El amor es eterno

Una bandera con el escudo `del águila´, en la concentración contra los indultos a los presos del ‘procés’, en la que participaron las tres derechas. PP, C's y Vox / Foto: Europa Press

El amor es eterno

Tenía yo unos doce años cuando una amiga de mi madre la invitó a una cena en su casa. Mi madre, que siempre le puso a mi mente más años de los que en realidad tenía, me llevó. Se sirvió un aperitivo en la biblioteca y yo salí disparada hacia los libros, feliz de librarme de adultos aburridos. Estaba entusiasmada admirando títulos y encuadernaciones cuando oí que la dueña de la casa me decía al oído que escogiera el libro que quisiera y que me lo llevara de regalo. Recuerdo la angustia de tener que elegir entre cientos de volúmenes. No sé cuánto tardé. De pronto un título captó mi atención y ya no busqué más. "Love is eternal", se llamaba. Su autor, Lord Charnwood. Enseguida imaginé una bella historia de amor en la Inglaterra del siglo XVIII, tipo Jane Austen. La impaciencia me llevó a una butaca con mi bello volumen de cuero verde oscuro y letras doradas, y me puse a leer. No era una novela de amor, era la biografía de Abraham Lincoln, 16º presidente de los Estados Unidos y primero del Partido Republicano. La sorpresa no me desanimó, al contrario. La historia me cautivó desde la primera a la última página. No puedo asegurar que debo a ese libro mi pasión por la política; es posible. Lo que sí sé es que el título se grabó en mi alma como palabras escritas a fuego por un ente sobrenatural. Hace décadas que medito esas palabras y me aferro a creerlas como me aferro a mi fe en la inmortalidad del alma. A estas alturas de mi vida, ya sé que nada podrá destruir esa fe porque, si la muerte existe, después de muerto nadie se va a enterar de si estaba equivocado  o no.

 

Hace más de un año que vivimos rodeados por la muerte de millones de  cuerpos en todo el mundo. A millones de los que han sobrevivido a la pandemia, el dolor por la pérdida de alguien amado les durará mientras vivan. Para más millones, los fallecidos son números que asustan, pero que duelen más o menos o nada según el grado de empatía de cada cual. Números, sin cara, sin nombre, como el número de esos niños que tienen que  trabajar de la mañana a la noche a cambio de un poco de comida, la mínima  para que puedan seguir vivos y trabajando; como el número de esos niños que los padres lanzan desde la muralla  de la frontera entre Méjico y los Estados Unidos para librarles de la miseria que les espera en sus países de origen; como el número de esos niños que huyeron de Marruecos persiguiendo el sueño de una España próspera  y terminaron durmiendo en la calle o en barracones infectos. Números sin caras, sin nombres, que se leen, se escuchan o se ven en los medios y apenas estremecen fibras sensibles durante unos instantes. Hasta que un día, la foto de dos niñas jugando nos da un golpe brutal. Son dos caras sonrientes, Olivia, Anna; dos caras en las que podemos imaginar dos vidas. Son dos vidas que un monstruo arrancó de este mundo. Falta otra cara, pero no hay un ser verdaderamente humano que, viendo las caras de las niñas, no imagine la cara de la madre destrozada por el dolor. 

 

El amor es eterno para quien quiera creer en la eternidad del alma. ¿Lo será también el odio? Depende de lo quiera entenderse por un sentimiento o el otro. Para definirlos se han escrito millones de páginas a lo largo de siglos. Hay varios tipos de emociones y sentimientos que se confunden con el amor. Pero este no es el momento ni el lugar para disquisiciones metafísicas ni psicológicas ni cientificistas, que también las hay. Del amor auténtico baste decir que se distingue de sus sucedáneos por estar irreductiblemente unido a la empatía. El que ama siente con el otro y ese motivo basta para que quiera su felicidad; lo mejor que querría para sí mismo. Sin esa identificación con los sentimientos del otro puede haber enamoramiento, atracción sexual o cualquier emoción que con el amor se confunde, pero nada de eso es amor, el auténtico amor que aspira a ser eterno o, por lo menos, perpetuo.  

 

Aquí y ahora, sin embargo,  nos apremia la urgencia por resolver algunos asuntos con que la realidad inmediata nos amenaza; asuntos que ponen en peligro nuestra libertad, nuestra humanidad y hasta nuestra vida. Diríase que esos asuntos tienen que ver con la política, pero, ¿es que la política no tiene nada que ver con el amor? Veamos.  

 

Millones de personas en nuestro país votan por partidos que aspiran al poder para eliminar servicios públicos; que instigan el rechazo a los migrantes; que niegan la violencia de género, negando, por lo tanto, la protección a la mujer y a los niños víctimas de maltratadores y asesinos; que rechazan organizaciones públicas y privadas para la atención a los más vulnerables. Estos solo son ejemplos para abreviar. Hay muchos otros de la misma índole, en la legislación y normas  de comunidades donde las derechas ya gobiernan, que demuestran inequívocamente su voluntad de reducir libertades y derechos

 

Uno de esos partidos de derechas acepta abiertamente las  intenciones que se manifiestan en esos ejemplos. Quienes votan a ese partido no tienen, por lo tanto, la excusa de votar engañados. Las ideas y medidas que ese partido propone exponen sin ambages una falta de empatía con el prójimo que les aleja de la sensibilidad plenamente humana. Los otros dos partidos de derechas manifiestan huir de esa radicalidad porque todas las encuestas revelan que la mayoría de los votantes prefieren el centro, pero la centralidad que proclaman es falsa. ¿Cómo pueden el PP y Ciudadanos diferenciarse de la ultraderecha si en casi todas partes donde gobiernan lo hacen con los votos de los ultras aceptando las directrices de los ultras para conservar el poder?  Podría decirse que quienes les votan lo hacen engañados. ¿Qué se puede decir entonces de los que se dejan engañar teniendo los ejemplos de Andalucía, Madrid, Castilla y León? ¿Que viven sin enterarse de nada? 

 

Las dos derechas demuestran, allí donde gobiernan con los ultras en la sombra, una absoluta falta de empatía con los ciudadanos. Los tres partidos  gobiernan como si la política no tuviera nada que ver con el amor al prójimo a pesar de que sus líderes se proclaman católicos y tienen el mayor número de votantes entre los católicos  más tradicionales. ¿Es posible que esos líderes desconozcan las palabras de Cristo en el Evangelio de Mateo proclamando el segundo mandamiento y su semejanza al mayor y primero: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"? No hace falta ir a misa y atender al evangelio para saberse ese mandamiento; basta con haber hecho la primera comunión. Habrá quien diga que el amor no se puede forzar. Cierto si hablamos de un sentimiento, pero si el amor se entiende como humanidad en su acepción de empatía, es evidente que quien carezca de ese amor, carece de humanidad. Además, ¿puede el Cristo que adoran como Hijo de Dios imponer un mandamiento imposible de cumplir? Queda una pregunta por hacerse, una pregunta que  solo con enunciarla produce pavor.  Los votantes de los partidos con propuestas inhumanas, ¿son inhumanos también? Para evitar el pánico de pensar que convivimos con millones de seres  indiferentes a la suerte de su prójimo, uno prefiere pensar que son víctimas del engaño o de la desinformación. 

 

Los tres partidos de derechas demuestran ya sin decoro la falsedad de sus diferencias reuniéndose públicamente para protestar contra el gobierno por su intención de indultar a los independentistas catalanes. La cantidad de mentiras con que han intentado justificar su protesta en todos los medios, incluyendo el Congreso, es prueba suficiente de la bondad de los indultos. Si hubieran tenido una sola razón veraz para oponerse a que salgan de la cárcel unos ilusos que no han hecho daño a nadie, ¿qué motivo tenían para recurrir exclusivamente a mentiras objetivamente comprobables? Ni los presos independentistas son asesinos ni han exigido indultos para apoyar al gobierno ni el gobierno  se ha comprometido a un referéndum para romper a España; referéndum por otra parte constitucionalmente imposible a menos que las derechas votaran una reforma de la Constitución. Otra vez aparece la gran pregunta como un monstruo que nos amenaza a todos. ¿Los millones de votantes de las tres derechas  creen sus mentiras o les votan sabiendo que mienten porque comparten su intención de engañar? El espectáculo de la Plaza Colón estremece a todos los ciudadanos de este país que quieren vivir en paz y armonía y quieren que en paz y armonía vivan sus hijos y los que vengan después.

 

Lord Charnwood dedicó una parte muy importante de su biografía a las relaciones entre Abraham Lincoln y su mujer, Mary Todd. Pero no es a ese amor al que se refiere el título. Lincoln tuvo que sufrir una guerra que anímicamente le destrozó por imponer a los estados esclavistas la abolición de la esclavitud y evitar su secesión del país. La política le impuso contradicciones, pero en todos sus escritos y en todos sus discursos se manifiesta un inconmovible amor al prójimo, amigo o enemigo. Ese amor inspiró las medidas con que pensaba reconstruir su país y las hubiera llevado a cabo si el odio de un asesino no hubiera acabado con su vida. Ese amor es el que aspira a la eternidad para quien cree en la inmortalidad del alma, y Lincoln creía.

 

¿Qué dirá un biógrafo de Joe Biden?  Es demasiado pronto para juzgar los éxitos y fracasos de su presidencia, pero el poco tiempo que lleva al frente de su país ha bastado y sobrado para comprobar la diferencia entre un gobernante que ama a su prójimo como a sí mismo y un politiquero aquejado de egocentrismo patológico como Donald Trump. Si la Justicia no corta las ambiciones que aún mueven a ese autócrata demente, otra vez dependerá de los votantes que el país sea humanamente habitable o no. 

 

En los Estados Unidos, tanto como aquí o en cualquier otra democracia,  de los votantes depende que podamos o no seguir disfrutando de las libertades y derechos que la democracia otorga; de los votantes depende que quienes quieran puedan creer en un amor eterno o tengan que vivir temiendo la eternidad del odio.        

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