El valor de la mentira

Isabel Díaz Ayuso en la terraza de un bar en Madrid

El valor de la mentira

Son muchos, cada vez más, dicen, los que intentan arrastrarnos a aquel pasado en el que los españoles vivíamos sin sorpresas. Todo ocurría como estaba mandado. Las familias planeaban las vacaciones, el regreso de las vacaciones, el trabajo y otra vez las vacaciones sin temer que un cataclismo alterase su rutina. No había campañas electorales ni tiroteos de bandas rivales en las calles ni quema de contenedores ni asaltos a sedes de partidos ni peleas ni discusiones callejeras entre adversarios ideológicos. No había nada que cuestionase el poder homogeneizador de Franco. Había descarriados que estropeaban la masa de vez en cuando, grumos que sobresalían pidiendo libertad o actuando como si la hubiera. Rápidamente aparecía la cuchara de palo para deshacerlos, y si alguno se resistía, acababa en el suelo de una cárcel o en una fosa. Pero el tiempo y los adelantos han cambiado a la gente, han cambiado a la mayoría con tal radicalidad, que la mayoría se resiste radicalmente a volver a aquella época idílica, a aquella paz de los sepulcros.

El viernes era Viernes Santo. En aquellos tiempos de la santa paz, era día de penitencia y abstinencia; día de música sacra en la radio y de películas de romanos en la televisión. Quien tuviese siete iglesias cercanas visitaba los siete Monumentos de rigor rezando algo y elogiando o criticando luego el montaje. Estaba tan mal visto incumplir en todo o en parte la tradición, que nadie la incumplía por miedo a ser tomado por un grumo. En este año del Señor, sin embargo, el florido mes de abril empezó con fuegos artificiales.

En Cartagena, alguien lanzó un cóctel molotov a la sede de Unidos Podemos. En la gran América, un individuo entró con su coche en terrenos del Capitolio, se estrelló contra una valla de protección, bajó del coche esgrimiendo un cuchillo, mató a un oficial de la policía y fue abatido por otros oficiales. En Bilbao, una multitud de forofos pasó la tarde del viernes quemando contenedores en la calle y lanzando botellas a los policías. Juerga, jaleo, peligro, destrucción, muerte. Estos incidentes y algunos más parecen conducirnos a la antiquísima conclusión de que todo tiempo pasado fue mejor, más tranquilo y hasta más bonito, con esculturas de un hombre, clavado en una cruz por nuestros pecados, pasando por las calles con acompañamiento de música que aprieta la garganta y exprime los lagrimales para que parezca que todo creyente sensible llora por los pecados que crucificaron a ese hombre ensangrentado de quien dicen que procede el perdón y que nos perdona si lloramos por nuestros pecados una vez al año. Este año, ni Cristo salió a la calle. En la calle, además de los revoltosos, estaban los descreídos pasándoselo de santa madre en terrazas y otros lugares aptos para la diversión porque los únicos grumos que afean la masa en este milenio son los que no tienen dinero para gastar.


Por María Mir-Rocafort



Libertad pedían aquellos grumos valientes de otros tiempos que lo arriesgaban todo por fermentar a una masa dormida a palos. ¿Libertad para qué?, hoy se preguntan las gentes de bien atemorizadas por las imágenes de desmadre violento que ven en sus pantallas. Y los politiqueros nostálgicos de los tiempos del poder absoluto de las derechas les responden que esa es la libertad que quieren los sociocomunistas bolivarianos que todo lo destruyen, sobre todo las cuentas bancarias de los medio pobres porque su intención primordial es subir los impuestos para arruinar al mundo entero. Y eso sí que causa y extiende el pánico. Entonces, ¿no tendrían bastante los líderes nostálgicos de las derechas con amenazar en campañas, ruedas de prensa, tertulias, intervenciones en el Congreso con lo de la subida de impuestos para aterrorizar al personal y convencer a todo adulto normal de que votar por las izquierdas es abocarse a la ruina? ¿No es tener la cartera vacía o la cuenta bancaria en números rojos o las dos cosas lo peor que le puede pasar a todo adulto normal en nuestra era de poder absoluto del dinero? Sí, sin duda. Ya dijo uno de los que más saben que el pobre no existe; que confesar en público la pobreza es dejar de existir. Pero a los nostálgicos del poder absoluto de las derechas no les basta con el miedo a los impuestos que puedan inocular en los medio pobres. ¿Por qué?

En una democracia, como todos sabemos, el éxito de los líderes políticos depende de su habilidad para convencer a los votantes. Convencer exige ciertas técnicas y el dominio de ciertas técnicas depende del entrenamiento que al líder proporcionan sus asesores de comunicación.

Pues bien, todo asesor de comunicación eficaz y al día sabe que las ideas no tienen poder suficiente para emocionar; que en una época en la que impera la comunicación audiovisual, lo que no se ve ni se oye no emociona. La mentira de la subida generalizada de impuestos tardaría mucho en calar si las izquierdas no paran de repetir que subirán los impuestos únicamente a los más ricos. Una mentira contra una verdad tiene un recorrido lento, y los nostálgicos del poder de las derechas tienen prisa. ¿Qué hacer entonces? Ruido, mucho ruido. Ruido de insultos, de acusaciones horrendas. ¿Pero no es eso lo mismo que mentiras contra verdades? No si se acompañan con caceroladas y manifestaciones cortando calles, con incendios de contenedores, con pintadas y cócteles molotov contra las sedes de los partidos de izquierdas, con grupos de tipos fornidos y violentos amagando bronca contra los asistentes a mítines de izquierdistas.

Las mentiras calan si se repiten sin parar, eso lo sabe todo el mundo. Pero calan aún más profundamente y a toda velocidad si se introducen en las mentes más cándidas a lo bestia. Desde los comienzos del partido NAZI en la Alemania de Hitler, sus oradores se encargaron de la divulgación de mentiras contra el Partido Comunista y los partidos socialdemócratas. Pero lo que más intensamente impresionó al vulgo fueron los desfiles de los grupos paramilitares del partido y sus ataques sangrientos contra los participantes en mítines izquierdistas. Las salvajadas nazis, con sus consecuencias de millones de muertos, fueron tan espectaculares que en la historia escrita y oral aparecen como los artífices de todos los males que asolaron a la Europa de su tiempo.


Por María Mir-Rocafort



Pero no fueron los nazis los primeros que crearon en Alemania grupos paramilitares. Los primeros partidos que crearon grupos paramilitares y atentaron contra la República de Weimar después de la Primera Guerra Mundial fueron algunos partidos conservadores. Fueron esos partidos los primeros que declararon la guerra a muerte contra comunistas y socialdemócratas, metiéndolos a todos en el mismo paquete ideológico. ¿Por qué? La explicación es muy sencilla. El objetivo primordial del conservadurismo es la conservación de los privilegios de sus líderes y de sus protectores. El objetivo primordial de la socialdemocracia es procurar a todos los ciudadanos una vida digna en una sociedad fundada en la igualdad de derechos y oportunidades. La igualdad de derechos y oportunidades defendida por las leyes es siempre una amenaza contra aquellos que se niegan a ceder sus privilegios particulares.

Y ya falta poco para el 4 de mayo. La sarta de disparates, insultos, acusaciones falsas de la presidenta de la comunidad, repetidas y jaleadas por líderes de los tres partidos de derechas, suenan desde el principio de la legislatura por los altavoces de radios y televisiones afines. Pero por si las mentiras, las falsas acusaciones, la difamación contra miembros del gobierno y líderes de partidos izquierdistas no hubieran calado bastante en las mentes de los votantes ilusos y desinformados, los asesores aconsejaron a la presidenta pasar a la acción. En primer lugar, el shock de la convocatoria de elecciones puso de punta todas las orejas. En segundo, la genialidad de un eslogan que ponía en mayúsculas gigantes la gloriosa palabra LIBERTAD emocionó a los más sensibles. En tercer lugar, pero primero en importancia, a los madrileños se les ofreció realmente la experiencia de sentirse libres, más libres que los demás españoles, absolutamente libres de hacer lo que les diera la gana sin la coacción de los científicos y sanitarios que amargan la vida a todos predicando solidaridad y sensatez. Claro que lo de acompañar la libertad con su falaz contraposición con el socialismo o el comunismo es una estupidez que sólo puede impresionar a estúpidos, pero si esa libertad se ve, se palpa, se vive en las calles atiborradas de paseantes, en las terrazas llenas de bebedores y comensales, en las fiestas en locales y pisos turísticos donde se bebe y se baila en alegre promiscuidad sin mascarillas asfixiantes ni distancias antisociales, no es de extrañar que los ciudadanos con derecho al voto en Madrid agradezcan su libertad a su presidenta el 4 de mayo votando para que repita, no sea que la seriedad del candidato socialista les vuelva a confinar a todos si las cifras de hospitalizados y muertos se vuelven a disparar. ¿Y qué decir de los dueños de bares y restaurantes y discotecas y pisos turísticos? Seguramente no habrá ni uno que no vote por su presidenta porque, si pudieran, hasta la manteaban.

Es dudoso que el discurso razonable o que estrategia alguna pueda vencer la popularidad de la autorización al desmadre o simplemente a olvidar la negra peste que nos está amargando la vida. Ni siquiera los escrúpulos contra la eutanasia y el asesinato. La peste está metiendo a tantos en el pozo negro de la depresión, que no hay reparo que impida que las almas busquen el alivio de la compañía, la diversión o la juerga, aunque esos momentos de inconsciencia le puedan costar la vida al inconsciente o puedan llevarle a su casa cargado con el virus que puede costar la vida a los que más quiere o a los que más debe. Todos saben que Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado y todo los suyos mienten; que se han pasado toda la legislatura mintiendo y que cada promesa sobre la proximidad de un tiempo mejor es la mentira más burda de todas. Pero con la verdad absolutamente desvalorizada por los triunfos que exhiben quienes han triunfado gracias a la mentira, la mentira es hoy el valor que triunfa porque es lo que hace felices a los tontos y tontos los hay por millones.

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