Enrique Barón: "El inquisidor de Anahuac"

Un libro del ex ministro de Felipe González, de obligada lectura para los políticos que hablan de indigenismo de reparaciones o de apellidos, que desconocen o pretenden desconocer el mestizaje de ambos.

Enrique Barón: "El inquisidor de Anahuac"

Un libro del ex ministro de Felipe González, de obligada lectura para los políticos que hablan de indigenismo de reparaciones o de apellidos, que desconocen o pretenden desconocer el mestizaje de ambos.

Este año se celebra el 500 aniversario de la conquista de México-Tenochtitlan por parte de Hernán Cortes y sus aliados y el 200 de la independencia. A ambos lados del Atlántico algunos políticos han intentado usar estas efemérides para tirárselas a la cara al equipo contrario, unos exigiendo indemnización, otros ofreciendo jesuíticas excusas y los de más allá, inventando el nuevo mestizaje indígena-comunista.

En medio de semejante “putiferio”, es decir gresca o bullanga, es de agradecer que una mente clara recoja la tradición mestiza, “común de ambos pueblos en un oportuno libro".

El autor, Enrique Barón Crespo, es bien conocido por su actividad política, tanto española, ministro en primer gobierno de Felipe Gonzalez, como europea, eurodiputado y presidente del Parlamento, pero también sabe usar la pluma, como hacen los políticos en otros países como Francia. Asegura el mismo que la obra es fruto de sus debates con Carlos Fuentes y una “continuación “del libro de este “El espejo enterrado“ sobre la dimensión común hispanoamericana. “Tenemos que celebrar nuestra herencia cultural, la cultura que hemos sido capaces de crear durante los pasados 500 años como descendientes de indios, negros y europeos en el Nuevo Mundo” sin olvidar que también el mestizaje es la herencia de España.

En deuda está también con los otros dos grandes escritores mexicanos de Siglo XX, Alfonso Reyes y su “Visión de Anahuac”-nombre mexicano del valle de México- y Octavio Paz “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe“.

 

La trama novelesca es sencilla:  Gabino, hijo natural y segundón de un grande de España, es encaminado por su moribunda madre hacia la Iglesia y el Santo Oficio y se convierte en Fray Servando de Villafranca. Consigue que el padre, en su lecho de muerte, le reconozca y recomiende para ir como inquisidor a las Indias, a donde llega acompañado de su criado Juanillo. Tras ejercer su profesión en la capital y en diversos viajes por el Virreinato, no puede evitar caer en el pecado de la carne – Gabino vence a Fray Servando- con la bella criolla Guadalupe, de la que también está enamorado el alcalde Mayor. Gabino, ya colgados los hábitos y Guadalupe, embarazada, se escapan tras un duelo de ese con la mencionada autoridad.

Estos son los actores ficticios. El resto son reales y pueblan el relato no novelístico del libro. Desde los inquisidores, autoridades y sociedad colonial mexicana, hasta los personajes de la época en Europa. El autor nos relata, con esmero, la acción y las costumbres alrededor de 1.648, año de la Paz de Westfalia, que da fin a la Guerra de los treinta años que puso patas arriba a toda Europa, inició la “Gloriosa Revolución” en Inglaterra y en el que nace Sor Juana Inés de la Cruz en México.

Lógicamente se presta especial atención a las actuaciones de la Inquisición con la descripción de un auto de fe en Madrid, previo a la partida, en el que estaban presentes Felipe IV y el Conde Duque de Olivares, que dio incluso lugar a un poema conmemorativo de Lope de Vega y de otro, ya en el Nuevo Mundo, en el cual uno de los protagonistas resulta ser Juanillo, dado por muerto y reaparecido, que en realidad era judío.

Es la época de Saavedra Fajardo, que muere ese año, y de Mazarino (compañeros de estudios en Alcalá), de Velazquez, Rembrandt y Rubens, de Descartes y sobre todo de Spinoza, tratado con cariño, como otros judíos sefarditas  de la época tanto en Europa como en América.

Las estancias de Fray Servando en la capital son un buen motivo para la descripción de las costumbres de la sociedad colonial, su sexualidad y corrupción y la maravillosa enumeración de razas que poblaban ese mundo: blancos, indios, negros, mestizos, mulatos, cuarterones, torna atrás, moriscos, tente en el aire, cambujos, barcinos, lobos, alvarasados, chamizos, coyotes y otros muchos cruces.

Los viajes, desde el primero de Veracruz a la ciudad de México y luego desde allí a Oaxaca, Chiapas, Zacatecas, Monterrey, entre otros lugares, nos permiten conocer el paisaje y la vegetación de ese inmenso país.

Un libro recomendado para los que están interesados en la historia de dos pueblos que tienen mucho más en común de lo que en general se cree y de lectura obligada para los políticos que hablan de indigenismo de reparaciones o de apellidos, que desconocen o pretenden desconoce el mestizaje de ambos.

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