MEDITACIONES EN EL COYOTE

La pandemia de sadomasoquismo

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Podremos recuperar la cordura?

Isabel Medina Peralta, la joven musa del fascismo español que protagoniza los actos organizados por la ultraderecha en nuestro país

La pandemia de sadomasoquismo

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Podremos recuperar la cordura?

Primera semana de agosto, un agosto raro, tan raro como todo lo que está pasando en este mundo nuestro que no quiere recordar de dónde viene ni pensar a dónde va. El mundo se ha transformado en la versión posmoderna de la Nave de los Locos donde puede pasar de todo y nada bueno. Ya sabemos que el virus maléfico que a todos amenaza afecta los pulmones. Solo de pasada y por buscarle al asunto una explicación racional, psiquiatras y psicólogos advierten que esta peste universal también está causando estragos en la mente. Se mencionan como trastornos más frecuentes la ansiedad y la depresión y se enumeran causas que todos pueden comprender: pérdida del trabajo; cierre de una empresa; ausencia de relaciones sociales; desvirtuación del ocio. Lo que, curiosamente, no mencionan los especialistas en el estudio de la conducta humana es que la crisis universal que  hoy sufrimos está causando un trastorno mental que afecta a millones y pone en peligro la vida de todos; un peligro tan pavoroso como el que supone la pandemia vírica.  En el mundo entero se está extendiendo una pandemia de sadomasoquismo que puede acabar con nuestra forma de vivir.            

 

Desde la aparición del homosapiens, la tendencia sadomasoquista ha hecho estragos en la mente y la  conducta de la especie retrasando la evolución de la mayoría de los individuos hacia la plena humanidad. El sadomasoquismo se opone a la empatía, propiedad esencial del ser auténticamente humano. Y sin embargo, la sociedad formada por personas de apariencia humana, pero con su mente en distintos grados de evolución,  ha sufrido el trastorno sadomasoquista durante toda su historia sin que las ciencias que se ocupan de la mente, de la conducta humana, hayan considerado  el sadomasoquismo como materia primordial de investigación para estudiarlo a fondo y buscar tratamientos adecuados. La causa de esa falta aparente de interés parece residir en la connotación sexual que se le da al trastorno y en que,  desde los principios de la historia, la sexualidad se ha considerado y se ha tratado con cierta vergüenza.  Asociada al pecado original con que el capítulo segundo del Génesis marcó al hombre, macho y hembra, como pecador, por los siglos de los siglos, la sexualidad se trata con pudicia hasta nuestros días. Solo en las playas nudistas se ven pubis, hoy peludos o pelones, y aún hay quien sigue llamando "las vergüenzas" a las "partes externas de los órganos humanos de la generación" (RAE).

 

Cubierto por ese secretismo por su falsa asociación a la moral, el sadomasoquismo ha perturbado las mentes desde siempre como un tumor que puede ser benigno y no trascender la intimidad del afectado, o  cuyo crecimiento puede descontrolarse en algunos individuos induciéndoles a la violencia. Nos dice la etimología de la palabra que el trastorno recibe su nombre del marqués de Sade, célebre por sus novelas de sadismo sexual, y de Sacher-Masoch, escritor de novelas en las que relata el placer que proporciona a un sujeto la humillación y el dolor físico infligido por otro. El marqués de Sade escribió la mayor parte de su obra en el siglo XVIII y Sacher-Masoch toda la suya en el siglo XIX. Pero siglos antes de que a alguien se le ocurriera bautizar el trastorno, el sadomasoquismo reinaba institucionalizado por costumbres, por la justicia, por los gobiernos, por las religiones. Los castigos públicos excitaban a las masas y el miedo a sufrirlos las controlaba. Era pues una forma manipuladora de mantener el orden que permitía desahogos legales sancionados por la moral y la religión. 

 

Los ejemplos más mencionados de estos desahogos "decentes" son el placer que obtenían los romanos en contemplar la tortura de animales y personas en sus circos y el placer con que el público asistía a las torturas y ejecuciones públicas en diversos países y circunstancias. En España se celebraron durante dos siglos los llamados autos de fe en que quienes no se arrepentían de herejías y otras acusaciones eran quemados vivos ante numerosísimo público. La última ejecución pública totalmente laica en España se llevó a cabo por garrote vil a finales del siglo XIX. O sea, que durante siglos, en todo el mundo, incluyendo a España, siempre hubo hordas de sadomasoquistas dispuestos a disfrutar con el sufrimiento del prójimo o a infligirse a sí mismos, si eran buenas personas,  el sufrimiento de contemplar ejecuciones horrendas. 

 

Hoy el sadomasoquismo solo puede encontrar satisfacción en la tortura de ciertos animales. No hay castigos ni ejecuciones públicas. ¿Dónde está, entonces, el peligro? ¿Dónde la preocupación? 

 

Millones de alemanes entregaron con sus votos la cancillería de su país, por diversos vericuetos,  a un  hombre que había escrito en un libro sus planes sobre Alemania si llegaba al poder. Esos planes incluían eliminar a los judíos y a otros indeseables y transformar el país mediante un régimen tiránico. En su primer libro, Mein Kampf,  Adolf Hitler advirtió con toda sinceridad la pesadilla en que podía convertirse la vida de los alemanes si alguna vez llegaba al poder. Votar por el partido de Hitler en 1933 fue, por lo tanto, indiscutiblemente, un acto de sadomasoquismo. Muchos dirán que la mayoría de los alemanes no habían leído Mein Kampf, pero sí habían oído los discursos incendiarios de Hitler contra la democracia de la República de Weimar y habían visto los ataques violentos de los paramilitares de su partido contra los mítines y hasta las personas de sus adversarios. ¿Sadomasoquismo por qué? Porque una dictadura como la que Hitler proponía afectaba a todos los ciudadanos privándoles de libertad y derechos. Quien le votó amargaba la vida de todos los alemanes, pero también la suya propia.

 

En Europa, el primer ministro de Hungría, Viktor Orban, se está cargando la democracia de su país con leyes orientadas al totalitarismo de derechas. Lo mismo está haciendo en Polonia el ultraderechista Andrzej Duda. Ambos llegaron al poder por el voto mayoritario de los sadomasoquistas.  

 

En los Estados Unidos, Donald Trump estuvo a punto de cargarse la democracia moderna más antigua y sólida del mundo como cada día demuestran miles de documentos sobre sus esfuerzos por anular las elecciones de noviembre de 2020 que perdió a favor de Joe Biden, actual presidente. Pero Trump ganó las elecciones en 2016 y amenaza presentarse a las de 2024. ¿Quién puede votar a un hombre evidentemente perturbado, evidentemente inepto para gobernar un país de la envergadura de los Estados Unidos, evidentemente contrario a la inversión en servicios públicos, evidentemente obsesionado con el poder a toda costa y sólo con su poder? Evidentemente, sólo votantes sadomasoquistas.

 

Y llegamos a España. Tres derechas han convertido la política del país en un politiqueo que ensucia los medios y el Congreso con mentiras e insultos creando una atmósfera tóxica que deteriora las relaciones sociales. Hace muy poco, la mayoría de los madrileños votó por la candidata del PP para encontrarse enseguida con lo que esa mujer ya había demostrado que impulsaría: desmantelación de la sanidad pública a favor de la privada; lo mismo en educación; lo mismo en todos los servicios que podrían ayudar a los pobres y medio pobres de Madrid. Esa mayoría que renunció a sus derechos sabiendo que el partido de derechas le mentía no podía ser otra cosa que sadomasoquista. Y lo de Madrid es sólo un ejemplo de lo que puede suceder en toda España si el PP gana unas elecciones generales y Vox le ayuda con sus votos para que pueda gobernar. Con Ciudadanos, ya cuentan Vox y el PP para lo que sea. 

 

Entonces, ¿existe el peligro de que la mayoría de los españoles sean sadomasoquistas? El sadomasoquismo crece, como el virus, potenciado por hormonas que causan placer, como las endorfinas. Quien quiera informarse mejor sobre las reacciones hormonales tendrá que buscarlo en otra parte. Lo que aquí nos interesa es su efecto en la política del país. Ricardo M. Cipolla, economista y filósofo italiano, catalogó a los que hacen daño a los demás causándose daño a sí mismos con la etiqueta de superestúpidos. Puede decirse que quienes votan a cualquiera de las tres derechas para renunciar a servicios públicos y a la auténtica libertad de la democracia, son superestúpidos o sadomasoquistas, da lo mismo. En cualquier caso, contribuyen a destruir el régimen de libertad y derechos imprescindible para que las personas, todas las personas por igual, puedan evolucionar a la condición de seres humanos. Los seres auténticamente humanos siempre son y serán murallas inexpugnables para quienes intentan destruir a la democracia manipulando a los sadomasoquistas. 

 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? A través del sadomasoquismo instilado en la plebe por los guardianes del orden, es decir, por gobiernos de todas las épocas y religiones de todas las creencias. Hoy el sadomasoquismo se estimula en el cine mediante películas violentas y en los medios, mediante imágenes y noticias de lesa humanidad. 

 

¿Podremos recuperar la cordura? Sólo si la educación consigue que la mayoría utilice su facultad racional para reflexionar sobre los datos que la realidad proporciona. Sólo si la mayoría se rebela contra quienes, a base de mentiras, intentan embrutecernos para arrastrarnos a siglos atrás quitándonos la libertad y los derechos que nos ha costado siglos conseguir. 

 

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