Tres madres con hijas que no aceptan ser lesbianas y que dicen ser “trans” alzan la voz. “O las familias nos unimos frente al movimiento queer, o nos vencen. No tenemos alternativa”, dicen.

Sororidad maternal frente al transactivismo

Sororidad maternal frente al transactivismo

Recientemente una madre lanzaba un SOS en twitter. Buscaba a otras mujeres que como ella “tuvieran hijos o hijas que dicen ser trans”. El motivo de su búsqueda se debía a sentirse “sobrepasada” ante el lobbie transgenerista, y el daño que está haciendo a hijas como la suya, que, aun siendo lesbianas, las están haciendo creer que en realidad son niños. “Siento que mi hija se me va de las manos con tanta estupidez social”.

Su mensaje de cinco líneas se hizo viral rápidamente. Tanto que recibió cientos de insultos como que debía ir a terapia, que merecía le quitasen la custodia de su hija o como el de Carla Antonelli, quien la llamaba “terf” y para quien ahora se piden firmas para que su partido, el psoe, la expediente por acosar a feministas.

Lejos de toda esa misoginia encontró lo que buscaba. “Recibí innumerables mensajes de apoyo, así como respuestas de otras madres que están pasando por lo mismo”, reconoce. Este medio ha hablado con tres de ellas. Una es María Fernández (nombre ficticio). “Sentí un alivio al ver el tweet de la compañera, que pedía ayuda, que quería encontrar familias como la mía, familias que no creían que el tratamiento positivo de la disforia fuera adecuado para nuestros hijos e hijas”. 

 

Y es que a María le pesaba la misma soledad. “Por eso respondía a su mensaje. Porque sentí que las familias estábamos muy solas y que los transactivistas habían sido mucho más listos que nosotras creando una red de bienvenida perfecta para conducir a estas niñas al abismo y que, sin embargo, no existía una alternativa razonable para estas criaturas. Me di cuenta de que las familias no están bien informadas porque no saben que existimos y porque no hay buena información al respecto. No existe una red de apoyo de familias alternativas al movimiento transactivista. Y, ahora, sé positivamente que esa es la razón por la que se lanzó toda la jauría contra ella y contra mis compañeras feministas, diciendo barbaridades, deseándole lo peor, no para ayudar a su hija, sino para intentar hacerle sentir culpable. No soportan que nos unamos. No soportan que nos aliemos como alternativa, porque saben que la razón y el argumento está de nuestra parte”. 

 

El dogma de lo acientífico

 

Para María, que también tiene una hija que no acepta que es lesbiana y ahora dice ser un chico, los comentarios al tuit dan por sentado que quienes responden así, “no están buscando el bien de los menores, están buscando afianzar sus propios dogmas y devolver a cada uno al camino marcado. Solo buscan conducir a las ovejas al matadero, como hacen los pastores. El resto les trae sin cuidado”. 

 

De hecho, apunta a cómo el movimiento queer además de peligrosa roza lo psicópata. “Si no no pueden perpetuar. No podrían vencer la resistencia de la razón. Solo apelan a las emociones primarias como el miedo utilizando desde el chantaje emocional hasta las amenazas de muerte a quien no piense como ellos. De eso las feministas sabemos bastante. Así actúa el machismo desde el principio de los tiempos, también. Casualmente, el movimiento queer amenaza principalmente a las mujeres. Eso debería hacer pensar a muchas feministas transinclusivas, incluyendo a la propia ministra Irene Montero que no duda en echarnos a las huestes encima para que nos callemos, participando del ataque a compañeras como Lucía Etxebarría. Es vergonzoso”, recalca.

 

“No es de recibo que las ideologías basadas en creencias no científicas se estén defendiendo desde las instituciones, y que no solo no se haga nada frente a las amenazas tanto al personal sanitario disidente de la ideología queer como a las familias, sino que además se promueva, como es el caso de la ministra de Igualdad o el caso de Antonelli. Es una vergüenza que con fondos públicos se fomenten ciertas iniciativas contrarias a la igualdad entre hombres y mujeres y contrarias a la seguridad física y psicológica de la infancia”. 

 

 

Amor de madre

 

Así las cosas, María no piensa tirar la toalla con su hija. “Ella es mi principal preocupación. Su bienestar mental y físico me preocupan más que cualquier cosa en el mundo”. Por eso siempre trata de hablar con ella para hacerla ver lo que les está pasando. “El problema es que ella no quiere escuchar. Se está acostumbrando a que le den la razón socialmente y le están enseñando a hacer oídos sordos a las críticas. Ese es mi miedo, que yo deje de tener la influencia necesaria sobre ella para poder protegerla. Porque siento que la sociedad se ha vuelto loca con el transactivismo, que todavía hace mucha falta información y la presión yo la puedo soportar, pero no sé si ella lo podrá hacer.  Estoy dispuesta a todo, con tal de protegerla de quien no la quiere bien. No tengo ningún miedo por mí. Tengo mucha fuerza y me siento apoyada por las feministas y por mi familia”, recalca.

 

Otra de las madres que respondió al tuit y que denuncia el maltrato y la mutilación a menores que se está permitiendo y alentando desde las instituciones es Paloma Sin Más. “Hace cinco años mi hija verbalizó por primera vez que en realidad quería ser un chico, que quería transicionar. Y mi mundo colapsó. A día de hoy Nagore tiene 20 años y es una mujer inteligente, fuerte y valiente, una activista por el feminismo y contra la ideología transgénero que tanto daño está haciendo y hará, si nadie lo remedia. Hemos retomado una relación que era maravillosa y ahora lo es aún más”.

 

De hecho, Nagore, también hizo pública su solidaridad ante el mensaje en twitter. “Me da pena pensar la cantidad de madres que van a acabar accediendo a la hormonación de sus hijas (hablo en femenino porque es lo más habitual) gracias a la ineptitud de los políticos y el apoyo de los queer-liberales. Me da pena pensar que yo, de haber nacido unos años más tarde, me habría hormonado y mutilado sin hacer caso de mi madre, porque habría sido legal. Me da pena pensar en la cantidad de adolescentes de hoy en día que se arrepentirán de la transacción cuando sean adultos. Pero, sobre todo, me da pena que no se investigue una solución real para la disforia. Que no sea legal que se trate de ayudar a alguien a aceptar su cuerpo. Que no se investigue cómo surge la disforia. Que la homosexualidad sea transfóbica. Qué triste, de verdad”.

 

Así las cosas, Paloma cree que no es comparable la preocupación de madres como ellas con la homofobia de las familias que no aceptaban la homosexualidad de sus hijos e hijas años a. “A las madres que no comulgamos con la ideología queer nos acusan de homófobas. Y en realidad el transgenerismo sí que es verdadera homofobia. Me explico: seguramente hay padres y madres a quienes les cuesta más aceptar que su hija es lesbiana que aceptar que en realidad su hija es un chico, porque en ese caso, su hija sería heterosexual. Suena ciertamente retorcido, pero los verdaderos homófobos pueden ser aquellos que prefieren la transición de su hija: así ya no tendrían una hija homosexual sino una hija que, según el discurso transgenerista, en realidad es un chico. Fin de la homosexualidad, ergo la ideología transgénero es homófoba. Por otra parte, detrás de la manifestación de una chica de que es trans no siempre hay una lesbiana que no acepta su orientación sexual”.

 

Insultos que resbalan

 

En el caso de Paloma las acusaciones que tuvo que escuchar fueron las de “mala madre” por no ayudar a su hija a transicionar. “Francamente, a mí esas barbaridades no me afectan por mí porque mi hija ya ha superado esa etapa. Me duele por otras madres que puedan estar leyéndolo y que puedan dudar. Creo que es importante explicar que, en la mayoría de casos de adolescentes que quieren transicionar, detrás hay un problema de disforia de género que causa un sufrimiento extremo al adolescente. Esto es algo que no suele comentarse, pero es así. Para muchos, sobre todo en el caso de las chicas, hay un malestar tan grande con su cuerpo, un dolor tan inmenso, que llegan a autolesionarse para intentar apaciguar ese malestar con un dolor físico que sea más grande”. 

 

También alerta de que no se puede ignorar este sufrimiento y pensar que únicamente es una moda o un capricho. “Ellas sienten que no encajan: se han realizado estudios que revelan que un altísimo porcentaje de adolescentes que pasan por esta situación tiene algún problema de socialización por sus altas capacidades, por presentar algún tipo de comportamiento de espectro autista o similar, problemas de ansiedad o de aceptación del propio cuerpo por un desarrollo precoz. Pensemos en niñas que con once años ya tienen un cuerpo de mujer cuando sus compañeras aún lo tienen de niña y que, siendo aún niñas como son, empiezan a recibir mensajes de crítica hacia su aspecto o de cosificación por parte de adultos. Esa incomodidad hacia su cuerpo las lleva a sentirse terriblemente mal e incluso a pensar que quizás no les gusta su cuerpo porque en realidad son chicos”.

 

Por eso Paloma también destaca que quien espere de un adolescente un “peaktrans” espera en vano. “Un adolescente con disforia de género no hace peaktrans porque tiene un sufrimiento extremo, un rechazo hacia su cuerpo, que no se supera con un clic. Requiere tiempo, requiere paciencia. Cuando he publicado algún tweet recomendando ayuda psicológica para estos chicos me han llovido críticas diciéndome que esa ayuda es terapia de conversión. Ellos dicen: tu hija es un chico que ha nacido en un cuerpo equivocado y ayudarla a seguir siendo chica es negar su condición de chico. Un discurso absurdo y disparatado que demuestra una ignorancia mayúscula”. 

 

El sufrimiento colateral

 

Una ignorancia que conlleva un dolor y un desconsuelo que no solo afecta a los y las menores. “Tus hijos o hijas sufren mucho, pero los padres también. Damos mil vueltas preguntándonos en qué momento nos hemos equivocado, qué hemos pasado por alto, cómo podríamos haber actuado de otra forma. Y el proceso que vive tu hijo hasta que cesa su sufrimiento no es rápido. Cada vez que vuelve del psicólogo te preguntas si te dirá que no quiere volver. Y cada vez que vuelve a consulta, respiras”.

 

De hecho, esta madre recuerda como en los momentos más complicados hablar no fue la solución. “No, no tuve éxito intentando razonar sobre orientación sexual y transgenerismo con ella. Intenté hablar con ella en alguna ocasión, pero tenemos que pensar en lo siguiente: Cuando tu hija o hijo llega a la adolescencia empieza a tener sus referentes fuera de casa, hay temas que no quiere hablar con sus padres. Además, en las redes sociales encuentra un refuerzo instantáneo a cualquier idea que exponga por descabellada que sea ¿y a quién le gusta que le lleven la contraria, y más a los catorce años? Para ellas y ellos, las familias pasamos a ser ignorantes y anticuadas que no sabemos cómo funciona el mundo. Mi error fue tardar en entender que ella estaba sufriendo y que yo no podía ayudarla, que necesitaba una ayuda externa, un profesional de la psicología con quien desahogarse, a quien expresar sus inquietudes, alguien que pudiera llegar al fondo de su sufrimiento y que la ayudase a entenderse y a aceptarse”. 

 

Unión frente a la propaganda queer

 

Azucena López, la tercera madre que ha querido dar su testimonio, añade que este sufrimiento en las familias, se hace más llevadero cuando se encuentran con otras personas que están en la misma situación. “Toda la propaganda nos dice que tenemos que aprobar estas teorías sin plantearnos ninguna pregunta o poner en duda los tratamientos que nos ofrece. No tienen ni idea, pero se permiten acosar, juzgar y condenarnos. Yo los animaría a que intentaran escuchar lo que decimos. No hay curiosidad entre el público en general en averiguar porque hay este surgimiento exponencial de jóvenes trans, y de que una mayoría sean niñas”, cuenta.

 

Esa curiosidad oculta hechos tan duros para una madre como negar que su hija existió. “He tenido que esconder vestigios de su presencia en este mundo como niña: fotos, diplomas o cualquier documento con su nombre. Es como una especie de duelo; para evitar hablar de su vida anterior me decía que no se acordaba de nada. ¡De nada! También es muy duro no poder plantear tus dudas, tus temores, o simplemente tu negativa a aceptar que haya podido nacer en un cuerpo equivocado. Me acuerdo el día que le dije que me preocupaba que algún día se arrepintiera, tiró todo lo que tenía a mano, se encerró en su habitación y no me habló en días”. 

 

Por eso Azucena aconseja a quienes estén en su situación: “retrasar al máximo la transición médica, explorar el malestar con psicoterapia, alejar del entorno trans a la menor o el menor, buscar actividades para descentrar la obsesión con la identidad como valor personal e interpelar al centro sobre lo que está pasando”.

 

De hecho, en su caso todo está mejorando en casa con dichos consejos. “Para mi ganar tiempo es primordial, la COVID en ese sentido ha sido una bendición. No es lo mismo tratar y convivir con un niño de 13 años que con uno de casi 17. Van madurando. También tengo mucha esperanza en el efecto positivo que puede tener su vuelta al colegio, en un centro especializado con niños que por una razón u otra no han conseguido las cualificaciones necesarias al terminar la enseñanza obligatoria. Que se sienta valorada, que no tenga miedo a relacionarse, que deje de ser solo trans las veinticuatro horas del día. Y la alegría que tras tres años haya aceptado hacer terapia. Quiero que mi hija sepa, que pase lo que pase, yo estaré ahí con ella. Solo quiero que me deje abrazarle otra vez”, finaliza.

 

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