La destrucción de los cerebros

La destrucción de los cerebros

Tenía planeada una trilogía de artículos sobre el peligro mortal que hoy acecha a la democracia en todo el mundo. Escribí el primero sobre quiénes y cómo están montando la demolición controlada de la estructura política en la que hemos vivido durante  décadas disfrutando de cierta libertad basada en el reconocimiento de nuestros derechos fundamentales

Escribí el segundo sobre el cabreo general que impide a los ciudadanos utilizar su facultad racional sin que la obnubile la erupción de las emociones. Iba a escribir el tercero sobre la manipulación de la voluntad por parte de unos medios que, en lugar de información veraz, arrojan la propaganda encubierta que les dictan los dinamiteros. Y aquí me quedé en blanco.

Tanto he leído, escrito, hablado sobre el modo en que los medios manipulan a lectores, oyentes, espectadores que no conseguía dominar el miedo a repetirme y a repetir lo que muchos ya han comentado. ¿Quién puede evitar repetirse sobre un tema que ya han descubierto y que comentan en redes y probablemente en casas y en bares  todos los ciudadanos de este país que piensan aunque solo sea de vez en cuando? A repetirme sin pena ni gloria me había resignado cuando el azar me llevó a una imagen que, de pronto,  me produjo  el estremecimiento de la inspiración. 

De pie tras un atril, recta, con un atisbo de sonrisa, traje chaqueta negro que podía parecer un uniforme, a la oradora solo le faltaban birrete y  toga para ofrecer la imagen perfecta de la alumna más aplicada pronunciando un discurso en el día de la graduación de un colegio americano. Una imagen tan digna es, sin duda, de lo más adecuado para dar a conocer al mundo a la presidenta de la capital de España, me dije mientras visualizaba el vídeo del acto. Solo sus enemigos políticos y los criticones que critican todo lo criticable criticarían  que  Isabel Díaz Ayuso tuviera que leer su breve discurso, que su lectura no fuera muy fluida, aunque en castellano, y que no hubiera practicado un poquito su pronunciación en inglés con la ayuda de un especialista; total, en inglés solo decía los nombres de fondos de inversión y cosas de esas. Pero no habían sido  esos detalles sin importancia lo único que se había criticado del asunto despertando mi curiosidad. Díaz Ayuso había sufrido las críticas más punzantes porque el acto era una conferencia de prensa en Nueva York a la que solo asistieron periodistas españoles porque ningún medio americano encontró motivo de interés suficiente para enviar a uno de sus periodistas a cubrir el acto. Esas críticas fueron proferidas por las izquierdas, claro. Para los medios abierta o camufladamente de derechas, el viaje de Díaz Ayuso a la capital del mundo era poco menos que una epopeya.   

¿A qué fue Díaz Ayuso a Nueva York?, me pregunté mientras Díaz Ayuso explicaba el motivo de su viaje. A lo mismo que había ido el presidente del gobierno de España en julio, viaje que incluyó Los Ángeles y San Francisco; a entrevistarse con inversores para promocionar a España. A Pedro Sánchez sí le hizo caso la prensa americana y tuve la oportunidad de verle en uno de mis programas favoritos de análisis político, Morning Joe, en la cadena MSNBC, en el que le hicieron una entrevista, en inglés, por supuesto. Pero, hija de Dios, iba a decirle yo a Díaz Ayuso mientras veía su vídeo y la escuchaba exponer sus objetivos, ¿cómo se te ocurre copiarle al presidente viaje y motivos para promocionar una comunidad cuando ni siquiera te sale la pronunciación correcta de la sílaba –tion (-shon)?  ¿Se te ocurrió, tal vez, que el presidente no elogiaría a la capital de España y que debías viajar tú para elogiarla? ¿O se te ocurrió que como el presidente hablaba con los americanos en inglés, en España no iba a entenderle nadie y era necesario que fueras tú para traducir a los de aquí, que según dices hablan en español, lo que se hablara allá, después de que un traductor te lo tradujera, claro?  

Mientras miraba el vídeo, la actuación de Díaz Ayuso ante sus compatriotas periodistas me estaba pareciendo algo tan frívolo, tan vulgar como esas ceremonias de fin de curso en las que la chica más mona y modosita -en los colegios a los que me llevó el destino no había chicos- leía un discurso, toda modosa y mona; ceremonias que, al menos a mi, me exigían denodados esfuerzos para no dormirme de aburrimiento. Mis aburridos ojos empezaron a deambular por el escenario preparado para la ocasión y, por puro aburrimiento, se detuvieron en los micrófonos del atril. Okdiario, decía uno. Empecé a despertarme. Telemadrid, decía otro. Me desperté. RNE. Joder, me dije, medios mainstream (convencional o algo así), lo que en España significa, en la mayoría de los casos, medios afínes a las derechas o equidistantes, o sea, críticos con las izquierdas para neutralizar el efecto de alguna crítica a las derechas que se hayan atrevido a soltar. 

Fue entonces cuando el aliento de los dioses descendió sobre mi alma y mi memoria me gritó: “Noam Chomsky”. ¿Chomsky? ¿A tan alta cumbre tenía que escalar para que me saliera un triste artículo sobre el tristísimo panorama político de España, especialmente de Madrid, una comunidad marcada por el ridículo y por cosas mucho peores? Mi memoria me respondió con una de las frases más citadas de Chomsky: “La manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica porque destruye cerebros”. Y comprendí que, aún sin ganas, tenía que escribir por obligación sobre un tema que me estropea el humor, siguiendo el ejemplo de Noam Chomsky que, por lo que considera una obligación moral,  ha entregado toda su vida a la farragosa tarea de componer el mundo. 

Otra de esas burlas sangrientas de la vida. Las circunstancias de mi juventud me forzaron a huir de los libros y artículos del filósofo y lingüista que revolucionó la lengua y las conciencias de los años más revolucionarios del siglo pasado. En aquella época yo no podía ni nombrar a Noam Chomsky sin que me cayeran encima todas las advertencias de los orientadores que me rodeaban. Chomsky era un radical, un revolucionario que quería revolucionarlo todo, desde la lengua hasta la política. Chomsky era un anarquista que intentaba destruir el orden mundial que protegía la paz de los sepulcros de las santas clases medias y  la felicidad inalterable de los multimillonarios. No pude empezar a  leer a Chomsky hasta  los treinta años y hoy, con muchos más años encima, no solo le entiendo si no que sigo su ejemplo en muchos aspectos. Como diría la cantante de uno de mis grupos favoritos de los 80: “Cómo hemos cambiado”.    

Pues con la ayuda de Chomsky, a lo que aquí toca. Todo español pensante, aunque sólo piense en ocasiones, sabe que, en España,  la mayoría de los medios  mainstream, de los que más se escuchan, se ven y, en menor medida, se leen, promulgan noticias y comentarios afines  a las derechas o, al menos, aparentemente equidistantes. La equidistancia siempre produce el efecto de librar a las derechas de toda culpa demostrando que todos los políticos son iguales y que, por lo tanto, no vale la pena molestar a la razón para elegir, racionalmente, qué camino conduce a la meta que más nos conviene como seres humanos y como ciudadanos de una democracia. En palabras de Chomsky de hace muchos años, los propietarios de la prensa mainstream son grandes corporaciones, y esa prensa refleja, por lo tanto, las prioridades e intereses de las grandes corporaciones; prioridades e intereses que coinciden con los de la ideología de las derechas, porque la ideología de las derechas se resume en protección del dinero de los que tienen dinero. O sea, que el periodista que quiera conservar empleo y sueldo sabe que no puede soliviantar a sus jefes con opiniones peligrosas, es decir, de izquierdas, como sus jefes saben que no pueden soliviantar a los empresarios  que ponen el dinero para sostener al medio. 

¿Qué pasaría en España si los medios se atrevieran a decir lo que piensan sobre el principal partido de la oposición, corrupto hasta la médula, entregado a la mentira, carente del más mínimo escrúpulo a la hora de difamar al presidente y a su gobierno en España y parte del extranjero? En una comunidad de seres humanos comprometidos con una conducta ética, semejante partido no podría existir porque no habría quien le votara. ¿Por qué le votan? Pues será porque los medios no se atreven a decir por qué ningún ciudadano inteligente y moral debería votarle. 

En Estados Unidos, la prensa veraz advierte, con datos irrefutables, que Trump y su partido están preparando las elecciones de 2024 para ganarlas, sea cual sea el resultado electoral, aprobando en los Congresos con mayoría republicana leyes anticonstitucionales que dificultan el voto de las minorías, generalmente demócratas, y dando a funcionarios republicanos la potestad de cambiar los votos electorales si el resultado del voto popular no les da la victoria. Cuesta creer que la presidencia de los Estados Unidos pueda ser ocupada por un autócrata perturbado cuya obsesión caliguliana por demostrar su poder podría destruir el mundo causando una guerra nuclear. Cuesta creer, por ejemplo, que un 70% de los votantes republicanos registrados sigue creyendo que a Trump le robaron las elecciones; que Trump es el mesías que salvará a los auténticos americanos  de la diabólica intención de los socialistas del Partido Demócrata de importar inmigrantes con ADN no blanco; que las masas se alzarán, como en enero en el Capitolio, para sacar de la Casa Blanca a Biden, el ocupa, y devolver la mansión a su legítimo dueño, Donald Trump. (Esto debería sonar a los españoles, víctimas de los socialistas-comunistas que ocupan La Moncloa, dicen). Semejante negación de la realidad sugiere un altísimo porcentaje de enajenados. ¿Pero es posible que haya tanto loco en la nación más rica y poderosa del mundo y en otras como la nuestra, con fama de democracias serias? 

Una encuesta reciente explica la causa de la aparente enajenación de tantos americanos et al. Todos los adoradores de Donald Trump confiesan, en encuestas y entrevistas, que sólo ven y escuchan medios de extrema derecha.  Quien siga a las cadenas americanas de análisis político puede pensar que en España no hay analista ni medio que se atreva a decir en cámara tantas mentiras, tantos disparates como los comentaristas de esos medios americanos. ¿Que no? No voy a poner nombres que demuestren que sí. Que le hagan propaganda sus abuelas.  Todos saben quiénes son y todos podemos elegir libremente si evitamos el aburrimiento con una distracción que no ponga en peligro nuestras facultades mentales. 

Las grandes corporaciones han hecho a casi toda la población de todas las edades adictos a la adrenalina. Casi no hay serie ni película de éxito que no ofrezca a los espectadores bólidos que se estrellan, personajes que se matan, monstruos que aterran, tragedias horripilantes. Cuando el espectador se levanta de su butaca  en el cine o apaga la tele para irse a la cama, su cerebro, inundado de adrenalina, ya está preparado para silenciar cualquier análisis racional. Ese cerebro ya no puede cuestionar la veracidad de un discurso de Trump, y aquí, de Abascal, Casado y toda su tropa. La adrenalina ha  atrofiado sus facultades mentales y llega un momento en que la víctima no reacciona a discursos que expongan la realidad, que digan las cosas como son ofreciendo datos comprobables. Decir que el Partido Popular está ocupando a sopotocientos tribunales con sus casos de corrupción ya no impresiona a nadie. Hace tantos años que la noticia se repite que ya no es noticia digna de un esfuerzo mental para analizarla y comprender sus consecuencias. La consecuencia es muy sencilla de entender. Ante una urna electoral, el cerebro atrofiado por los medios no tomará en cuenta la corrupción y votará al Partido Popular o a cualquiera de las otras dos derechas  por cualquier motivo irracional que se le ocurra. Lo grave, gravísimo del asunto lo resume Chomsky: “Una democracia que valga la pena requiere que sus ciudadanos ejerzan una defensa intelectual contra los medios y la cultura intelectual que busca controlarlos”. Aquí ya casi no quedan ciudadanos dispuestos a defender otra cosa que sus neveras, sus coches, su diversión, sus vacaciones.

En estos momentos, el gran peligro que afronta la democracia en Estados Unidos, en España y en medio mundo es que los ciudadanos no aceptan “la responsabilidad por sus propios pensamientos y acciones y no aplican a los demás las mismas normas que se aplican a sí mismos“. Otra vez, Chomsky. El resultado son países controlados por las grandes corporaciones y los intereses financieros. Y mientras esa siembra de cerebros obnubilados se produce, los ciudadanos se van convirtiendo, sin darse cuenta, en poco más que en patatas echadas en un saco en el que van engendrando raíces que producen más patatas. Esto es lo que hacen la mayoría de los medios: convertir a la mayoría de los ciudadanos en poco más que patatas. 

Sólo la especie humana es capaz de pensamiento crítico. Luego se trata de asfixiar el pensamiento crítico para privar a los ciudadanos de humanidad y convertir sus conciencias en vegetales que ni entiendan ni quieran entender ni exijan que se respete su derecho a vivir una vida humana.   

Díaz Ayuso sigue en los grandiosos Estados Unidos de América, pero menos cubierta por la lona de anonimato que estaba haciendo su estadía absolutamente insustancial. Díaz Ayuso sabe quitarse esa lona de encima soltando, de vez en cuando, una genialidad que eclipsa a todos los astros. Esta vez, se ha metido con el Papa, toma ya, porque el Papa ha pedido públicamente perdón por todos los pecados cometidos por la Iglesia en la conquista de América. Dice la sapientísima y valentísima presidenta de Madrid, la Roma contemporánea, y cito porque tanta genialidad tiene que respetarse: “Me sorprende que un católico que habla español hable así a su vez de un legado como el nuestro, que fue llevar precisamente el español y, a través de las misiones, el catolicismo y por tanto la civilización y la libertad al continente americano…El indigenismo es el nuevo comunismo”. ¿Dejarán de votarla por eso todos los curas, prelados y  monjitas de nuestro país? Porque eso de llamar al Papa un católico  que habla español parece demasié hasta para la sacrosanta presidenta. No lo esperemos. Todos los medios españoles han dado a esas  terribles palabras amplia cobertura con los comentarios de rigor  para que lectores, oyentes y espectadores les den la categoría de inspiradas por Dios. 

Y bien, ¿qué hacemos? ¿Nos dejamos vegetalizar por los medios de derechas y los equidistantes engrosando las cuentas bancarias de sus dueños a base de permitir que las nuestras sobrevivan a duras penas o se mueran de hambre? No será para tanto, habrá quien diga. Y habrá quien siga votando con las glándulas para ahorrar esfuerzos a su razón. En algo estamos todos de acuerdo. Pedro Sánchez y su gobierno van aprobando leyes que humanicen a la sociedad. Casado y su tropa no hacen otra cosa que tomarnos por patatas. Pero nadie puede negar que Isabel Díaz Ayuso es muchísimo más divertida que Pedro Sánchez, adónde va a parar.

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