Contra las fobias, tratamiento

Kamala Harris, vicepresidenta de los EEUU, en la celebración del Pride Parade de San Francisco en el año 2019 / Foto: Europa Press

Contra las fobias, tratamiento

Estamos en el mes contra la LGTBIfobia. Confieso que le tengo manía a las siglas. Soy mujer, viví más de veinticinco años con una mujer, nos casamos cuando se pudo y nos divorciamos cuando no pudimos convivir satisfactoriamente. Así de sencillo. Me revienta que me obliguen a meterme en una letra. Ni nací ni he estado nunca en Lesbos ni me gustan las mujeres. Me gustan o no las personas del cuello para arriba, no de la cintura para abajo. Me casé con una persona porque estaba enamorada hasta las cachas y porque me negué a  aceptar que nada ni nadie determinara mi vida sentimental.  Y además, si hay que meter a la gente por narices en alguna de esas siglas, a las  de LGTBI les falta la A. Hay montones de personas que tienen todo el derecho a rechazar las relaciones sexuales, sencillamente, porque no les apetece tenerlas. No incluirlas en el acrónimo es pura discriminación, sobre todo, contra la mujer, porque la mayoría a la que el sexo apetece poco o no apetece en absoluto  son mujeres. ¿Por qué? Pues a lo mejor, por una cuestión hormonal, pero sea por lo que sea, que el clítoris o el pene se exciten no es ningún motivo racional, humano, de superioridad. Es una cuestión física que en cada cual funciona de diferente manera, sea ser humano o individuo de otra especie, del mono para abajo.

 

A ver si nos dejamos de estupideces. Todos los seres humanos y sucedáneos nacemos bisexuales. El ser humano, de ambos sexos, es capaz  de dar a y recibir placer sexual de individuos de su mismo sexo o del sexo contrario. En la adolescencia se supone que elijamos a un sexo u otro como pareja. ¿Pero todos tenemos la oportunidad de elegir? Evidentemente, no. La sociedad nos obliga a elegir como pareja a una persona del sexo opuesto. ¿Por qué? Por razones puramente económicas.  ¿A quién,  coño, le importa, racionalmente hablando, que una mujer o un hombre se enamoren de o se líen con la vecina o el vecino o con su perro o con su cabra?  Al que tiene un problema sexual por represión de sus propias tendencias, no hay otra explicación. Quien se siente satisfecho con su sexualidad o con su asexualidad, no se preocupa en absoluto por la sexualidad de los otros. ¿Y qué decir de aquellos que no solo se preocupan de la sexualidad de los demás sino que encima la denuestan o la desprecian o la atacan? Lo único que cabe deducir es que sufren un trastorno de su propia sexualidad.  Si ese trastorno se manifiesta con actitudes violentas, es evidente que el enfermo necesita tratamiento.

 

La obligación que la sociedad impone a todo adolescente que empieza a sentir los efectos de sus hormonas o los movimientos de sus sentimientos y emociones responde a intereses estrictamente económicos que nada tienen que ver con la moralidad. La familia es el núcleo económico de la sociedad desde que los hombres servían para ir a cazar y las mujeres para parir y cuidar de las crías y las crías para crecer y servir de mano de obra en cuanto pudieran hacerlo. Esto ha sido así desde las cavernas hasta el siglo pasado. Es decir, el hombre, fuerza bruta, que después se entendió como potencia intelectual; la mujer, asistencia, que después se entendió como inferioridad intelectual, y los hijos, como mano de obra, que después se entendieron intelectualmente, en su edad adulta,  como superiores o inferiores  según fueran machos o hembras. La obligación  de circunscribirse a la heterosexualidad no responde, por lo tanto, ni a la moralidad ni a las inclinaciones del cuerpo o de la mente de un ser humano; responde exclusivamente a intereses económicos ancestrales que, como tantos hábitos impuestos por los homo sapiens, no han conseguido evolucionar. No existe otra explicación y quien defienda otra, miente.

 

La heterosexualidad no es connatural al ser humano; la homosexualidad, tampoco. La heterosexualidad es una imposición social y la homosexualidad una orientación que el ser humano elige libremente o condicionado por factores físicos o mentales o por ambos que no importan a nadie más que a quienes eligen esta opción. Entonces, ¿a qué responde la fobia contra los homosexuales? Repito, racionalmente, la única respuesta posible es que se trata de una reacción contra la represión de su homosexualidad que el propio individuo se impone para evitar el rechazo social o de una imitación a ciegas de otra persona  o personas a las que se les supone superioridad de criterio. Si alguien ha encontrado otra razón científica o filosófica o religiosa que justifique la homofobia, no la ha demostrado.

 

La homosexualidad encuentra sus mayores críticos en los ámbitos de la moral y de la religión. El único argumento que la moral puede oponer es que la homosexualidad niega la supremacía de la familia, núcleo esencial para el desarrollo de la economía. Hoy por hoy, la cantidad de familias con parejas homosexuales que responden a las costumbres de la familia convencional, desmiente el argumento. En cuanto a la religión, el rechazo a la homosexualidad responde a  una apropiación indebida del criterio y la voluntad de Dios. Nadie puede saber lo que Dios siente o quiere porque quien fuera capaz de penetrar en la mente divina sería Dios. Si Dios se entiende como Creador omnisciente y omnipotente, no hay mente humana capaz de entender sus designios. Dice el poder religioso que la Biblia y otros libros considerados sagrados  han sido escritos por la revelación de Dios a los hombres. La realidad es que algunos hombres concibieron a Dios a imagen y semejanza suya y después le atribuyeron lo que concebían sus propias mentes. Compárese el primer capítulo del Génesis con el segundo y se verá claramente que, mientras el autor del primero se limita a narrar la creación, los autores del segundo nos presentan a un dios antropomórfico que se pasea por el Paraíso pensando cómo prohibir algo a Adán y Eva, sabiendo que Adán y Eva no respetarían la prohibición porque, hasta el momento en que comen la fruta del Bien y del Mal, no pueden saber que la desobediencia es pecado. Ese dios, en todo semejante a los hombres, puede ordenar y prohibir cualquier cosa que se le ocurriera a los legisladores de la época para mantener el orden social, pero Dios, Dios con mayúscula, el Creador del universo para aquellos que creen en la divinidad, no puede haber inspirado libros  en los que se condena la homosexualidad. Ni ha podido salir de ese dios la condena moral de la relaciones sexuales porque esa condena sería contra natura. Somos los seres humanos los que damos al sexo un valor moral o un valor  puramente físico o un valor relacionado con el amor. Es la mente la que valora, no el cuerpo. Y a la mente solo tiene acceso su dueño sin que nadie tenga derecho a meterse. ¿Merece entonces repudio quien asocia el sexo al pecado? No, en todo caso merece compasión; la misma que un creyente adjudica al Dios de la misericordia.

 

Entonces, dicho lo dicho, ¿deberíamos prescindir de las asociaciones de defensa de LGTBI? De ninguna manera. Al igual que las asociaciones feministas, responden a la necesidad de exigir y defender el derecho de las personas que han visto restringidas sus libertades por imposición arbitraria de los poderes políticos y religiosos. Como mujer que he hecho lo que me ha dado la gana con mis sentimientos y mi sexualidad, moralmente no puedo dejar de agradecer a quienes han luchado, hasta con riesgo de sus vidas, para que yo pueda darme el lujo de hacer lo que me ha dado la gana en un país libre. ¿Libre? Legalmente libre, pero lleno todavía de trastornados que no respetan la libertad de los demás.

 

Si una jovencita o jovencito decidieran montar su vida con alguien del mismo sexo como pareja y me pidieran consejo, mi consejo sería que lo hagan ignorando la opinión de los demás. Pero sé que eso se dice pronto. Esos chicos tendrán que contar con la discriminación dentro de sus propias familias, con la discriminación social y, posiblemente, con la discriminación laboral. No se le puede pedir a nadie que arriesgue la calidad de su existencia por defender la visibilidad de sus derechos. Para defender esos derechos es que siguen haciendo falta asociaciones como las de defensa de las personas LGTBI. Y seguirán haciendo falta mientras el mundo esté lleno de trastornados reprimidos por las religiones institucionales y por las costumbres impuestas por los que detentan el poder.

 

Mientras los votantes racionales y honestos no nos libren de los politiqueros que amenazan nuestra libertad, tenemos que agradecer a los valientes que luchan por su libertad y la nuestra, y exigirnos también, a cada uno de nosotros, luchar dentro de nuestras posibilidades por el respeto a nuestra libertad y a la de los demás.  

 

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