Afganistán, el taliban y la losa para las mujeres

Afganistán, el taliban y la losa para las mujeres

 Cuando me siento a escribir este artículo, faltaban apenas 24 horas para que el mundo occidental abandonara a su suerte al pueblo afgano. El ultimátum talibán no dejaba margen. Se trataba de salvar vidas humanas y, muy especialmente, vidas de mujeres que, solo por serlo y por pretender vivirlas, están seriamente amenazas. El tic tac del reloj es demoledor. Tan demoledor que las bombas terroristas en el aeropuerto de Kabul y alrededores, parecen haberlo precipitado. 

Un total de 80.000 personas evacuadas por Estados Unidos y sus aliados, de las cuales más de una millar por España, un país y un Gobierno, el de Pedro Sánchez, que se ha erigido en referente mundial en esta empresa humanitaria. Un drama que ha estallado en pleno agosto, cuando una parte del mundo, una minoría, pretende desconectar de una realidad que es cada vez más dura y complicada y el resto, la mayoría, sigue luchando para, simplemente, sobrevivir. 

 

Podemos buscar culpables y encontraremos muchos. Podemos buscar malos procederes y hasta negligencias, cruces de intereses y males enquistados, pero una vez más convendremos que el mundo podría ser más apacible sin fanatismos, sean del signo que sean. Aunque es bien cierto que el fundamentalismo islámico pervierte y acomoda a sus intereses la esencia primigenia del islam, no lo es menos que la religión ha sido y sigue siendo una auténtica losa para las mujeres. Que las tres religiones monoteístas, las mayoritarias, son machistas por esencia y definición es un hecho incuestionable y fácilmente demostrable. 

 

Más allá de estas reflexiones, resulta muy preocupante no solo lo que está sucediendo sino lo que puede acontecer en Afganistán y a partir del regreso al poder de los integristas. Existe fundada preocupación por las consecuencias geopolíticas y económicas que se deriven, en una franja oriental en ebullición, con China como economía emergente y capaz de hacer algo más que sombra a EEUU y a la UE y con Rusia en el tablero de juego que se está tambaleando, además de otras piezas a tener en cuenta. Existe, en consecuencia, preocupación por las vinculaciones con el terrorismo y por la victoria moral y real del integrismo islámico, en su vertiente más violenta. Y por lo que le pueda ocurrir a la población de un país con una de las economías más precarias y depauperadas del planeta, apenas sustentada en el cultivo de opio y absolutamente dependiente de ayudas externas.

 

Es ahí donde reside el disimulo talibán. Veinte años dan para mucho y durante estas dos décadas de ocupación se han armado para el mundo moderno, saben manejarse en redes sociales y han aprendido marketing y técnicas de comunicación. Y eso es lo que es su falsa promesa de moderación, un canto de sirenas para que occidente no les dé la espalda. Los hechos, en cambio, son tozudos. Baste, como ejemplo, el grito desesperado de la joven alcaldesa Zafira Ghafari anunciando al mundo que está sentada en casa, esperando que vayan a matarla, como ya hicieran con su padre. Cuando la comunidad internacional cierre la puerta, lo que quedará dentro será miseria, represión y muerte para las mujeres afganas.

 

Mientras escribo estas líneas, los aviones cruzan el espacio aéreo en dirección a las bases con sede en España, apurando las últimas horas de la evacuación. Muchos países tiran la toalla, máxime cuando ya se ha producido una explosión en el aeropuerto de Kabul. Mientras redacto, aquí, en plena Unión Europea, los mossos d'esquadra, la policía autonómica catalana, lanza otro grito de alerta, uno que contiene una demanda de ayuda a la población para encontrar al asesino de un niño. Lo mató en un hotel de Barcelona tras la separación de su pareja. A la madre de su hijo le llegó un mensaje en el que, con la mayor frialdad, le decía que en el hotel le dejaba lo que se merecía, ni más ni menos que a su hijo de dos años muerto, asesinado. No lo mató por venganza porque, como bien señala Miguel Lorente, para eso habría sido necesario que ella le hiciera algo malo. Lo mató por machismo rancio y repugnante porque aún hay varones, aquí y en Afganistán, que no conciben a las mujeres como personas con plenos derechos y libertades, sino como una extensión de los hombres. La costilla de Adán, ni más ni menos.

 

Hasta que no seamos absolutamente intolerantes con toda manifestación de machismo, de supremacía masculina por ínfima que nos parezca, ante cualquier pervivencia del patriarcado, no seremos libres, porque la mitad de la sociedad no lo es. Hasta que llegue ese día, no viviremos en una sociedad plenamente democrática. Por supuesto, no en Afganistán pero, no nos engañemos, tampoco aquí.  

 

Lídia Guinart Moreno
Diputada. Portavoz del Grupo Socialista en la Comisión de Seguimiento y Evaluación del Pacto de Estado contra la Violencia de Género del Congreso.

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