Gabilondo, el coraje de usar la razón

Gabilondo, el coraje de usar la razón

Este 4 de mayo los madrileños eligen quien va a presidir la comunidad. Dependiendo del ganador, los madrileños tendrán en la cúspide de la pirámide dos ejemplos a seguir: “el atrévete a pensar por ti mismo y ten coraje para poner la razón y el conocimiento al servicio del bienestar de los demás”. O el “me voy de cañas y a los toros, aunque los hospitales estén saturados y las UCI tengan que discriminar a quien salvar o a quien dejar morir”. La coherencia, frente a la frivolidad. La solvencia frente a la temeridad. La consistencia de un programa social, con 350 medidas donde el eje fundamental es la defensa de la salud, la vivienda, la educación, la limpieza climática o el progreso en igualdad de condiciones para todos “sin dejar a nadie atrás”. O eso o el dislate para quien la libertad consiste en llenar los bares y gobernar con la extrema derecha. No es baladí lo que nos jugamos este 4 de mayo en las urnas. Por eso acudan todos, todos, a votar.

 

El candidato socialista, Ángel Gabilondo, es atípico y se escapa al estereotipo del marketing político contemporáneo. Es una rara avis, que comienza el día leyendo algo, ya sea de trabajo, de filosofía u otra temática. Además de catedrático y rector de Universidad, también cuenta con la experiencia de gobierno al haber sido ministro de Educación y jefe de la oposición en la Asamblea de Madrid. Gabilondo elaboró en su día una ley de Educación, más plural e igualatoria, que posteriormente el PP no llevó a trámite. El candidato socialista se basa en la razón, en la organización, la disciplina y el trabajo como formas de ampliar el conocimiento. Y para él, la política no es otra cosa que el servicio a los demás. Utilizar las capacidades propias y la experiencia para hacer la vida mejor a su prójimo. Adora a su filósofo de cabecera, Kant, quien dijo aquello de “atrévete a razonar” o “la inmadurez es la incapacidad de usar la propia inteligencia sin la guía de otro”. 

Justamente lo contrario de lo que representa su oponente política, la conservadora popular Isabel Díaz Ayuso, para quien la felicidad suprema, según ella misma reconoce, es “vivir el sabor de un Madrid donde ir al bar a tomar unas copas”, un Madrid con tanta libertad, que hasta “puedes irte de bares sin que haya la posibilidad de encontrarte con tu ex”. Un Madrid ajeno a los problemas de salud y con una educación precaria (la CCAA que menos invierte en Educación, 18% menos este año, y la última del mapa en inversión en Sanidad 1.278€ ‘per cápita’ frente a la media, en torno a 1.500€ ‘per cápita’, fuente Ministerio Sanidad). Una ciudad con una vivienda inaccesible para los más jóvenes, con los precios y alquileres más caros de España y uno de los más caros de Europa. Con un 20% de madrileños en riesgo de exclusión social y aproximadamente 200.000 niños en riesgo de pobreza infantil. 

Para toda esta problemática la candidata Ayuso no tiene programa. Para qué molestarse si con pasear por las terrazas de Madrid y no acudir a los debates ya tiene la campaña hecha. Lo cual dice bastante del nivel. Como señaló la ex alcaldesa de Madrid y magistrada Manuela Carmena: “me resulta sorprende que para la señora Ayuso, el máximo del paroxismo de felicidad es no encontrarse con el ex, tomar cervezas, ir a misa o a los toros, ¿no se le ha pasado por la cabeza leer un libro, ir a un teatro o al cine? Quiero decir, ¡Qué barbaridad!”. 

Al candidato Gabilondo, a veces, se le ve incómodo representando un guión estereotipo del candidato electoral que no ha escrito él. A sus 72 años, y en plena pandemia, su equipo lo lleva de acá para allá. A los barrios, a los pueblos, a los mercados, a pasear por las calles y hablar con la gente. Se deja hacer fotos, aunque no es fotogénico ni le gusta posar. Le intentan hacer fotos, y se escabulle como puede: “bueno, ya está, no me gusta hacer numeritos”. 

Gabilondo es pura autenticidad. Y esto le hace chocar con los parámetros marketinianos de las campañas de hoy en día. No es un candidato que calce los guantes pugilísticos para ganar en el cuadrilátero. Gabilondo gana en el cuadrilátero del conocimiento, del aplomo, de la entrega, del compromiso social, y de la credibilidad. Es genuino. Sería un lujo de presidente, pero no vale -dicen de él- para una campaña crispada y enfangada. Es demasiado correcto, educado en el respeto al otro. Gabilondo también sabe utilizar la ironía. Su humor es inteligente, hay que dedicar unos segundos, para ver su alcance. No es hiriente. No tiene colmillos de presa, ni tampoco el PSOE le ha sabido colocar “gregarios que le lleven al podium de la victoria”. Si llega, llegará contra todo pronóstico y por sus propios méritos. Si llega, mucho tendrá que ver su equipo de comunicación que se ha adaptado a él y bebe del ser genuino que es. A contracorriente de las prisas, de la crispación, de la moda, de los twits, de los zascas y de la bazofia en la que se ha convertido la política del espectáculo que tango gusta a los periodistas de la caverna y a los de nuevo cuño que no han tenido tiempo de cuajarse en el conocimiento, el dato y el rigor del contexto.

“Él marca su campaña”, dicen resignados en su equipo. Cuando Gabilondo, a ratos, lee el guión que le escriben la pifia. Gabilondo nunca debió levantarse de la mesa del debate en la Cadena Ser, como fue su primer instinto, aguantar como un demócrata con culo de hierro. El de rebatir con educación, incluso a los misiles envenados de una neofascista sin complejos como Rocío Monasterio. “¿Podría ser usted un poco más educada?” le pedía a Monasterio mientras la representante de la extrema derecha, de Vox, llamaba “cara de amargada” a Mónica García, de Mas Madrid, y le escupía -en plan monja de correccional- a Iglesias: “váyase, pero váyase de España, que aquí nadie le quiere”. O le largaba, con una ironía neo-nazi, a la propia conductora del programa, Angels Barceló: “usted qué es, una periodista o una activista… mírela, mírela, agarrando de la manita a Iglesias”. 

Gabilondo tiene los arrestos que le da el conocimiento, el aplomo que le da la experiencia y la convicción democrática más que suficientes para haber aguantado ahí, como un perfecto demócrata. Y esa lección, en lenguaje “McLuhan”, hubiera valido más que mil mítines. Una verdadera imagen de demócrata inquebrantable: “nosotros damos palabra y lugar hasta a los que no piensan como nosotros. Pero tenemos una línea roja, condenamos la violencia y las amenazas, específicas y personales”. Porque, lo que hizo, primero quedándose y frenando los misiles neofascistas, con educación y rigor, así lo demostraron. Y lo que hizo después, solidarizándose con las quejas, con razón, pero ‘circenses’ de Iglesias, al fin y a la postre, lo único que le valió, en lugar de un agradecimiento del colega, fue un tirón de orejas: “lo hicieron tarde y por el qué dirán”. Poniendo de manifiesto, una vez más el perfil oportunista y populista del tercer candidato por el bloque de las izquierdas (PSOE, Mas Madrid y UP). Un Iglesias, egocéntrico y desleal hasta cuando le ayudan, que es lo único que ha estado haciendo Pedro Sánchez y su Gobierno desde que lo invitara -por necesidad- a formar parte del Consejo de Ministros. Tapando su ignorancia e inexperiencia de gestión y enseñándole, a él y a su esposa, a marchas forzadas para que dejen de exhibir tanta arrogancia como ignorancia. En honor a la verdad, hay que reconocer que lo van consiguiendo. Algo se ha sacudido el pelo de la dehesa Iglesias, que pasó de criticar a la casta a mimetizarse con ella a marchas forzadas.

Aún así, una frase estuvo de más, y Gabilondo lo sabe, en el debate de Telemadrid: “Pablo nos faltan doce días para ganar las elecciones”. A la primera de cambio, Pablo se le ha echado al cuello, aunque todos saben que Pablo apoyará, intentando sacar el máximo de tajada, desde luego. Un gobierno de izquierdas que, hoy, a sólo dos días de las elecciones, está a dos o tres escaños de ser posible. Pero a la gente progresista y socialista le hubiera gustado más escuchar: “Mónica, nos quedan 12 días para ganar las elecciones”. Entre otras cosas porque Mónica sí se lo ha ganado. Ha llevado a cabo una campaña impecable, progresista, ecologista, igualitaria, social. Mónica sería un lujo como vicepresidenta de la Comunidad de Madrid. Con ella acabaría el saqueo a la Sanidad Pública.

Por lo tanto, siempre hay que ir a votar, y como siempre decimos, esta vez más que nunca. Ni un voto en casa. Todos en las urnas. Esta vez nos jugamos un gobierno de extrema derecha en Madrid. Es demasiado serio.

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