Contra follones, indultos

El presidente de Òmnium Cultural, Jordi Cuixart, saluda al ministro de Política Territorial y Función Pública y secretario del PSC, Miquel Iceta durante la toma de posesión de Pere Aragonès / Foto: Pau Venteo-Europa Press

Contra follones, indultos

Pablo Casado ha encontrado un nuevo filón para alborotar al personal y dar carnaza a los periodistas y comentaristas que viven de los follones. Sin memoria o sin vergüenza o sin ninguna de las dos cosas, esta vez ataca al presidente del gobierno por unos indultos que aún no ha concedido, adelantándole hasta el calificativo de traidor por si los concede. Sin memoria porque parece olvidar los indultos concedidos por Felipe González a un golpista y por José María Aznar a un exministro del interior y a un exsecretario de estado. Sin vergüenza porque, después de haberse reunido  en secreto con políticos marroquíes favorables a la anexión de Ceuta a Marruecos, días antes de que el rey marroquí abriese la frontera causando la peor crisis migratoria, humanitaria, que ha sufrido España, hablar de traición es recordar a los españoles ese acto suyo reciente que solo puede calificarse de traición. ¿Se puede transitar por el escarpado mundo del politiqueo sin memoria y sin vergüenza? La ausencia de vergüenza puede ser una ventaja; la ausencia de memoria podría ser un peligro en una sociedad racional.        

 

En esta era de la posthistoria, la postmodernidad, la postverdad,  la postracionalidad, la posthumanidad, en la que el homo sapiens parece arrastrarse en perpetua decadencia, los seres humanos habituados al uso de su razón están despistados. 

Llega a la presidencia de Estados Unidos un chiflado gracias a los millones de votos de unas personas que no podían estar en plena posesión de su sano juicio puesto que no se dieron cuenta de que estaban poniendo el gobierno de su nación, de sus vidas, en manos de un hombre tan evidentísimamente chiflado como Donald Trump, que podía haberse cargado los fundamentos de la democracia americana y hasta la paz mundial. Millones de esos trumpistas aún no se han repuesto de su chifladura. Entre ellos, una representante republicana por un distrito congresional de Georgia se ha convertido en la estrella del manicomio en que Trump convirtió al Partido Republicano.  Sus salidas de todo discurso y hasta de toda conducta racional llenan diariamente noticias y comentarios en todos los medios de todos los colores  y de diversos grados de seriedad de su país. Su última parida fue apoteósica. Comparó la obligación de llevar mascarillas, impuesta por la Presidenta de la Cámara de Representantes, con la imposición de los nazis a los judíos de llevar una estrella amarilla en la ropa para luego conducirlos a los campos de exterminio. Dijo la interfecta y repitió en varias entrevistas que la obligación de llevar mascarillas era comparable al Holocausto. Por supuesto, el revuelo que sus palabras causaron en la numerosa comunidad judía de Estados Unidos fue colosal, y los analistas serios, que hasta entonces no se habían atrevido a pronunciar un diagnóstico, finalmente se atrevieron a sentenciar sin paliativos que estaba loca, loca de atar, y que su locura era maligna.  Lo que más me llamó la atención, porque los actos y palabras de la individua ya me habían curado de espanto, fue una voz discrepante entre los analistas. Un exsenador, autor de varios libros y profesor universitario de filosofía, afirma que Marjorie Taylor Green no está loca; que su aparente locura obedece a una  astucia extraordinaria.  De ser así, es para que el mundo entero se eche a temblar.

Cuando la astucia triunfa sobre la inteligencia, cuando las facultades mentales se concentran en pergeñar estrategias para obtener beneficio propio engañando a los demás, la malignidad prevalece contra todo reparo moral. En el ámbito de la política, ésta se pervierte transformándose en un politiqueo sin escrúpulos que tiene como único fin conseguir votos a cualquier precio para acceder a todos los privilegios que otorga el poder. El politiqueo es mercantilismo puro y duro.

Los españoles hemos sido víctimas de ese politiqueo durante muchos años. Los tribunales están desbordados de causas contra politiqueros que han utilizado el poder para beneficio de sus carteras postergando los intereses de los ciudadanos porque los ciudadanos no les reportan otra cosa que esfuerzo y trabajo. Lo único que de los ciudadanos importa a esta gente es que paguen sus impuestos para que ellos puedan cobrar sus prebendas, luego el ejercicio de lo que se supone es la auténtica política ni les mueve ni les conmueve. Casi todos esos politiqueros investigados y juzgados pertenecen al Partido Popular. 

El Partido Popular ha ofrecido a la política nacional personajes, en su mayoría, de escasa instrucción y evidente mediocridad cuyos discursos carecen de ideas y propuestas para la gestión de un gobierno. Su estrategia consiste en criticar sin mesura al contrario apabullando a quien les escucha con mentiras, con acusaciones falsas, con insultos. Su zafiedad apela a lo más zafio de sus seguidores, siendo la mayoría de sus seguidores de lo más intelectualmente ordinarios aunque algunos no se atrevan a manifestar verbalmente su ordinariez con el desparpajo que exhiben sus admirados líderes. Es ese desparpajo lo que sus seguidores admiran confundiéndolo con valentía.

Cuando el secretario general del Partido Popular se atrevió a decir ante micrófono que Pablo Casado se había entrevistado con políticos marroquíes partidarios de la anexión de Ceuta, las redes sociales hirvieron con argumentos que calificaban de traición al acto y a su protagonista. Cuando  el gobierno solucionó la crisis migratoria, los propagandistas del partido buscaron rápidamente otro asunto que les permitiera seguir metiendo bulla para que no se les aburriera el personal. Lo encontraron en los indultos para sacar de la cárcel a los presos independentistas de Cataluña. Enseguida, al presidente del gobierno empezaron a caerle encima cubos de insultos,  atribuyéndole las intenciones más rastreras para indultar. 

     

Hace años que Cataluña, sólo Cataluña, solo los catalanes  sufren las consecuencias del engaño de politiqueros astutos que utilizaron las promesas de independencia para desviar la atención de sus corruptelas. Ninguno de ellos está en la cárcel por sedición. En la cárcel están quienes sucumbieron a sus sueños de una independencia imposible e intentaron conseguirla contra toda posibilidad. Dicen que lo volverían a hacer. ¿Eso significa que no se arrepienten? ¿Pero cómo se puede pedir o esperar que alguien se arrepienta de un sueño de toda la vida después de dedicar toda su vida a hacerlo realidad? Culpar a esa gente de traición,  de sedición, considerándolos un verdadero peligro para la Constitución y la unidad de España es, rotunda y literalmente, una salvajada. En primer lugar, porque una de las cualidades que distingue a un ser humano de otros de la misma especie no evolucionados, es la empatía. Quien no entienda el ansia de independencia de alguien que la ha recibido como legado ancestral no entiende los más elementales instintos del alma humana. En segundo lugar, el ordenamiento ejecutivo, jurídico y hasta militar de España ha demostrado ya, con su funcionamiento, que ningún grupo de personas puede conseguir por medio alguno que un territorio se separe del país para constituirse en nación independiente. Así que peligro para la unidad de España, ninguno. ¿Peligro para la Constitución? Modificar la Constitución para convocar un referéndum requiere, entre otros farragosos procedimientos, la aprobación de tres quintos de cada una de las cámaras. Sin los votos de las derechas, el asunto no pasa porque los votos no suman. ¿Van a votar las derechas a favor de un referéndum? La respuesta a esta pregunta demuestra hasta qué punto se engañan los que creen en la posibilidad de la independencia y hasta qué punto quieren engañar los politiqueros astutos y los analistas que llenan páginas y horas de programas dándole vueltas a un asunto que no tiene más vueltas. 

Hoy por hoy, en medio de otro follón causado por las derechas que culminará dentro de unos días en otra manifestación de banderas y en otro manifiesto plagado de mentiras, solo cabe preguntarse a quién beneficia que sigan en prisión unos soñadores independentistas que no hacen daño a nadie más que a sí mismos. La respuesta es evidente para quien haya descubierto la astucia de los politiqueros de derechas. Los politiqueros de derechas viven del follón porque es el único modo de obtener y conservar cargo y sueldo. ¿Y esos aparentes socialistas que piden públicamente al presidente del gobierno y secretario general de su partido que no indulte? Uno de ellos dice que sería una desgracia indultar. Pues que me lo explique con la misma claridad con que he explicado yo por qué no. ¿Y los otros? Yo que sé. Tendrían que preguntárselo a su conciencia porque sospecho que se trata de un asunto más que político, personal. ¿O es que temen que el partido pierda votos en el resto de España? No quiero creer que ese sea el motivo para mantener a unos seres humanos inofensivos en la cárcel. Como ya he dicho, anteponer los votos a las personas no es política, es politiqueo.

Por la potestad que me confiere la posesión y conservación de mi montaña, hace muchos años acepté el título de Condesa de Triago y pocos menos que proclamé por mis fueros la independencia absoluta de todo ente o nación de la República Aristocrática de Triago. ¿Pasa algo? Si pasa, ruego al Excelentísimo Sr. Presidente del Gobierno que me conceda el indulto, no porque me arrepienta, sino porque confío plenamente en su humanidad. 

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