Azrael Argentum, una joven que ha hecho detransición advierte del peligro del “sexo sentido” de la teoría queer

“No se puede llamar derechos humanos a alterar cuerpos sanos en nombre del sexismo más rancio”

“No se puede llamar derechos humanos a alterar cuerpos sanos en nombre del sexismo más rancio”

Envuelta en la bandera de la valentía Azrael Argentum, es la voz que mejor representa la cordura abolicionista frente a la crueldad de la autodeterminacion transgenerista. Durante demasiado tiempo, esta española de 28 años que prefiere preservar su verdadera identidad, luchó contra ella misma. “Pasé 20 años odiándome por no cumplir con la imagen irreal que nos venden a todas de cómo debe ser una mujer. Una mujer atractiva a los ojos de los hombres, por supuesto, que es el objetivo supremo que se nos adjudica”. Por eso, y con el peso en el alma de no poder mirarse si quiera al espejo, decidió que la solución a su infierno era hacer la transición definitiva. Pretendía acudir a una clínica de género para “convertirse” en un hombre porque ya no la bastaba con pintarse el bigote u ocultar su pecho. “Afortunadamente no lo hice”.

 

La pandemia frenó sus planes y le hizo escuchar a su voz interior. “La solución no era esa. No soy un hombre y nunca lo voy a ser. El problema no es que yo sea mujer, es el concepto que se ha creado e impuesto alrededor de serlo. En cierto sentido, cuando pensaba en transicionar, sentía que estaba traicionando a las compañeras que tanto sacrifican por intentar que el hecho de ser mujer no se limite ni se entienda en base a unos estereotipos vacíos. Al pensar en transicionar, sentía que estaba lavándome las manos en cuanto a la lucha, pasándome al otro bando, y que, al hacerlo, estaba reforzando aún más el concepto sexista de qué es una mujer y qué es un hombre. Esa no puede ser la solución. Ser mujer en esta sociedad no es fácil, pero empiezo a encontrar cierto orgullo en serlo. Empiezo a reconciliarme con ello”, reconoce. 

  • ¿Cómo es volver a ser tú en lugar de un espejismo?

No es el cambio instantáneo de perspectiva que se suele asumir. Aún no puedo decir que esté satisfecha con lo que veo en el espejo, ni que me sienta en paz absoluta con el hecho de ser lo que soy. Eso sería mentir. Esas exigencias tan crueles durante veinte años siguen grabadas en mi mente. Sigue costándome mirarme al espejo para ver a una persona, y no a un segmento de piel de más o menos extensión al que analizar escrupulosamente en busca de defectos, o a una silueta a la que valorar en “gorda”, “amorfa”, “pasable”, “repugnante”, según cómo me vea o me sienta ese día. 

Intento informarme todo lo que puedo respecto a distintos temas, especialmente respecto a la cultura de la belleza, la cosificación de la mujer y la cultura de la dieta para intentar sustituir esas creencias aprendidas poco a poco, pero tampoco me culpo si me resulta difícil o si sigo sin verme bien. Voy tolerándome, y eso es un paso tan importante como otro cualquiera.

A veces siento todavía el impulso de pintarme bigote y ocultar el pecho, y de perderme en la falsa ilusión de verme como un hombre, con todas las ideas que se suelen asociar a ello (más confianza, libertad, seguridad, desenfado...). Sé que a día de hoy seguiría generándome alivio ver esa imagen. Incluso a veces, muy pocas, me encuentro deseando haber nacido como tal, pero ahora lo veo desde un punto de vista racional. 

Soy consciente de que realmente no hay razón para que yo no me comporte como te he contado, igual que realmente una persona no normativa no tiene por qué esperar a perder su peso o a cambiar su físico para disfrutar de la ropa que desearía ponerse o para atreverse a hablar con quien quiera. Decirlo es mucho más fácil que hacerlo, claro, pero no deja de ser cierto.

  • ¿Se hace difícil exponerse públicamente para denunciar una situación que cada vez deja más patente que las detransiciones no son casos aislados sino dirigidas por un lobbie descarnado?

Creo que siempre es difícil exponerse cuando se trata de un tema personal que afecta tanto a la salud mental y física, especialmente cuando las razones de fondo han sido siempre motivo de vergüenza, sufrimiento y hasta odio hacia uno mismo por parte de la persona afectada. A todo el miedo y la inseguridad que le invade a una cuando se atreve a hablar públicamente de algo así y a dejar de ocultarlo, se suma en este caso además el miedo a las posibles represalias. 

Antes parecía que el acoso se centraba sólo en figuras importantes o famosos, pero en el tiempo que he estado en Twitter me he encontrado con que basta que tu opinión sea contraria a ciertos intereses para que se te echen encima con insultos, amenazas... hasta el punto de llegar a suspender la cuenta a alguien por denuncias en masa. Personalmente nunca me ha pasado, apenas tengo seguidores y paso bastante desapercibida, pero nunca se sabe. Siempre puede llegar el día en que me toque a mí ser la acosada.

  • El acoso también llega al terreno laboral…

Así es. He visto a ilustradoras y a escritoras que se muestran contrarias al lobby a las que se les niegan ofertas o la visibilidad que se merecen por su trabajo. Su influencia es tal que amenazan a editoriales con que retiren libros o, como menciono, negarles un trabajo por el que habrían sido elegidas sin dudarlo si no fuese por su postura ante ese tema. Hay mucha gente que tiene miedo a hablar o a dar su verdadera opinión por miedo a perder su trabajo o a que le cancelen. La inmensa mayoría de víctimas del acoso y la cancelación son mujeres, además, mientras que a los hombres que defienden lo mismo suelen dejarle más a su aire, misteriosamente.

  • ¿Hay boicot a que voces como la tuya no se os escuchen?

Consciente o inconscientemente, no interesa lo que tenemos que decir. En el sentido económico, no interesa porque no da dinero. Es contrario al negocio que están montando a base de engañar a gente haciéndoles creer que son firmes defensores de una causa por la que no habían mostrado interés alguno hasta que se dieron cuenta de que podría salir rentable. Convencer a la población de que deben seguir una serie de exigencias y estereotipos inventados que muy pocos pueden cumplir a rajatabla y proponerles a la vez la “cura” a su imperfección mediante fármacos y operaciones es un gran negocio. Ya se hizo con las dietas y la cosmética, y las ganancias ascienden a billones.

Por otro lado, el colectivo está formado por gente que ha sufrido mucho a lo largo de su vida por ser incapaces de cumplir con esos estereotipos y exigencias. Es lógico que encuentren como consuelo, muchas veces el único, el formar parte de una “familia” consistente en otras personas a las que la sociedad también excluye o invisibiliza de una forma o de otra.

Cuando les planteas siquiera la idea de que la solución no sea necesariamente alterar el cuerpo con hormonas y cirugías, o incluso que no siempre funciona, es aún más lógico que se nieguen a escuchar. Ven la transición como la única salida, ya de por sí difícil de asumir y de llevar a cabo, y como la única forma de mostrarse como son en un mundo profundamente sexista. Cualquiera al que se le amenace con destrozar su única salvación, o la única en la que cree, atacará sin reservas porque a sus ojos le estás dejando sin esperanza. No sólo eso, sino que para ellos estás negando su identidad, su único refugio.

  • ¿Las etiquetas de género fluido o no binarie actúan también como una falsa libertad?

Si ser mujer u hombre no fuese un conjunto de estereotipos, no existiría la necesidad de “salirse” de ese binarismo. Precisamente no creo que esas personas estén rompiendo con nada, lo único que hacen es huir y reforzar aún más esos estereotipos dañinos en vez de abolirlos. En ese sentido entiendo que se refieran a las personas detransicionadas como “falsos trans” por arrepentirse, por decir que transicionar no arregló sus problemas ni les hizo felices, o por decir que transicionar empeoró su salud mental a largo plazo. 

Esos testimonios también son fisuras en la ilusión de “arreglar” lo que está mal en ellos centrándose en la idea de que, si dejan atrás “su anterior ser”, serán felices. Nunca es sólo la idea de transicionar, es lo que se proyecta en ese cambio. También se aplica en una persona que busque perder peso o cambiar cierto aspecto de su apariencia. Uno fantasea con que gracias a ese cambio podrá hacer todas las cosas que ahora desea pero no se siente capaz de hacer o con derecho a hacerlo (llevar ropa bonita y sentirse bien haciéndolo, ir a la playa sin miedo, ser más abierta, atreverse a hacer amigos, encontrar al amor de su vida, que le acepten, que le quieran, sentirse válido, mostrar una conducta o un aspecto contrario a lo que se espera por el dictado del género...), o incluso se convencen de que por fin podrán ser ellos mismos, cuando no hay ninguna razón en el sentido estricto que les impida alcanzar todo eso con lo que sueñan, incluyendo ese “verdadero” ser, si aprenden a aceptarse tal y como son ahora, con lo que son y tienen en el presente, y no en un futuro idealizado que casi nunca cumple las propias expectativas.

  • ¿Y esa idealización no tiene límites?

El peligro y la rentabilidad de obsesionar a la población con supuestos defectos a modificar o eliminar, es que esa idea de perfección no tiene límite, con lo que la persona puede creer que, si consigue cambiar en algo, estará por fin satisfecha con lo que es, pero no es cierto. Seguirá encontrando más y más defectos, porque la perfección no existe. Esa combinación de perfeccionismo e idealización de su “nueva vida” una vez resuelto el problema que creen tener, suele tener efectos catastróficos porque sus efectos no suelen ser tan maravillosos ni definitivos como imaginan.

Para muchos si has detransicionado o si no has llegado siquiera a transicionar es porque realmente no eras trans de verdad. Es curioso cómo defienden que ser trans es un paraguas en el que cabe todo, sin que haga falta hormonarse para considerarse como tal, pero a la vez si detransicionas o desistes, y ya no les compras el discurso, juzgan que no eras realmente uno de ellos. Alguno me ha llegado a preguntar si conozco a alguna persona trans. Asumen que, si estás en contra de esas ideas, es porque eres una ignorante y te sacan la carta del “deberías escuchar lo que tienen que decir”. Supongo que lo que tenga que decir yo, falsa ex-trans, no cuenta. Me reí en su día, pero en el fondo es bastante triste el panorama.

  • ¿El movimiento transgénero es sexista y homofóbico?

Desde mi punto de vista, lo es y mucho. Sólo el hecho de basarse en la idea de cuerpos equivocados o en una lista de estereotipos ridículos para clasificar a una persona como poseedora de un alma o esencia de “mujer” o de “hombre” debería ser suficiente para desdeñar ese despropósito, por no hablar de los que creen que la opresión de la mitad de la población puede pasar para ellos como una identidad o un look que llevar. A día de hoy sigo sin saber describir qué es esa sensación y ese sufrimiento que sentía de ser un hombre sin caer en estereotipos. Y, aun así, mucha gente se lo traga sin pararse a pensarlo siquiera.

Detrás de esto hay una falsa idea de compasión. No la compasión de entender el sufrimiento del otro y de dónde procede, de intentar atajar la raíz del problema, si no esa idea de apoyar y aceptar automáticamente cualquier cosa que diga la otra persona por miedo a ofenderla o herirla, incluso sabiendo que no tiene razón.

Yo entiendo de primera mano el sufrimiento, el miedo, el desprecio hacia uno mismo. He vivido así toda mi vida, pero que lo entienda no quiere decir que defienda una supuesta solución que me parece aberrante. Precisamente porque sé lo que es, lo condeno con más dureza porque me enfada. Me enfada que se engañe así a gente vulnerable que lo único que busca es un motivo para aceptarse, dejar de sufrir y en muchos casos dejar atrás una vida repleta de dolor y de traumas que le impiden seguir adelante. El hecho de que muchas de esas personas sufriesen ya trastornos de carácter obsesivo, de la personalidad, de la imagen o incluso de la conducta alimentaria antes de considerarse trans o pasar por una transición no me parece una coincidencia. En absoluto.

  • ¿No crees entonces que todos los casos sean homofobia?

Es suficiente vivir en una sociedad en la que el concepto de ser una mujer es tan vomitivo en cuanto a lo superficial y sexualizado, a lo injusto de nuestras condiciones en todos los aspectos, como aterrador en cuanto a la violencia física y mental a la que se nos somete desde que nacemos, para que se llegue a la conclusión de que ser mujer es una condena y una cárcel. En muchos casos las mujeres que no cumplen con los estereotipos ven la transición como una salida al horror que padecemos, sumado al refuerzo de que ciertas conductas son propias de hombres o mujeres. Aquí sí incluiría a las lesbianas. Si bien no creo que todos los casos oculten necesariamente a una persona homosexual, sí afirmo rotundamente que el movimiento es homofóbico hasta decir basta. 

En muchos testimonios se muestra claramente a unos padres que rechazan rotundamente la idea de tener un hijo homosexual y mencionan el clásico caso de una niña que detesta los vestidos y comportarse como una princesa estirada, o de un niño al que le gustan los vestidos, las muñecas o que es más sensible de lo que se acepta en un varón. Ven más asumible el cuento de que su hijo encierre en realidad una esencia o alma mágica femenina y que la madre naturaleza se ha equivocado de alguna forma en el reparto de cuerpos a que su hijo sea simplemente gay, o que simplemente no le guste lo típicamente masculino. Al fin y al cabo, el primer caso supone tener una “hija” heterosexual, lo que les suena bastante mejor y normalizado que la otra opción.

  • ¿Y en el caso de las lesbianas?

Creo que en ellas también influye el hecho de que están tan sexualizadas que más que una orientación sexual parece haberse vuelto un simple fetiche masculino para masturbarse. Cuando algo tan importante en la vida de una persona se divide en desprecio, insultos y marginación, o el extremo contrario de convertirse en una de las categorías más consumidas del porno, es normal que genere rechazo o vergüenza, y es aún más comprensible que prefieran considerarse hombres hetero que mujeres lesbianas.

  • Cuando escuchas a los cuirs decir que luchan “por los derechos humanos”, ¿qué te pasa por el cuerpo?

Me generan dolor de estómago, de la mala leche. Yo no llamaría derechos humanos a alterar cuerpos sanos en nombre del sexismo más rancio. Es una mentira y como siempre, pagan los que más sufren y más ayuda necesitan. La ayuda real no me parece necesariamente transicionar, aunque pueda haber casos extremos en los que no haya otra solución mejor. Puedes darle ibuprofeno a quien se dé de martillazos en la cabeza, pero lo más lógico y eficaz es quitarle el martillo, o al menos conseguir que deje de golpearse. Con ese ejemplo me refiero a ir a la raíz del problema o del sufrimiento, no a insinuar siquiera que esas personas tengan siquiera un mínimo de culpa de lo que padecen, porque no lo creo así.

  • ¿Qué darías porque alguien te hubiese explicado en su día que en realidad la disconformidad de tu cuerpo nacía de los estereotipos de género?

En el fondo lo sabía. Una parte de mí me decía que era injusto sentir asco hacia mí misma y odiarme por aspectos que en el otro sexo se consideraban normales. Me daba rabia saber que si la sociedad, incluyéndome a mí, hubiese sido educada libre de esos estereotipos, yo estaría sana, al menos en ese sentido. 

No me hubiese encontrado desde muy pequeña encerrándome en el baño para cambiarme en los vestuarios porque incluso de aquella sabía que tener acné o vello no era bueno, que daba asco. Vivía como un monstruo escondido en la oscuridad, sabiendo que ese era mi lugar porque no era “normal” y nunca lo sería. Ni siquiera consideraba que tuviese derecho a existir o a no ser invisible.

Quizás más que el hecho de saber que eran estereotipos, me hubiese ayudado más ver a otras niñas o mujeres que padecieran lo mismo que yo y que no se avergonzasen de ello. Ver que no estaba sola y que no era un monstruo, que muy pocas mujeres de hecho cumplen en su totalidad esos estereotipos absurdos. Que no son la realidad y que no había nada malo en mí ni en ninguna de nosotras. También la representación de parejas homosexuales como algo normal me hubiese ahorrado bastantes dudas y sentimientos de culpa que aún no he resuelto.

En general, no me gusta mucho pensar en qué habría sido de mí si las cosas hubiesen sido distintas. No puedo cambiar el pasado, no puedo saber exactamente cómo hubiese sido mi vida en otras circunstancias. Fuese como fuese, no importa, porque no va a ocurrir. Lo único que puedo hacer es tratar de entender por qué ocurrió, informarme al respecto e ir sustituyendo mis creencias antiguas por otras nuevas que, a diferencia de las anteriores, he razonado y decidido creer por mí misma. Lo único que queda como consuelo es haber aprendido de lo ocurrido y a veces, la posibilidad de que esa experiencia pueda servir a otras en una situación similar.

  • ¿Qué consecuencias sobre tu salud tienes?

Afortunadamente no llegué a hacer la transición ni por cirugía ni por hormonas. Estuve a punto de solicitar cita a una clínica de género, pero coincidió con el primer confinamiento por covid. Después de eso, ya no lo consideré necesario. Aun así, sufro de ovario poliquístico desde los 11 años, lo que supone un desequilibrio hormonal en el que los niveles de testosterona suelen verse elevados, aunque ni mucho menos de forma tan extrema como en el caso de una transición. Ese desequilibrio hormonal me produjo hirsutismo (crecimiento exagerado del vello) en la barriga, el pecho y el cuello, entre otras zonas, lo que coincide en cierto modo con algunos testimonios de mujeres que dejaron el tratamiento con testosterona y se encontraron teniendo que recurrir al láser, o continuar afeitándose incluso años después de haber detransicionado. También padezco acné en el pecho, los hombros y la espalda, y no es raro que deje marcas.

Entre otros efectos de la testosterona, sumado al estrés crónico, mi pelo se volvió escaso y débil. En mi peor época llegué a tener calvas. No puedo llevarlo más largo de la oreja o empieza a notarse su escasez. Aunque estoy sana, también se asocia el exceso de testosterona en mujeres con resistencia a la insulina, diabetes, ausencia de menstruación, alteraciones en la ovulación, dificultad para concebir e incluso cáncer. Creo que sirve como idea de lo peligroso que es llegar a inducir niveles incluso mayores, en los que se produce atrofia vaginal y problemas óseos, además de aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares por el descenso de los estrógenos.

  • ¿Hay más frivolidad en la profesión médica que interés económico a tratar a menores y adolescentes a la transición?

La industria farmacéutica suele tener un gran impacto en el ámbito de la salud y por lo que parece, deben de estar frotándose las manos. Al final estamos hablando de pacientes crónicos. Gran parte de las ganancias hasta ahora las llevaban operaciones estéticas o retoques puntuales, pero esto es bastante más interesante para el bolsillo. ¿Para qué limitarse a convencer a alguien de que debe operarse la nariz, el pecho o cualquier parte que no resulte tan “perfecta” como nos han hecho creer que debe ser si puedes convencer a alguien de que la práctica totalidad de su cuerpo está mal o de que todos sus anhelos y su verdadero ser sólo pueden darse si se hormona durante años y termina operándose para parecerse al sexo al que dice pertenecer? Habrá profesionales que realmente quieran ayudar, pero creo que lo que impera aquí es el dinero y los intereses de las multinacionales.

  • ¿Se tienen que mantener los espacios seguros para las mujeres?

Sí, definitivamente. Me parece algo esencial. Sólo quien se ha criado como un privilegiado podría exigir que se cumplan sus caprichos por encima de los derechos de quienes saben muy bien lo que es sentir miedo en presencia de un hombre. Es el caso de un privilegiado o de una persona que exhiba la clásica educación femenina de anteponer los deseos de cualquiera ante los suyos, incluso sabiendo que al hacerlo saldrá perdiendo.

  • Si pudieras pedir un deseo, ¿Cuál sería?

El de seguir reconciliándome poco a poco conmigo misma. En cuanto a todo lo relacionado con lo transgénero desearía que este movimiento caiga por su propio peso y que lo haga pronto.

 

Nuria Coronado Sopeña es periodista, conferenciante y formadora en comunicación no sexista. Además es autora de Mujeres de Frente y Hombres por la Igualdad (Editorial LoQueNoExiste); Comunicar en Igualdad (ICI), documentalista de Amelia, historia de una lucha (Serendipia) y Premio Atenea 2021 @NuriaCSopena

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