Las alpargatas del Presidente Sánchez

Las alpargatas del Presidente Sánchez

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, se reúne telemáticamente con Defensa y Exteriores para tratar la crisis de Afganistán; reunión que se inmortaliza en una fotografía. El asunto del que se trata es crítico, trágico, de la máxima gravedad. En manos de los gobiernos europeos y americano están millones de vidas humanas... Pero hay alguien que sólo se fija en las alpargatas.

De sus decisiones dependen millones que pueden verse condenados a la exclusión social o a la muerte por la horda de fanáticos infrahumanos que ha tomado el país. Pero un detalle elimina el alcance político, económico y hasta humano de la reunión. Debajo de la mesa de cristal sobre la que trabaja el presidente, asoman sus pies calzados con alpargatas. Las alpargatas del presidente deslumbran al portavoz de la oposición de derechas que corre a ofrecer en Twitter la ingeniosa deducción que se le ha ocurrido. Enseguida le siguen los de su confesión rivalizando en ingenio con memes y gracietas. Las imágenes horripilantes del aeropuerto de Kabul desaparecen. Ya no importa a nadie la desesperación de hombres, mujeres y niños que se apiñan contra la verja de acceso a la única posibilidad de salvación. Ya no importan ni la enfermedad ni la muerte próximas o remotas. Ya lo único importante en este mundo para politiqueros, internautas y prensa de derechas son las alpargatas del presidente. ¿Tanta importancia tienen unas humildes alpargatas? Quien analice el tema en profundidad, comprenderá que las alpargatas tienen una importancia vital. 

¿Que es una alpargata? El diccionario se limita a una descripción física: La alpargata es un “Calzado de lona con suela de esparto o cáñamo, que se asegura por simple ajuste o con cintas”. Llama la atención que algunos tuiteros hayan considerado falta de decoro  que el presidente haya utilizado un calzado así para reunirse con ministros. ¿Son indecorosas las alpargatas? No en verano. Que lleven alpargatas los veraneantes que pueden permitirse costosas sandalias puede resultar un toque divertido y hasta chic. En algunas fiestas patronales son de rigor. Catalanas, valencianas, baturras y un largo etcétera son alpargatas que van, obligatoriamente, con trajes regionales. Entonces, ¿qué tienen de indecorosas las alpargatas? Aquí está el quid de la cuestión. 

Durante siglos, la alpargata fue el calzado de las clases humildes en España y en algunos países de América. La alpargata puede, aún inconscientemente,  recordar por fotos o en películas la época en que distinguía a los obreros de los señores; a los ricos de los pobres. La reacción escandalizada  a las alpargatas del presidente nos reafirma que hoy, como siempre, lo indecoroso es la pobreza; lo indecoroso es recordar, visibilizar la pobreza; lo indecoroso es lucir un estigma que hace del pobre un grupo social inferior cuya presencia afea, estética y moralmente, el panorama que rodea a los ricos y a los que sudan tinta y lo que haya que sudar para no parecer pobres, para no verse devaluados, rebajados, manchados, por el estigma de la pobreza. Este segundo grupo que usualmente recibe el nombre de clase media, es, en realidad,  el grupo de los medio pobres porque a ricos no llegan y a pobres no descienden por tener un pequeño negocio o un sueldo más o menos decente.   

La alpargata tuvo su momento de gloria en el Buenos Aires del 17 de octubre de 1945. Hordas -lo que los diarios argentinos de la época llamaron hordas- de obreros industriales y peones del campo desfilaron por la ciudad más europea de América horrorizando a la que se consideraba la sociedad más culta, más europea, más blanca de un continente coloreado por el mestizaje. La multitud, que exigía la liberación de Juan Domingo Perón, detenido unos días antes,  llegó a la Plaza de Mayo gritando: “Alpargatas sí, libros no”. Todos los estudiosos de aquella revolución económica y social están de acuerdo en que aquel grito no se dirigía contra la educación y la cultura. Era un grito contra las élites acomodadas y cultas que ignoraban la existencia de obreros industriales y peones rurales, incultos, mal vestidos y calzados con alpargatas.  Esas élites acomodadas ignoraban la existencia de los pobres porque no les veían, y no les veían porque no les miraban, y no les miraban porque estéticamente afeaban su panorama. Un autor de la época describió en la prensa la manifestación comentando: “Aparte de otros pequeños desmanes, sólo cometieron atentados contra el buen gusto y contra la estética ciudadana afeada por su presencia en nuestras calles”. De repente, aquella multitud amenazadoramente fea apareció en la gran y opulenta ciudad desorbitando los ojos y descomponiendo los estómagos de la gente de bien. Aquellos pobres iban sin sombrero, sin chaquetas, sin camisas bien abotonadas, con alpargatas, sin y con todo aquello que vestía a una clase social pagada de sí misma y a otra clase que hacía lo posible por imitarla. Los pobres, obreros con sueldos de miseria, no tenían posibles para imitar a nadie que estuviera por encima de su clase. 

¿Cuántos años han pasado desde que el llamado primer mundo presume de grandes corporaciones que le han  hecho rico y de una clase social empeñada en empeñarse hasta lo que haga falta para no parecer pobres? Desde la caída del muro de Berlín, por ponerle una fecha al asunto, se dice que el capitalismo ha triunfado. En América ya solo quedan un par de frescos defendiendo el comunismo. En Asia queda China con un comunismo sui generis sostenido por el gran capital. Y para de contar. El que quiera responder a la pregunta y tenga tiempo, que se ponga a contar los años que llevamos de capitalismo salvaje. Nuestra  realidad es que en España, después del estallido de la Covid 19, hay 5,1 millones de pobres y en el resto del mundo más de 200 millones. O sea, que decir que el capitalismo ha triunfado es una generalización sangrienta. Ha triunfado, sí, para enriquecer aún más a los ricos, enfermar de ansiedad a los medio pobres y dejar a los pobres como estaban porque peor ya no podrían estar. Entonces, ¿era el comunismo la solución más humana a todos los males? Y un cordero negro con patas rubias, decimos en mi tierra. El comunismo fue la gran mentira que esclavizó a los habitantes  de la Unión Soviética, por poner un ejemplo, durante más de setenta años. El comunismo iguala a toda la población de un país en la pérdida absoluta de libertades y con el único derecho de ser todos pobres por igual, reservando los privilegios a las élites del partido único. Y dicen las derechas de nuestro país que nuestro gobierno es sociocomunista. Sorprende hasta dejar la boca abierta que no les dé vergüenza hacer gala de tanta ignorancia. 

España tiene ricos de sobra y le sobran mucho más los medio pobres. Los españoles tenemos tanta libertad que podemos decir cualquier disparate sin temor a la cárcel, como hacen las tres derechas y otros más. Lo que no tenemos en España es una legislación adecuada para erradicar la extrema pobreza. Lo que no tenemos los medio pobres es la moral, la humanidad para exigir esa legislación mediante protestas que hagan reaccionar al gobierno contra el enriquecimiento desmedido de quienes hacen todo lo posible por incumplir sus deberes de ciudadanos. ¿Que por qué no se organizan y protestan los pobres? Quien se atreva a hacer esa pregunta que se imagine saliendo de la adolescencia o en la primera juventud sin otro consuelo para sus horas muertas que el porro que pueda pillar gracias a algún colega. Que se imagine lo que siente  una chica sin trabajo porque no le da la gana de dejarse acosar a cambio de un sueldo de miseria. Que se imagine insomne pensando en cómo pagar el alquiler. Que se imagine mirando una nevera vacía con hijos hambrientos en casa. Aunque claro, cada cual tiene lo suyo y no es cosa de ponerse a imaginar los problemas de los demás.

Entre todos los problemas que aquejan al pobre, el más grave es la desvalorización personal en cuanto percibe que nadie le valora, en cuanto se percibe  estigmatizado por una sociedad que le excluye, como aquellos leprosos de hace siglos, como aquellos judíos de la Alemania nazi marcados con su estrella de David. El pobre ya no lleva alpargatas. Ya no se hacen alpargatas para pobres. Lo indecoroso hoy es hacer cola en una de las llamadas colas del hambre; pedir fiado en una tienda hasta que te dejan de fiar; pasarte el día sentado en un banco porque ya no sabes adonde ir. Pero al pobre no le importa ni el decoro. Con el concepto de la religión predicado por el calvinismo que luego asumieron las confesiones llamadas protestantes, el pobre ha tenido que aceptar que su pobreza le excluye hasta de la relación con Dios. El triunfo del capitalismo salvaje adopta al dios calvinista y el dios calvinista dice que si a uno le va mal en la vida es porque es malo y se lo merece. Al pobre no le queda ni la fe ni la esperanza ni el amor. Puede que con un poco de suerte le caiga alguna sobra por caridad, pero la caridad no es lo mismo que el amor aunque a algunos les convenga confundir los términos. El pobre está solo o en compañía de otros pobres que también se saben solos.

Reflexionando sobre la realidad que oculta, a nadie le puede extrañar el guirigay que se ha armado por las alpargatas de Pedro Sánchez ni de dónde ha salido el escándalo. Solo podían escandalizarse quienes desprecian la pobreza, quienes la consideran indecorosa, quienes, creyendo en dioses anticristianos, juzgan a los pobres como seres inferiores dejados de la mano de su dios. Y eso solo les ocurre a los de extrema derecha, lo que a su vez nos revela que las derechas en nuestro país solo conocen y aceptan su extremo.

Las alpargatas de Pedro Sánchez nos han revelado, además,  la lentitud con que la humanidad evoluciona hacia la auténtica empatía que nos hace humanos y la hipocresía de quienes se llaman cristianos para pescar votos mientras deprecian al hijo de un carpintero de Galilea que era pobre de solemnidad. Benditas alpargatas si a algunos les sirven para evolucionar.

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