Entrevista a Juana Gallego, escritora y profesora titular de la Facultad de Periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona

“Hay que interiorizar que las mujeres no nacemos para satisfacer expectativas ajenas”

“Hay que interiorizar que las mujeres no nacemos para satisfacer expectativas ajenas”

Desde las tripas y con el corazón en la mano. Así es como Juana Gallego ha escrito su nueva novela. Una obra que señala la violencia contra las mujeres desde el principio de los tiempos y que no hay manera de desahuciar. “Aunque es ficción las tres mujeres protagonistas de la novela me son conocidas. Experiencias vividas o vistas muy de cerca. Sé de lo que hablo”, comenta. Muere una mujer cuenta la historia de Antonia-Amanda, una joven que vuelve a su pueblo andaluz tras haber sufrido un intento de asesinato por parte de su pareja. Allí rememorará su propia historia y descubrirá que su caso no es el primero en la familia, sino que conecta con las experiencias de su abuela y su tía, víctimas de una violencia durante tanto tiempo silenciada.

 

La violencia machista recorre las páginas del libro publicado por la editorial Galibo hasta en su punto y final y teje con maestría feminista la vida abocada de sus protagonistas y lo que supuso de dolor en sus vidas. “Todas ellas nunca pensaron en sí mismas y quienes se atrevieron a hacerlo pagaron un alto precio. Las mujeres somos educadas para poner siempre en primer lugar a los demás. Quizá no se nos adoctrina directamente en este sentido, pero esta idea de no ser importantes nos envuelve, está en el entorno familiar, pero también en el educativo, en los productos culturales, en todas partes; no somos educadas para dar prioridad a nuestro proyecto de vida, siempre quedamos en un lugar secundario”, dice.

 

Por eso, la escritora y experta en género y comunicación recalca que cuando se rompe con ese destino se carga “con el precio de ser considerada egoísta, mala persona, y claro, ¿a quien le gusta que no la consideren buena persona? A nadie le gusta decepcionar a los demás. Pero hay que interiorizar un aserto: las mujeres no nacemos para satisfacer las expectativas ajenas”.

 

Es más, confirma con rotundidad que esa obligación nos hace estar a las mujeres en fuga completa. “Las mujeres estamos en lucha y movimiento perpetuo porque como decía Simone de Beauvoir, basta cualquier crisis política económica o religiosa para que nuestros derechos sean cuestionados. Eso significa que todavía no hemos logrado que las mujeres encarnen completamente la noción de “ser humano”. Las mujeres somos todavía la alteridad, un otro, pero no encarnamos el todo, siempre somos “la parte”.  Cuando hay que representar gráficamente “el ser humano” en su completud, siempre aparece la figura masculina. Esto se tiene que acabar”.

 

  • La descripción que haces en la novela de la España en blanco y negro, la España rural, es más que necesaria porque de ahí venimos. ¿Crees que aquella realidad fue especialmente cruel con las mujeres? 

Cuando pienso en la vida de mi madre, de mis tías y de las mujeres entre las que me crie todavía me estremezco. Quizá ahora la gente piense que exagero, que el retrato que hago de la España rural, y más concretamente de la Andalucía rural de los años 60 es muy extremo, pero es que así lo viví cuando era niña. Literalmente no había nada, Y nada quiere decir nada. Mis hermanas mayores aún viven para corroborarlo. Y sí, de ahí venimos, y creo que es bueno recordarlo para que no nos creamos que toda esa historia puede ser olvidada y sustituida por arte de magia. España era un país de emigrantes hasta hace poco, que no se nos olvide.

 

  • En muchos casos eran como cuentas en el libro “madres resignadas supremas”

Eran mujeres que sobrellevaban su situación como una manera de expiación, como si tuviesen que pagar por un pecado que no sabían tampoco que habían cometido, pero por el que había que pagar. Un modelo de mujer que las mujeres como yo, que despertábamos a la vida, odiábamos y a las que no nos queríamos parecer. Era un rechazo brutal antes de entender que ellas no habían podido elegir. 

 

  • ¿Cómo se curan las heridas que se arrastran y nos pesan?

Cuesta mucho y no creo que se puedan curar sin hacer algún tipo de ejercicio de introspección terapéutica. Una manera de salir adelante es hacerse la dura, crearse una coraza para que las cosas no nos afecten. Pero esto tiene un precio: la coraza nos protege, pero también impide que recibamos las cosas buenas del exterior.

 

  • ¿Las mujeres que actúan frente a las que no tienen las herramientas para hacerlo son las que impulsan el mundo?

Cada una hace lo que puede, supongo. Hay mujeres que se resignan a cumplir lo mejor que pueden el papel que se les ha atribuido. Que quizá piensen que las cosas no se pueden cambiar. Otras, en cambio, no sé muy bien por qué, sentimos que no podemos tolerar esas injusticias, ese doble rasero de medir. No podemos aceptar que por ser mujeres tengamos que renunciar a nuestro propio proyecto vital. Y sí, supongo que el cambio social se produce cuando cada vez más mujeres dicen basta. Yo no voy a seguir por ese camino trillado. Y entonces nos convertimos en feministas y nos unimos a la lucha. Y entonces se ve que las cosas pueden ser de otro modo.

 

  • ¿Para ti la doble militancia está más cerca de la ofuscación o es una posibilidad?

Yo no he tenido nunca una doble militancia, pues desde muy joven me consideré sólo feminista, incluso antes de saber qué significaba la palabra. Yo sabía que no quería seguir el modelo femenino que veía a mi alrededor; luego desarrollé la conciencia de clase, que para mi van juntas. El feminismo da una visión global de lo que el mundo puede ser, pues no hay feminismo que no incluya implícitamente una mejora de las condiciones de vida de todas las personas. El feminismo no quiere despojar de derechos a otras personas, sino que las mujeres no sean despojadas de derechos por ser mujeres.

 

  • ¿Qué tienen en común los abortos que narras se hacían en Aviñón con los de las mujeres de Andorra o Murcia que no pueden hacerlos a día de hoy?

Pues nos dice que las cosas no han cambiado mucho; pese a que ahora haya una ley que lo permita y no hay que viajar clandestinamente a Londres, a Ámsterdam o a Aviñón, como se relata en la novela, las mujeres siguen teniendo dificultades para ejercer este derecho.  En 40 años que han transcurridos desde 1980 se siguen poniendo trabas para poder abortar, y además todavía sigue siendo en cierta manera un tema tabú. No se habla con normalidad, igual que no se habla de otros temas que afectan a las mujeres, como todo lo relacionado con los procesos fisiológicos: menstruación, embarazos, menopausia, etc. Muchas cosas todavía continúan siendo vergonzantes, como si hubiera que ocultarlas.

 

  • Hablas también de “la desolación y la clarividencia”, del principio del fin que supuso en su día el PSOE. ¿Qué premonición tienes a día de hoy con el actual gobierno?

Creo que pusimos demasiadas expectativas en el cambio de régimen. En los partidos de izquierda, los extraparlamentarios, los grupos feministas se pensaba que tras el franquismo iba a haber una revolución. Evidentemente, las cosas no son tan sencillas. Creo que también había mucha ingenuidad. De ahí vino lo que se llamó el desencanto. Una vez instaladas en la realidad política, y no en la fantasía, el PSOE encarnó de alguna manera la izquierda sensata, la izquierda posible, porque con la derecha no se podía contar. 

 

Creo que muchas mujeres confiamos en esa izquierda que hoy vemos que está a la deriva, perdida en las corrientes identitarias, dando bandazos, como una veleta. Y en el caso de los derechos de las mujeres creo que ha optado por un camino que no conduce a ninguna parte, salvo a la indignación de muchas que no nos sentimos representadas al ver cómo se desdibujan o ponen en cuestión derechos duramente conseguidos. Al Gobierno se le reprocha que no haya hecho una apuesta decidida por el feminismo y se haga cómplice de la disolución de la lucha feminista en un totum revolutum de difícil comprensión.

 

  • Si acabamos diciendo que la mujer está en fuga perpetua de si misma ¿acabamos bien esta entrevista?

No, no acabaríamos bien, creo que las mujeres debemos dejar de estar en fuga, entendiendo por ello el escapismo, la huida o la búsqueda permanente de nosotras mismas. Yo pensaba que ya no hacía falta seguir cuestionando qué era ser mujer, porque creía que ya estaba claro que ser mujer es una de las dos formas posibles de encarnación humana, un sujeto de pleno derecho capaz de llevar a cabo su propio proyecto de vida, pero no; ahora resulta que se vuelve a discutir qué es ser mujer, y que es un sentimiento interior que cualquiera puede experimentar, lo cual elimina de un plumazo la larga historia del feminismo. Las feministas no podemos permitir que se vuelva a poner a discusión lo que es ser mujer. Punto.

 

Nuria Coronado Sopeña es periodista, conferenciante y formadora en comunicación no sexista. Además es autora de Mujeres de Frente y Hombres por la Igualdad (Editorial LoQueNoExiste); Comunicar en Igualdad (ICI), documentalista de Amelia, historia de una lucha (Serendipia) y Premio Atenea 2021 @NuriaCSopena

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