De 25N, feminismo y clase

De 25N, feminismo y clase

Hoy 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Sin embargo y contra todo pronóstico, no hablaré de casos ni números. Tampoco de culpables ni soluciones. Es necesario, mucho antes de abordar esta problemática desde una dimensión cuantificable y punitiva, conocer el origen de la reivindicación feminista de cara a la violencia de género.

Se ha elegido esta fecha por consenso internacional para reivindicar el fin de la violencia contra las mujeres, aunque se trata de un ejercicio continuo e identitario a través del tiempo. Este último adjetivo es crucial, al conformar la identificación colectiva en torno a una lucha social compartida: la equidad y erradicación de la violencia patriarcal. El feminismo, al igual que la lucha contra el despotismo a lo femenino (que ha sacado sus garras más crueles contra el colectivo trans), no se puede eliminar como quien se quita un sombrero y se pone otro. Es constante y reafirmante. Si ha volado, huyendo de la identidad de alguien, es que realmente no era feminismo, sino inexactitud e ignorancia.


Fue el 25 de noviembre de 1960 cuando se produjo el asesinato de las hermanas Mirabal en República Dominicana. Patria, Minerva y María Teresa eran tres políticas y activistas latinas que murieron a manos de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Más tarde, en 1981, se decidió fijar como fecha global para la reivindicación de la no violencia contra las mujeres en honor a las hermanas dominicanas, durante el que se perfiló como el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe celebrado en Bogotá, Colombia. Finalmente, el día obtuvo el aval internacional, pues la Asamblea General de las Naciones Unidas lo ratificó en 1999. Sin embargo, ¿es ese el verdadero germen de un movimiento contra la violencia machista? Déjenme decirles que el feminismo es añejo, indeterminado y cambiante, por tanto, no sucumbe a precisiones humanas como fecha de nacimiento o aniversario, y mucho menos, momento de cese. Ha existido siempre, metamorfoseándose a lo largo del tiempo y adoptando diferentes formas, discursos y márgenes de acción. Pero sobre todo, y aquí está el quid de la cuestión, ha nacido en el seno de la clase trabajadora.



De esta manera, la lucha contra la violencia de género (así como la vicaria) es una reivindicación con un matiz de conciencia de clase, pues la circunstancia económica, educativa, política y social de las mujeres incide en el enfoque que les es posible tomar de cara a la lucha feminista. Es lo que se conoce como interseccionalidad, un aspecto que olvidan muchas políticas públicas de igualdad, que pasan a convertirse en legislaciones precarias, pues abordan la realidad como machista únicamente, sin tener en cuenta el ámbito socioeconómico, de sexualidad o raza, entre otros. Que se oiga en aulas, conferencias y asambleas: falta transversalidad y conciencia histórica de clase.


Ya lo zanja Vivian Gornick, escritora y activista estadounidense, cuando afirma que “el feminismo es para la mujer de a pie”. Aquella de clase obrera, que sale a la calle, que se manifiesta el 8M y el 25N, que cobra seis euros la hora por limpiar una habitación de hotel y que no llega a fin de mes. Gornick matiza que el movimiento feminista se dirige a las mujeres que necesitan “experimentar la vida en condiciones en las que no se quieran sentir exiliadas de ellas mismas”. Ese exilio es patente cuando no se goza de un privilegio.


Esto no quiere decir que aquellas mujeres que disfruten de mejores posiciones económicas, de poder político o de justicia sexual y racial no puedan (ni deban) pugnar por el fin de la violencia machista. Simplemente deben tener presente en su reivindicación de dónde procede el movimiento, cuál es su privilegio y quiénes fueron Las Trece Rosas o las hermanas Mirabal, entre otras cuestiones. Igual que cualquier movilización social, esta proviene de la ciudadanía, de la clase trabajadora, de los estratos menos privilegiados y más perseverantes. La lucha de las mujeres no nace en despachos ni almuerzos, sino en las calles y dentro de las fábricas. Ha ido calando a lo largo de la historia de manera horizontal y vertical para absorber e integrar, pues consta de un efecto empapador. Sin embargo, no nos podemos permitir que en el proceso de determinar hacia dónde va, se nos olvide el de dónde viene.

 

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