La indignidad de los indignos

Manifestantes independentistas protestaron a las puertas del Liceo de Barcelona donde Pedro Sánchez anunció la aprobación de los indultos / Foto: Europa Press

La indignidad de los indignos

Veo y oigo a un hombre de apariencia sumamente digna dirigirse a una audiencia de personas dispuestas a escucharle con el decoro que define a la dignidad. De pronto una voz  extemporánea y estentórea interrumpe el discurso pidiendo algo fuera de agenda. El orador prosigue sin inmutarse. La voz vuelve a gritar un par de veces hasta que alguien la hace callar o ella misma se calla antes de que la callen, suponiendo que la callarán. De todos modos, sus gritos convertidos en palabras malsonantes van a llegar a las redes sociales y es en las redes sociales adonde quieren llegar las voces extemporáneas consiguiendo, de paso, reseñas en medios de comunicación. Con ese mismo propósito, unas 300 personas, según los medios, recibieron a gritos al orador a su llegada al Liceo, donde iba a pronunciar su discurso. Y sí, la manifestación de gritones de insultos corrió enseguida por redes y antenas. Como corren y llegan las barbaridades que sueltan a diario los líderes de las tres derechas para atraer seguidores, espectadores y oyentes. Saben que lo indigno atrae audiencias con la fuerza del más potente imán. 

 

El lunes 21 de junio de este año aciago, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, presidente del Gobierno, subió al escenario del Liceo y anunció muy pronto en su discurso que en el próximo Consejo de Ministros se concedería el indulto a nueve condenados por los delitos cometidos en el proceso de convocar un referéndum ilegal, desconectarse de España y proclamar la independencia de Cataluña. 

 

Hace días que se esperaba el anuncio de esos indultos. Los mismos días que llevaban saliendo, por las bocas de los líderes y portavoces de los tres partidos de derechas, los augurios más horrendos sobre la catástrofe que esos indultos causarían en España y los epítetos más injuriantes contra el presidente culpable de la destrucción del país que esos indultos ocasionarían. No puede decirse, por su contenido, que se tratara de críticas políticas ideológicamente justificables. Las tres derechas han soltado hasta hoy discursos histéricos siguiendo la línea marcada por sus argumentarios insanos; argumentarios y discursos  en los que se observa el destierro absoluto de la cordura, de la dignidad  y de la verdad.    

 

¿Hay algún español en su sano juicio que no perciba la indigna estupidez de las mentiras que sueltan las derechas? Hace algunos años la respuesta tal vez habría sido que no. Pero los tiempos han cambiado. Hoy el sano juicio no impera en parte alguna porque no hay empresa de comunicación de masas que no tenga como máxima prioridad entretener, y ya no se concibe entretenimiento verdaderamente divertido que no provoque descargas de adrenalina. La adrenalina ha ido inundando los cerebros hasta ahogar el juicio. Si casi la mitad de los norteamericanos, tan inteligentes ellos que coleccionan el mayor número de empresas multibillonarias, se han llegado a creer que el socialismo mundial es una orden de satánicos caníbales pedófilos y que sólo Donald Trump puede salvar al mundo amenazado por esos monstruos, ¿cómo no van a caer los pobres españoles en la más abyecta credulidad si les convencen de cualquier disparate con la misma estrategia con que las derechas convencen a los norteamericanos? ¿Qué estrategia? La repetición de las mismas mentiras, como la gota china, cuya eficacia en la trepanación psicológica de los cerebros descubrió un ministro de propaganda alemán. 

 

¿Se puede demostrar objetivamente que la repetición de una mentira puede penetrar en un cerebro desprevenido llevándole a aceptarla como verdad? Eso afirma un gran número de acusados de formar parte de la horda que atacó el Capitolio de los Estados Unidos. Esos acusados están alegando ante el juez que instruye sus casos que son inocentes de la violencia de que les acusan varios vídeos y fotografías. Alegan, algunos bajo juramento, que la culpa de aquella horrible tropelía que costó cinco muertos no fue de los pobres jóvenes y no tan jóvenes que se lanzaron a pedir las cabezas de todo diputado y senador que estuviera dispuesto a certificar la presidencia de Joe Biden; que la culpa fue de las radios y televisiones de ultra derechas que, repitiendo mensajes conspiranoicos, les habían lavado el cerebro sin que ellos se dieran cuenta. Esta justificación se ha extendido por todo el territorio americano hasta tal punto, que hoy pueden verse multitud de anuncios de psiquiatras y psicólogos que ofrecen tratamientos para superar la adicción a medios tóxicos de ultraderechas especializados en desinformar. No es broma. ¿Qué canales sintonizan, qué redes frecuentan  los españoles que repiten como loros las mentiras que suelta la propaganda de las tres derechas en nuestro país? Eso tienen que respondérselo quienes sospechan ser víctimas de este tipo de  adicción y quieren pedir ayuda para superarla.  

 

 

En Cataluña, los políticos independentistas también cuentan con sus medios de desinformación sostenidos por el govern y por las audiencias fieles al independentismo. Ayer, sin embargo, la salida de prisión de los indultados fue transmitida en directo por varios medios nacionales. Es natural que con la propaganda que se había hecho a los indultos, la salida de los excarcelados se considerara de interés público, pero, ¿hasta qué punto interesaba al público escuchar los discursos que esos señores llevaban preparados para soltarlos desde una tarima preparada también para la ocasión en la entrada de la cárcel? -una tarima para los indultados varones; las señoras Forcadell y Bassa solo tenían micrófonos, que conste-. A la mayoría de los españoles anónimos, lo que esos señores dijeran  seguramente interesaba poco. A las tres derechas, sin embargo,  interesaba muchísimo que esos discursos llegaran a los cuatro puntos cardinales de España y al cerebro de todos los españoles en edad de votar. ¿Por qué? Por la sencillísima razón de que toda persona más o menos  informada en política sabía perfectamente lo que los indultados iban a decir por ser lo mismo que vienen diciendo y repitiendo desde tiempos inmemoriales, y eso que vienen diciendo y repitiendo demostraría a todos los españoles que  los indultados salían de la cárcel sin propósito de enmienda, lo que demostraría, a su vez, que el presidente que les había concedido el indulto era un traidor a la patria y que las tres derechas que habían denunciado la traición eran los únicos auténticos patriotas de este país.

 

¿Tienen verdadera trascendencia los discursos de los indultados? Ninguna más allá de la emoción que aún puedan causar a sus seguidores. ¿Dijeron algo nuevo? Dijeron que nunca abandonarán la lucha por conseguir un referéndum de autodeterminación  que conduzca a la  República de Cataluña. Dijeron que antes de todo quieren amnistía; la amnistía que libre de culpa y penitencia a los que llaman "represaliados" y que permita  el regreso de los que llaman "exiliados", también sin culpa y sin penitencia. ¿Algo nuevo que haya podido producir la descarga eléctrica en los cerebros de Casado y Abascal que les lanzó a la busca desesperada de micrófono y cámara para advertir a los españoles de que están a punto de hundir a España? 

 

Pero vamos a ver, por Dios. ¿Qué van a hacer los indultados para conseguir todo eso? ¿Qué harán  si el gobierno se niega a concederles lo que piden porque lo que piden va contra la legalidad, es decir, la Constitución. ¿Sacar a sus seguidores a la calle? ¿Y? ¿Creen, los indultados, que millones en la calle conseguirían que las tres derechas, atenazadas por el pánico, votarán a favor de la reforma de la Constitución? ¿Creen que millones en la calle obligarían al gobierno de España a infringir la legalidad  plegándose a las peticiones de los independentistas? ¿Creen que millones en la calle harán que la Unión Europea exija al gobierno español que infrinja la Constitución de su país? Es probable  que los líderes independentistas nunca se hayan puesto a considerar en serio estas preguntas por miedo a que su inteligencia supere a su fe. Pero, ¿qué alternativa les quedaría si buscaran y encontraran finalmente respuestas racionales avaladas por la realidad? La misma que les quedaría a esas tres derechas que en el independentismo  catalán cifran todas sus esperanzas de derrocar a Pedro Sánchez.   

 

 

Lo más grave o tal vez lo único grave del discurso de los indultados  no fue su empecinamiento. Lo grave de ayer en la prisión de Lledoners, como en cualquier acto o discurso de líderes independentistas, es que la mitad de los catalanes no estaban allí. No estaban allí en los cerebros ni en las bocas de nadie los millones de catalanes que no quieren separarse de España; esos millones de catalanes que los independentistas ignoran porque les parece que por no querer una república catalana, no son catalanes de verdad. Curiosamente, los independentistas tienen la misma convicción que los de las tres derechas; quienes no comparten sus ideas sobre lo que es la patria no son patriotas. Pues bien, ayer, como siempre, faltaban los catalanes no patriotas a quienes preocupan, por encima de todo, sus asuntos y los de su familia; esos catalanes que están tan hartos de la letanía independentista que ya ni les molesta porque la oyen como quien oye llover. Saben que Casado está histérico tratando de convencer a tirios y troyanos de que Sánchez se merienda a España si no aparece un alma caritativa que le convenza de que adelante elecciones, pero las histerias de Casado y Abascal también les suenan a vuelo de moscardón. ¿Cómo se le ocurre a esa gente que sus ambiciones y sus cuitas son más importantes que las preocupaciones del último de la fila de la convaleciente España? Se les ocurre, tal vez, porque sólo sintonizan los  medios afines a las tres derechas, y la repetición de su propia propaganda les ha lavado el cerebro como a los pobres americanos esclavos psicológicos de Trump. 

 

Un día aparecerá Abascal en el Congreso con el torso pintado al aire y cuernos de toro y Casado se tirará a los pies de Sánchez a suplicarle entre lágrimas por lo que más quiera que abandone la política para que a él no le borren del mapa y Arrimadas, en el centro del hemiciclo, con los brazos al cielo, suplicará a las ánimas de los bienaventurados que le digan para dónde tirar, y a la tribuna subirá Ayuso, confusa y sin papeles, preguntando por el micrófono si ya le toca mudarse a La Moncloa y Carmen Calvo, perdida la paciencia, gritará, ¿alguien puede decirme qué, coño, está pasando aquí?, y seguramente será Iceta quien le responda desde su escaño que nada, que por copiar a los americanos habiendo renunciado al buen gusto francés de otros tiempos, la política española ha perdido la dignidad.

 

Y aquí se acaba la broma y el panorama adquiere un gris de tormenta. Porque no es la política la que pierde la dignidad humana que le otorga la democracia. Contra su dignidad no pueden ni los politiqueros que por cargos, sueldos y prebendas  la intentan mancillar. Contra la dignidad de la política sólo puede la destrucción de la democracia y a la democracia sólo pueden destruirla los indignos que no hacen el más mínimo esfuerzo por defenderla. 

 

A quien no tenga ni tiempo ni ganas de reflexionar a fondo sobre el asunto, le recomiendo que mire con atención alguno de los documentales que se han filmado sobre nuestra guerra civil; por ejemplo, Palabras para un fin del mundo.  Las escenas filmadas en la época nos van revelando la indignidad de quienes destruyeron los esfuerzos por conducir a España por el camino del progreso y la indignidad de quienes no hicieron nada por detener a los destructores. ¿Algo del pasado que no puede volver a suceder? Los pensadores de varios países tiemblan viendo cómo se acerca la marea negra que amenaza nuestra civilización, nuestra dignidad humana.

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