a diversas cadenas de televisión. 

 

El 31 de diciembre de 2020,  el hijo de Raskin, de 25 años,  se suicidó. Thomas Raskin sufría una grave depresión. El padre confiesa que el pánico le impidió hablar del suicidio a su hijo. Sigue convencido de que tenía que haber hablado con él sobre el tema. 

 

Hoy hace poco más de un año, mi hijo llegó a casa para quedarse. Llegaba de Barcelona derrotado por la pandemia, sin trabajo, sin todo cuanto le había proporcionado una juventud activa, emprendedora, esperanzada. Se encerró en su habitación. Agobiada por su sufrimiento y mi impotencia, oí en la radio cómo se estaba incrementando la cantidad de suicidios entre los jóvenes por culpa de la pandemia y la noticia estalló en mi cerebro como el grito de Pan. Me apresó el pánico y ya no me soltó.  Como Raskin, decidí no hablar del tema; no mencionar a mi hijo la palabra maldita para no darle ideas. Me tragué el terror. Y tuve suerte. Mi hijo no sufría una depresión. En vez de considerar el suicidio, no paraba de buscar trabajo en su ordenador. Yo me aliviaba pensando que mientras siguiera relacionándose, aunque telemáticamente, y mientras no le faltara la esperanza, su vida no corría peligro. Un día me di cuenta de que la que estaba en peligro era yo porque mi cuerpo no podría resistir por mucho tiempo ese pánico negro. Y empecé a luchar a conciencia para sacármelo de encima, por mi y por mi hijo.          

 

Jamie Raskin ha sido para mi un ejemplo en muchos aspectos. Todos los actos de su larga trayectoria política corresponden a los de un ciudadano honesto, profundamente humano. Un día después de enterrar a su hijo, fue al Capitolio. Era 6 de enero, la fecha en que el vicepresidente debía  proclamar a Joe Biden como ganador de las elecciones y presidente de los Estados Unidos. Raskin tuvo que soportar el ataque de la turba que pretendía impedir esa proclamación. Como todos los congresistas, se escondió  y volvió al hemiciclo  cuando la Guardia Nacional desalojó a los trumpistas. Cumplió con su deber, como los demás,  y Biden fue proclamado presidente ya de madrugada. Al día siguiente, sin concederse ni un día de descanso, Raskin empezó a trabajar para imputar a Trump la incitación a un golpe de estado. Lo hizo por su hijo, a quien había inculcado los valores de los que en política se llaman progresistas y que son, en realidad, valores humanos. Lo hizo por su hijo, por las dos hijas que le quedaban y por los hijos de todos sus compatriotas. 

 

Raskin no ha dejado de trabajar ni un solo día, ahora en el comité que investiga el ataque al capitolio del 6 de enero pasado. Le empuja el miedo, no el miedo que paraliza, ese miedo que le paralizó la lengua cuando tal vez debía haber hablado del suicidio. Le empuja el miedo que incita a luchar contra el peligro. 

 

Raskin, como tantos intelectuales, políticos y gente corriente que piensa, están convencidos de que la democracia americana está en grave peligro. Tiene miedo, y el miedo le anima a trabajar para que las dos hijas que le quedan y todos sus conciudadanos puedan seguir viviendo en un país en el que se respetan la libertad  y la igualdad. En el Congreso, Raskin es el presidente del Subcomité de Derechos y Libertades Civiles, y por los derechos y libertades civiles ha trabajado durante toda su vida política sin permitir que se lo impida ni el dolor más profundo que nada puede mitigar jamás; la muerte de un hijo.  

 

Hoy, con mi hijo trabajando en Barcelona acompañado por una mujer que comparte sus valores y muchas cosas más, tengo miedo. Sé que saldrá adelante con más o menos dificultad en medio de esta pandemia asesina de cuerpos y mentes, pero sé también, como Raskin, que la sociedad está al borde del abismo en el mundo entero. El agujero negro que espera un solo paso en falso para engullirnos a todos es el fascismo.  

 

Al fascismo se le intenta disfrazar con un oropel de ideología. Pero una ideología, de la tendencia que sea,  surge de un pensamiento racional. El fascismo no responde a un esfuerzo del entendimiento por comprender la realidad y concebir soluciones para los problemas que plantea. El fascismo responde, pura y llanamente, al ansia de poder de individuos capaces de hacer cualquier cosa que les pida su ansia, tan intensa como la de un vampiro que necesita sangre para sobrevivir. Y cualquier cosa incluye aplastar como sea a quien se oponga a sus propósitos.

 

El ejemplo más mundialmente famoso de fascista es hoy Donald Trump. Siendo su país la primera potencia mundial, si Trump consiguiera destruir en él la democracia, el efecto sería políticamente como el de una pandemia vírica. Y Trump no es el único que amenaza al mundo con el fascismo. El autócrata Vladimir Putin lleva años extendiendo el fascismo en Rusia y protegiéndolo en toda su área de influencia. En América del Sur hacen lo propio Jair Bolsonaro, Daniel Ortega, Nicolás Maduro. El enemigo a batir por todos ellos son los políticos de cualquier signo que entienden y defienden el concepto de democracia que expresó Abraham Lincoln en su discurso de Gettysburg; gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo.    

 

El fascismo no es política ni son políticos los fascistas. Al fascista no interesa el gobierno del pueblo a menos que tenga que ver con sus propios intereses. El ejemplo palmario e indiscutible lo tenemos en España. 

 

En España, el fascismo ha devorado lo que se llaman las derechas eliminando de sus trabajos toda ideología y programa político.  El PP, Vox y Ciudadanos intentan corroer el Congreso eliminando su función de centro de debate de ideas y programas para la promulgación de leyes; convirtiéndolo en tribuna de insultos y  descalificaciones contra el gobierno elegido por el pueblo que intenta gobernar según la definición de democracia de Abraham Lincoln. 

 

A los partidos fascistas no interesan las definiciones ni nada que tenga que ver con la verdad avalada por los hechos. A los partidos fascistas solo interesa llegar y conservar el poder a toda costa. Llegar al poder en España les exige desprestigiar a las instituciones para minar la confianza de los ciudadanos en la democracia y utilizar todas la tribunas para minar al gobierno elegido por la mayoría. Y eso es lo que hacen; eso es lo que han hecho incluso mientras los españoles se debatían entre la vida y la muerte en medio de la peor pandemia que registra la historia reciente; eso es lo que han hecho mientras el gobierno luchaba contra la pandemia con todos los medios a su alcance, pidiendo incluso la ayuda de la oposición; eso es lo que siguen haciendo aunque la pandemia aún no se ha superado. Contra todos los esfuerzos de gobierno y ciudadanos, los fascistas españoles utilizan a diario la mentira para destruir todo cuanto pueda lograr la verdad. 

 

La verdad es que el futuro de los españoles, como el de tantos ciudadanos de otras partes del mundo, hoy depende del esfuerzo de todos por analizar la realidad racionalmente y decidir, por uno mismo y por todos los demás, si estamos dispuestos a dejarnos engañar por las mentiras y falacias del fascismo; si queremos dejar que sus gritos nos conviertan en víctimas del pánico huyendo de la verdad, o si estamos dispuestos a luchar con todas nuestras facultades humanas para que nuestras sociedades sigan progresando; para que nunca nada ni nadie nos obligue a volver atrás. 

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