¡Votar para qué! ¡votar para que nadie hable por mí!

¡Votar para qué! ¡votar para que nadie hable por mí!

La democracia es un sistema en plena juventud; mal medido 200 años. Lo que denominamos democracia liberal, elección de gobernantes y garantía en el ejercicio de las libertades públicas y los derechos fundamentales, es un sistema de gobierno de la sociedad que con plenitud (voto universal, incluido el voto femenino) en España no llega al siglo y con la dramática y traumática interrupción de cuarenta años. 

Tras más de cuatro décadas, desde la recuperación de la democracia en España y habiendo tenido un largo y doloroso alumbramiento, coexistiendo con un sanguinario terrorismo del cual aún supuran sus heridas y sin que sus herederos muestren arrepentimiento, la democracia sigue siendo castigada, eufemísticamente en nombre de la democracia. En unos casos, por aquellos que se creen en el derecho de segregarse por un resultado electoral y en otros por los que históricamente creen que tienen una escritura de propiedad sobre España a su nombre. 

Tenemos un serio problema por no tener una historia democrática compartida. La frase equivocadamente atribuida a Voltaire “No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo", es una gran máxima de expresión de la libertad y del liberalismo político: el derecho a discrepar, como valor supremo. Una democracia sin valores es un cántaro vacío y uno de estos, también supremo, es el rechazo absoluto a la violencia. Esta nunca puede ser el método para la resolución de los conflictos o de las discrepancias; su no rechazo es tanto como su aceptación. 

La política en un régimen democrático no es todo, aunque es esencial al ser el lugar de actuación en el que se determina, de manera directa o indirecta, el ejercicio del poder. Poder alcanzado mediante el voto libre de los ciudadanos, ¡otra cosa no es democracia! También es importante entender que el poder político, solo conforme a estas reglas y principios, determina quien está en posesión de los instrumentos a través de los cuales se ejerce la fuerza física, de manera exclusiva y excluyente, siempre dentro de la ley y sólo para garantizar el interés general. Las armas de la política, de los políticos únicamente están en la palabra. El uso de la misma es igualmente una grandeza democrática salvo que lo único que se persiga sea la ofensa o humillación de los otros. 

Ello significa que el entendimiento y aceptación, sin ningún género de dudas y dobleces, de esta secuencia de principios o ideas, es la condición necesaria para estar dentro o fuera del sistema democrático. Elegir quedarse fuera es también una opción, pero tiene que tener sus consecuencias.  

Quizás por su juventud, el sistema democrático ofrece serias debilidades y hay que esforzarse por hacerle madurar. El cansancio de la ciudadanía no es casual ni fortuito, se realimenta por aquellos que sin tapujos se esfuerzan en debilitar el crédito de las instituciones democráticas, tanto representativas como de gobierno, creando de manera paulatina un estado anímico de desencanto y haciendo que se perciba la participación política como un acto inútil y con pocas consecuencias prácticas para la vida cotidiana; cuestionando la relación eficaz entre el elector y la decisión política final. En consecuencia, un argumentario tan vacío como peligroso que esconde en el fondo un: ¡Votar para qué! Eso sí, si votas no te dejes engañar, solo se puede votar lo auténtico, el pensamiento único y veraz, el que está en la cabeza de todos los españoles, pero ellos aún no lo saben.  

Ahora bien, el desencanto también puede llegar a producirse por un error de cálculo siguiendo una estrategia equivocada, eso pasa cuando se vacía la política de compromiso, de verdadero contenido ideológico y programático. Esto se produce cuando se construye una política vacua, sin preocuparse de la distancia que esto provoca entre esta y lo realmente importante. Una “nueva política” fundamentada en lo icónico, retórico, del promisorismo compulsivo para la caza del voto, sin reparar en que, tarde o temprano, la ciudadanía también caerá en la frustración. Es el neófito error de considerar las elecciones políticas como un mero juego de consolidar posiciones de ocupación de poder y creer que el cambio político es un fin en sí mismo. 

En la democracia actual ni todo es política, ni todo puede ser una lucha permanente por el control del Estado, algo propio de las ideologías totalitarias. En la democracia en la que vivimos y en la que, a buen seguro, la mayoría queremos vivir está abierta al debate sobre lo que es y no es bueno para la sociedad. Para reforzar esta democracia hay que trabajar para que lo político deje de estar imbuido por el espectáculo, por el electoralismo como un fin en sí mismo, por competir sobre quien maneja mejor las redes sociales e incluso quien dice el exabrupto más grande y descriteriado. No olvidar que en lo no político también hay vida…, es la vida donde se desarrollan nuestros afanes y también se residencian las frustraciones, conviven las alegrías y las penas y sobre todo donde cobijamos nuestros miedos e inseguridades y asentamos nuestras certidumbres de futuro. Eso no podemos hacer que nos lo arruine la política penetrando en ello.. 

Lo que estamos viviendo con las elecciones de Madrid nos tiene que llamar a reaccionar. Evitar que la democracia se reduzca a un mero ritual formal ausente de valores que conciten a los ciudadanos a participar en un proyecto colectivo. Combatir a los mentores de la apatía política, el qualunquismo que dicen los italianos, que con su espectáculo nos quieren conducir a lo «antipolítico».  A la negación del otro, de los otros. Se empieza por negar el valor de la política tildándola de chiringuito pesebrista (la de los otros), se continua por negar la legitimidad del otro (otros) aunque sea obtenida por las mismas reglas que la de todos y se finaliza por negar el derecho a la existencia del diferente, ya sea por el color de su piel, su capacidad económica (aporofobia según la denominación de Adela Cortina), su ideología (socialistas, comunistas, masones y gentes de mal pensar) o lo que sea. Todo vale.    

Los principios y valores de la democracia no son a cata y aprueba; o se cumplen y respetan o te quedas fuera. La tolerancia, no violencia, respeto, equilibrio institucional …son esenciales. Democracia es mucho más que una bella palabra. Es lo que tenemos para agregar y articular los diferentes intereses, resolver conflictos… Se basa en el debate público y en la confrontación pacífica, nadie impone, ni excluye, ni tiene opción alguna ni siquiera de verbalizar la aniquilación del adversario. La confrontación electoral no justifica desnaturalizar, pervertir el sistema democrático. 

Nadie puede tomar la parte por el todo. Los españoles somos muchos, unos creen una cosa y otros otra, y yo no autorizo a nadie que hable en mi nombre… ¿Qué es eso de los españoles piensan que …? . Solo Usted lo piensa, Usted y los suyos, los otros no. No quieran monopolizar de nuevo el pensamiento de los españoles. 

Las palabras tienen mucho valor, en democracia más, y la mejor palabra es el voto. La manera de responder a los que quieren excluir a unos españoles blancos, negros, cristianos, musulmanes, ateos, pobres, ricos, con una condición sexual u otra, jóvenes o viejos, pero sobre todo creyentes del inmenso e innegociable valor de la democracia es llenar las urnas de votos que griten bien alto: ¡Nunca más me vas a echar de España pues soy español!  ¡Aunque tú palabra se asemeje más a un rebuzno defenderé con mi vida tu derecho a rebuznar! ¡El respeto y la dignidad me los he ganado yo. Tú no me la regalas! 

 

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