Por tu Madrid, el que tú me dejaste.

Por tu Madrid, el que tú me dejaste.

El 4 de mayo hay elecciones en la Comunidad de Madrid. Claro que tú nunca supiste lo que eran elecciones. En la España que dejaste y de la que te exiliaste voluntariamente para siempre no dejaban votar. Por algún motivo, sentimental supongo, nunca quisiste renunciar a tu ciudadanía española y eso te impidió votar en el país en el que te exiliaste y viviste durante cuarenta y seis años. En ese país sí se votaba, pero tú nunca quisiste saber nada de política; para ti la política era sinónimo de guerra. Tu mente, tu memoria se quedaron para siempre en aquellos tiempos de sangre, de muerte, de hambre, de pobreza extrema que nunca pudiste olvidar hasta que el Alzheimer te libró del suplicio. A mi memoria, nada la ha librado aún de aquella guerra, de aquel Madrid que recorrí contigo cuando era muy, muy pequeña, siguiendo tus palabras por aquellas historias que tú me contabas y que yo creía cuentos como los de Cenicienta y Blancanieves, porque la realidad era  que me los contabas vestida con batas hermosas de seda, de tul.  No podía imaginar entonces que me estabas contando tu infancia, tan distinta a la mía gracias a tu esfuerzo. Gracias a tu esfuerzo estoy exprimiendo mi mente para contribuir, con lo ínfimo que puedo, a que el Madrid del día después de las elecciones sea como el Madrid que hubiera querido vivir contigo disfrutando tus últimos años en una ciudad libre, libre de pobreza, de desigualdad, de angustias como las que tú tuviste que pasar.

La cosa está muy mal, mamá. Hay una pandemia y la gente enferma a miles y muere a cientos. Me alegra que no estés en  Madrid. Hubieras tenido que volver a vivir lo peor viendo en la televisión y leyendo como miles de ancianos morían en las residencias ahogándose porque el gobierno les había prohibido el ingreso en los hospitales, donde al menos habrían  muerto con el alivio del oxígeno. Tú, tan empática, tan generosa y, al mismo tiempo, con tanto carácter, habrías rabiado como no quiero imaginarme ante tanta perversidad infrahumana.

Además de mucho enfermo, hay mucho pobre. En Madrid hay una gran desigualdad que con la pandemia ha empeorado porque mucha gente se ha quedado sin trabajo y sin ayudas; hasta los que tenían un pequeño negocio que han tenido que cerrar. Pero qué te voy a contar a ti de la pobreza, mamá. Con lo que ganaba tu madre de administrativa en la RENFE no alcanzaba para que tu hermana y tú pudiéseis comer bien. Tu hermana comía en el internado que pagaba la parte rica de la familia; tú tenías que recorrer calles sin fin hasta llegar a la Cruz Roja donde te ponían una inyección de vitaminas porque tenías anemia. ¿Ves cómo me acuerdo? Porque yo iba contigo, porque mi imaginación te seguía por todas aquellas calles de Madrid que tú me describías tan bien. ¿Pues sabes qué hacen ahora?  Grupos de gente de buena voluntad reparten bolsas de comida para los que no tienen, pero claro, hay que hacer unas colas muy largas porque de los que no tienen, hay muchos. Ya hubieras querido tú que hubiera habido colas de esas cuando eras adolescente. ¿Y sabes lo que dice la presidenta de Madrid? Que los que van a buscar comida son unos mantenidos. Me alivia pensar lo que le hubieras dicho tú a ella si se hubiera atrevido a decir en tu presencia algo así. 

En medio de este horror de enfermedad, pobreza y muerte, la presidenta de la Comunidad de Madrid dice que la libertad es divertirse y que en Madrid uno se divierte como en ningún lugar de España tomándose unas cañas en una terraza, no encontrándose con su ex. Ya, ya sé que tu alma ha pegado un respingo; mi alma lo pegó también cuando escuché el disparate. Recordé enseguida, entre otras cosas, que ya divorciada de mi padre, te alegraba muchísimo volver a verle y que con un desparpajo que no he olvidado jamás le preguntabas, "¿Me encuentras guapa, Pepe?" Mi padre te contestaba siempre que sí con una expresión que a mi me decía que lamentaba muchísimo que dos caracteres tan fuertes no hubieran podido congeniar.

Pero eso que te cuento no es lo peor, mamá.  La presidenta de la Comunidad de Madrid y otra que gobernará con ella si  los votos de la primera no le alcanzan para gobernar, dicen barbaridades de los pobres, de los emigrantes y, sobre todo, de sus adversarios de izquierdas. Ya sé que te di un disgusto cuando me negué en redondo a estudiar Derecho; ya sé que tenías muchas esperanzas depositadas en mí porque tenías buenas conexiones para enchufarme, pero aceptaste que me hiciera el mayor  en Ciencias Políticas aunque mi convicción socialdemócrata te sonara a ilusión de adolescente o a lo mejor porque pensar que pudiera meterme en política te recordaba lo peor.  Pues ya ves, uno de los pocos consuelos de mi vida me los han proporcionado mis convicciones de izquierdas. Ahora resulta que esas dos mujeres de derechas perdidas ponen a parir a cualquiera que entienda la política como gestión de los recursos para el bien de los ciudadanos, sobre todo, de los más débiles. La presidenta y su futura socia, si todo les va bien, relacionan a los de izquierdas a las huestes de Satanás. ¿Otro respingo, mamá? Pues a mi me ha dado la risa. ¿Te acuerdas de aquella noche en que me acompañaste a la cafetería de la universidad donde  los chicos y chicas de primero celebrábamos una fiesta informal de fin de curso? Las chicas decentes no podíamos salir de noche sin chaperona, qué tiempos. Hablando estabas con otras chaperonas y yo bailando en la pista con un compañero cuando se armó la de un saloon  de película del Oeste.  Los chicos empezaron a pegarse y todo tipo de proyectiles a volar. Unas compañeras chillaban y otras lloraban cuando de repente apareciste tú frente a mi. Seria como un juez, me miraste fijamente a los ojos y gritaste para que te escuchara en medio del vocerío: "¿A quién hay que pegar?" La sorpresa me dejó rígida y sin saber ni lo que hacía estiré el brazo y con un dedo señalé a uno de los chicos que no era de nuestro grupo. Allá fuiste tú, bolso en ristre, y qué ánimo tendrían tus bolsazos que el extraño salió de la cafetería por pies. Pocos minutos después escaparon todos los que se habían colado en la fiesta con la intención de reventarla. Seguimos bailando, bebiendo y  comiendo como si no hubiera pasado nada, pero en toda la noche no se habló de otra cosa que de tu carácter admirable y de tu mortífero bolso. Pues mira cómo estoy que, viendo el vídeo de un mitin de la presidenta y otro de su socia, me acordé de tu bolso y de tu genio y de la falta que hacían allí para acallar tanto disparate. 

Te dije que eso era lo peor porque dicen las encuestas que esas dos mujeres pueden ganar las elecciones y gobernar en Madrid. Para llevarse las manos a la cabeza, ¿verdad? Pero la explicación es muy sencilla. La presidenta es como una de esas niñas repipis que en el colegio se ganaban a las monjas y campaban por sus respetos sintiéndose protegidas. Yo me encontré una en cada colegio en el que me tocó recalar. En Madrid, la presidenta  se hace querer por simpática y por pregonar sin empacho que hace lo que le da la gana. Parece que van a votar por ella todos los madrileños que pueden darse el lujo de hacer lo que les dé la gana o darse el lujo de soñar que algún día podrán. El problema es que la presidenta, de política no tiene ni pajolera idea y que Madrid necesita políticos honestos que sepan gobernar para salir del atolladero sanitario, económico y social en el que se encuentra. Vamos, mamá, que Madrid es un horror y que si vuelve a ganar la simpática chistosa va a ser un complete disaster, como decías tú con acento castizo.

¿Se puede evitar? Lo más horripilante de todo es que solo los pobres y los medio pobres podrían evitarlo votando, y dicen las encuestas que los pobres y los medio pobres no suelen votar. ¿Sabes que necesitaría Madrid? Que este martes un milagro permitiera que te pasearas tú con tu bolso por los barrios más pobres empujando a todos a votar por su salvación, por las izquierdas. Yo votaría por el PSOE. Si conocieras a su candidato, sabrías enseguida por qué. 

Quisiera poder abrazarte, como tantos que anhelan hoy abrazar a sus madres y no pueden. Gracias a mi fe, sé que puedes oírme y, como no puedo regalarte otra cosa, te regalo una de las canciones que más te gustaban.

En el libro "Fassman, la biografía. El poder de la voluntad" hay dos capítulos sobre Josefina de la Iglesia Gil, biografía corta de aquella mujer extraordinaria. Regalo el libro en PDF a quien me lo pida a mariapmir@gmail.com. La edición en papel se agotó.  

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