Porque me da la gana

MEDITACIONES EN EL COYOTE, POR MARÍA MIR ROCAFORT

Porque me da la gana

MEDITACIONES EN EL COYOTE, POR MARÍA MIR ROCAFORT

A saber por qué extraña asociación de ideas me vi el sábado volviendo a meditar sobre el absurdismo muy particular de Albert Camus, mientras seguía, telemáticamente, claro, la manifestación de policías por las calles de Madrid. En un momento dado, la razón me frenó. ¿Qué demonios tendría que ver una multitud rastrera que invadía las calles sin saber siquiera lo que estaba reivindicando, con el fruto de la meditación de uno de los más grandes pensadores de nuestro tiempo? La manifestación no tenía nada de absurda; tenía una causa tan evidente que no requería las luces del entendimiento para verla. Estaban allí apoyándola los líderes de las tres derechas. No hacía falta nada más para entender de qué iba el alboroto.  Si algo había de absurdo en lo que estaba viendo y pensando era mi voluntad de levantar los pies de la tierra y lanzarme al vuelo a donde me diera la gana porque sí. Y la gana me dio de volar hacia Albert Camus para quitarme de encima el lodo apestoso que me ensuciaba tras sumergirme en el fangal de la politiquería. 

 

El sábado 27 de noviembre, un grupo de españoles  volvió a hacer el ridículo intentando imitar el melodrama del asalto al Capitolio de los Estados Unidos con una manifestación payasesca de policías de lo más castizo por las calles de Madrid. Hoy sabemos que aquel asalto al corazón de la democracia americana que conmovió al mundo requirió una larga planificación cuyos trabajos se concentraron en la habitación de un hotel de lujo considerada por los líderes de la conspiración «sala de guerra». La manifestación madrileña de los policías ni se organizó ni se planificó; se convocó y punto, ¿para qué más?

 

Los manifestantes que fueron interrogados por la prensa sabían y dijeron que se manifestaban contra las reformas del gobierno a la llamada «ley mordaza», pero no se habían leído esas reformas por lo que, al pedirles que especificaran qué reformas, no podían decir más que mentiras y disparates. Habrían quedado mucho mejor si hubiesen contestado con la candidez de los asaltantes del Capitolio: «Estoy aquí porque Trump me mandó». Nadie hubiera podido desmentir al manifestante que proclamara: «Yo, por Abascal» o «Yo, por Casado» o «Yo, por Arrimadas, que está muy solita». En vez de dar razones tan rotundas, los policías que se manifestaban se perdían por la tangente y allí se enrollaban diciendo que el gobierno desprotegía a los policías dejándoles en manos de los delincuentes. ¿Cómo? «Nos van a poder filmar», dijeron algunos que ya se filman solos para Instagram. ¿Dando porrazos y disparando bolas de goma? Eso no, que igual los empapelan. Eso es lo que permite la reforma, dicen, para que los delincuentes vayan persiguiendo a los policías. El mundo al revés. ¿Absurdo?

 

 

Siendo muy joven, me enamoré de Albert Camus. La verdad es que, en aquellos años,  me enamoraba platónicamente con bastante frecuencia de muchos y muchas. Con Albert Camus me pasó algo curioso, por llamarlo de alguna manera. Mi facultad de la razón y toda mi alma se rebelaron contra los postulados que él explicaba con tanta claridad. Me negaba a aceptar que el universo existía sin ningún significado, que la vida carecía de significado y de sentido. Contra un Camus que por mi edad no entendía bien, contra un mundo que entendía aún menos, me declaré en rebeldía absoluta por narices. Y entonces, ¿cómo podía enamorarme de un hombre tan filosóficamente inalcanzable para mi?  De Camus me cautivaron sus valores supremos: la libertad, la justicia, la solidaridad; es decir, su humanidad. Por esos valores, por su forma de vivirlos y expresarlos,  le recuerdo muchas veces, y por ellos me da hasta vergüenza que acuda a mi memoria cuando el mundo exhibe la repugnante basura en la que lo han convertido los infrahumanos. 

 

El sábado, aquella horda de policías que a todas luces no entienden ni los valores ni las obligaciones de su profesión no consiguió ocupar toda mi mente. Les dejé en la calle que atronaban con sus gritos sin orden ni concierto. Les dejé con los politiqueros populistas que les utilizaban para pescar votos. Les dejé en esa España sórdida que conciben y quieren montar con su mala leche. Me fui a mi imaginación.  

 

En mi imaginación pasé por la humilde lápida que cubre los restos de Camus en Lourmarin y pensé en la lápida del Cementerio Civil de Madrid que pronto cubriría el cuerpo de Almudena Grandes. Mi memoria me devolvió el mito de Sísifo, el de la Odisea y el del libro de Camus que me llevó muchos años entender y aceptar. Imaginé a Camus y a Almudena cargando cada día con la pesada roca de sus valores y sufrir cómo la realidad la hacía rodar cuesta abajo una y otra vez. Gracias a mis años y a mi voluntad, ya entiendo ese esfuerzo con el que Camús representaba el absurdo y que él mismo desmintió describiendo la felicidad suprema: «la lucha de sí mismo hacia las alturas es suficiente para llenar el corazón del hombre».

 

Albert Camus y Almudena Grandes llegaron a las alturas con el corazón lleno, y como yo quiero creer en un Creador porque me da la gana, imagino su satisfacción al recibir en la eternidad a dos seres humanos de su estirpe que llenaron su vida y la de los demás creando humanidad. 

 

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