“Las feministas luchamos contra la distopía de convertir en irrelevante el sexo y que cuestiona la propia categoría mujeres”

“Las feministas luchamos contra la distopía de convertir en irrelevante el sexo y que cuestiona la propia categoría mujeres”

Con análisis crítico y coherencia argumentativa así responde Alicia Miyares, Doctora en Filosofía por la Universidad de Oviedo, a la parodia y la incongruencia posmo del generismo y “a esa parte de la izquierda que ha sucumbido a las tesis posmodernas y relativistas” que pretenden que las mujeres caminen “como gozosas corderillas” y compren como si fuera feminismo “posiciones que defienden el individualismo y el deseo como único criterio de afirmación para abandonar el sujeto mujer en nombre de la diversidad”.

Un mensaje que para la autora de Distopías patriarcales es sinónimo de patriarcado. “El feminismo no puede ser irracional. Ser feminista no es una vivencia íntima, es identificarse con una agenda de hace tres siglos que no se puede dinamitar para adaptarla a las expectativas de cada persona. Ser feminista es luchar contra los discursos reactivos y las trampas conceptuales”.

  • ¿Lo trans ha roto la convivencia?

Lo trans es una nueva construcción identitaria de carácter impositivo. Es una identidad cuya pretensión es alterar el significado social de sexo/género y orientación sexual, pretendiendo además redefinir la categoría mujeres. Lo trans pretende la irrelevancia jurídica y administrativa de la categoría “sexo”, sustituyéndolo por “identidad sexual” entendida como “sexo psicológico subconsciente sentido como propio por cada persona y que le autodefine como hombre, mujer o persona no binaria”.

A su vez, si en la definición clásica de “orientación sexual” es relevante el sexo de las personas para poder describir la heterosexualidad u homosexualidad ahora se circunscribe a la “identidad sexual”, entendiendo por “orientación sexual” la preferencia afectiva y/o sexual de la persona por personas con la misma o diferente identidad sexual.

  • ¿Cuál es la finalidad de esta nueva definición de “orientación sexual”?

A mi modo de ver esta redefinición sigue consecuencias indeseables de verdadera persecución inquisitorial contra, por ejemplo, las mujeres lesbianas. Si la orientación sexual descansa en la identidad sexual se puede fácilmente dictaminar que sentirse atraído solo por personas con determinado tipo de genitales es “cissexista” y que expresar este tipo de preferencias es una declaración de odio; Transfobia será, pues, no aceptar la existencia de “penes femeninos” y “transfobia interiorizada” será el rechazo de las mujeres lesbianas a mantener relaciones sexuales con personas con pene que se sientan lesbianas. Esto ya está sucediendo…

La definición de “identidad sexual” tal cual es descrita por los defensores de la identidad “trans” es ampliamente cuestionada por sus evidentes connotaciones neurosexistas, pero es, sin embargo, la piedra angular sobre la cual edificar la nueva “ingeniería social”. Seguidamente “lo trans” pretende, a su vez, instaurar un nuevo significado de la categoría “género”, diametralmente opuesta a la perspectiva crítica del género planteada por el feminismo.

  • ¿Es una jugada maestra para acabar con este análisis crítico?

Para los defensores de la identidad impositiva “trans” por “género” deberíamos entender: “el conjunto de características adoptadas, social y culturalmente, como expresión y manifestación de la identidad sexual de las personas”. ¡Adiós al análisis crítico de la noción de “género”!

Las definiciones expuestas anulan cualquier posibilidad de analizar críticamente tanto la construcción de las identidades y la subjetividad como las pautas sociales y culturales. Pero, además, por si no nos había quedado claro que no hay que cuestionar pautas sociales y culturales ni identitarias, se nos pretende imponer una nueva horma psicológica y coactiva que deriva del reconocimiento jurídico de la “identidad de género” al entenderlo “como vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente”.

Así pues, cuando como feministas criticamos las leyes de identidad de género estamos rebatiendo también los nuevos significados que se quieren conferir al “sexo”, al “género”, a la “identidad sexual” y por extensión a la “orientación sexual”. Estamos luchando contra esta nueva distopía que pretende convertir en irrelevante el sexo a la vez que cuestiona la propia categoría “mujeres”. Lo Trans es una identidad impositiva y misógina que exige a las mujeres que aceptemos categorías inestables, permeables y fluidas como “trans” y que aceptemos la definición de las mujeres como “cismujeres”.

  • ¿Esta imposición hecha desde una supuesta izquierda duele más?

Mas que dolor produce perplejidad. Podemos decretar por ley la ruptura con el sistema binario sexo/género mediante leyes de identidad de género, pero no desactivaríamos en absoluto la persistencia de la desigualdad estructural sufrida por las mujeres. Por el contrario, sería como rubricar en textos legales la general misoginia social y cultural que se niega a entender que la causa de la desigualdad de las mujeres es nacer con el “sexo inadecuado” y que la construcción social del sexo, o lo que es lo mismo el género, es un síntoma de haber nacido mujeres.

class="img_ampliable" style="margin: 15px; float: right;" src="/fotos/editor/31300/1617032452_portada-distopias-patriarcales.jpg" width="350" height="545" />Sorprendentemente posicionamientos de la izquierda política y pseudofeministas coinciden con los planteamientos de los credos religiosos y partidos políticos de extrema derecha. Así, derecha política y religiones, afirman una “identidad biológica-sexual innata”, lo que determina la existencia de una “naturaleza femenina en sí misma” que caracteriza a las mujeres. Por ejemplo, recientemente el Grupo Parlamentario VOX, ha presentado en el Congreso una Proposición no de Ley relativa a la Ideología de género. En la fundamentación de la PNL se afirma taxativamente la cualidad innata de la “identidad biológica-sexual” y la existencia de una “naturaleza femenina” diferenciada de la masculina y determinada por las “configuraciones cerebrales diferentes en hombres y mujeres”.

Por su parte planteamientos pseudofeministas y de izquierdas recurren a la misma argumentación, ya que sostienen que la “identidad sexual” se configura en torno al “sexo psicológico subconsciente” que cada uno siente como propio. La existencia, pues, de cerebros azules o cerebros rosas configura nuestra identidad. A su vez, se afirma que identidad sexual y de género significan lo mismo, por lo que la identidad de género se configura como rasgo innato de las personas.

Tanto los que defienden una “ontología del sexo” (credos religiosos y conservadurismo político) como quienes defienden la “ontología de género”, creencia en la “identidad de género”, (izquierda posmo-queer) expresan también similar rechazo a la idea de igualdad: la extrema derecha describe el objetivo igualdad entre mujeres y varones como “obsesión” y la posmoizquierda- pseudofeminista crítica la noción de igualdad porque sólo beneficia a las mujeres blancas reafirmando su condición privilegiada.

  • El feminismo no está fragmentado, pero todo se tergiversa para que parezca que sí…

Toda fragmentación de la realidad conlleva altas dosis de despolitización. En lo que afecta a las mujeres las políticas de fragmentación tienden a enmascarar el sexismo y a despolitizar el feminismo. La fragmentación social, en esta economía globalizada, es rentable porque aviva el relativismo político o lo que es lo mismo, la imposibilidad de acordar categorías sociales y políticas comunes. La supuesta pretensión de que el feminismo está fragmentado imposibilita llevar a efecto la agenda feminista.

Además, debilita los instrumentos de intervención social de las mujeres, favoreciendo la confusión entre feminismo, “mujerismo” y “generismo queer”. Por lo tanto, no, el feminismo no está fragmentado, pero tiene que luchar contra el entrismo del “mujerismo” y el “generismo queer” que, como caballo de troya, en feliz expresión de Amelia Valcárcel, pretende la disolución del feminismo.

Es por ello muy irresponsable políticamente que desde la izquierda se promueva la fragmentación social, desdibujando la idea de igualdad, sustituyéndola por las categorías de diversidad e identidad. Las mujeres somos fragmentadas y fragmentadas por la izquierda posmoderna y queer, objeto de una nueva taxonomía (precarias, diversas, brujas, transfonterizas, migrantes, con velo o sin velo, negras, blancas, heterosexuales, lesbianas, anticarcelarias…) cuya única finalidad conocida es establecer una ordenación jerárquica que genera desconfianza.

  • ¿Poner énfasis en la identidad o en la diversidad es renunciar a la igualdad?

A las mujeres nos han vuelto a meter en un “cajón de sastre”. Es como si volviéramos a los años 80 del siglo pasado. En aquellos años, en el cajón de sastre de “las políticas sociales”, las mujeres como grupo social mayoritario se nos asimilaba a otros colectivos sociales minoritarios lo que impedía articular políticas específicas para las mujeres. Buena parte de aquellos años 80 se nos fue a las feministas en vindicar una institucionalidad propia, una formación feminista y unos planes de igualdad tanto en ayuntamientos, comunidades autónomas como nacionales.

Todo ese trabajo feminista de los 80 consolidó lo que denominamos “políticas de igualdad”. Hoy, desgraciadamente, esa expresión ha caído en desuso porque de nuevo en un giro amargo del destino, a las mujeres nos han vuelto a meter en otro cajón de sastre el de “la diversidad y la identidad”, produciéndose los mismos efectos indeseados para las mujeres que ya criticábamos en los 80.

Uno de los efectos indeseados de las políticas de “identidad y diversidad” es convertir en equivalentes reivindicaciones opuestas y proclamar sin rubor alguno que la igualdad es una ficción jurídica. Así, por ejemplo, el valor positivo concedido a la diversidad e identidad tiende a enmascarar el sexismo, la explotación sexual o reproductiva y las relaciones asimétricas de poder que las mujeres padecen en cualquier contexto específico.

Del hecho de visibilizar la diversidad e identidad no se sigue la anulación de la jerarquía social o sexual, ni la supresión de una normatividad impuesta. Sólo se trasladan a esferas más difusas que dificultan su reconocimiento. A su vez, si el reconocimiento de la “diversidad” y la defensa de la “identidad” se proyectan sólo sobre las necesidades o deseos de los individuos o colectivos, mediante un proceso de equivalencias, puede suceder que se confundan deseos y derechos y que por ello los derechos se consideren tan opcionales como los deseos. Además, cuando la izquierda pone el énfasis en la identidad o la diversidad renuncia a la pedagogía cívica que late en la idea de igualdad: compromiso con el bien común, justicia social y sexual, solidaridad, respeto y dignidad.

  • ¿Desde dónde tiene que enfrentarse el Feminismo a los discursos reactivos?

Como lo ha hecho siempre, manteniendo la mirada crítica, desvelando trampas conceptuales y analizando causas y consecuencias. El feminismo como teoría crítica-política es incómodo: sabe perfectamente describir las causas y efectos de la desigualdad y tiene como objetivo la justicia sexual.

Así, por ejemplo, desde su inicio el feminismo como teoría política ha criticado abiertamente la naturalización esencialista derivada del sexo, convirtiendo el “nacer mujer” en un destino amargo ya que el nacer con el “sexo inadecuado” ha lastrado las expectativas vitales de las mujeres en todas las culturas pasadas y presentes. La denuncia de esa realidad tangible es feminismo. De igual forma, el feminismo político ha cuestionado ese “hacerse mujer” o constructivismo social extremo que edificó el andamiaje por el cual a los sexos les correspondían no sólo funciones diferenciadas sino también divergencias en el entendimiento, capacidades, habilidades, modos de estar o de vestir que hoy podríamos resumir en la palabra “subjetividad”.

Si de algo sabemos las mujeres es que la subjetividad ha sido una de las grandes trampas conceptuales elaborada arteramente desde Rousseau a nuestros días, por medio de la cual se canaliza la misoginia. Por ello, el feminismo ha sido contrario a los credos religiosos y al conservadurismo político, pero la novedad del tiempo presente es que el feminismo resulta incómodo también a una izquierda posmoderna y pseudofeminista.

  • El transactivismo como dices en Distopías patriarcales es una manera de tutelarnos de nuevo a las mujeres

Absolutamente. Las mujeres padecemos la heterodesignación, afín a los credos religiosos y conservadurismo político, y ahora padecemos también la transdesignación, propia del generismo trans/queer. Por ejemplo, el debate estéril sobre lo que signifique “ser mujer” o “hacerse mujer” es impulsado tanto desde la heterodesignación como desde la transdesignación.

El relato de la heterodesignación y la transdesignación, tiene muchas formas de presentarse en el momento actual: no hay violencia de género, somos naturaleza femenina, no somos el sujeto activo del feminismo, no hay un sexo biológico, no somos mujeres sino cismujeres, no somos “mujeres embarazadas” sino “cuerpos gestantes”, las mujeres blancas son privilegiadas, no somos un grupo social sino colectivo... La designación de lo que quiera que seamos las mujeres, en cualquier caso, no nos pertenece.

Somos heterodesignadas y ahora también transdesignadas Y quien se arroga el poder de la designación lo hace con espíritu patriarcal. No podemos ser más que lo que se nos dice que debemos ser. Tenemos que representar todo y nada a la vez: la identidad, la diversidad, la vulnerabilidad, la interseccionalidad, el relativismo, la libre elección y la resignificación del cuerpo. En definitiva, luchar contra las designaciones también es un buen modo de resumir la historia del feminismo.

  • ¿Una premoción feminista ante todo este dislate?

El feminismo político se enfrenta a la distopía actual y esta es su encrucijada. La moneda está en el aire: o distopía o feminismo. Confío en que la distopía que genera “la mística de la identidad de género” no dure en el tiempo lo mismo que “la mística de la feminidad”.

El feminismo tanto a nivel nacional como internacional ha dado la voz de alerta y facilitado una sólida argumentación para luchar contra los opiáceos de la subjetividad, el deseo y la hiperemotividad. Pero es igual de esencial para frenar los tiempos distópicos que otras instancias del saber, de la ciencia, de la cultura y lo jurídico expresen sus posiciones abiertamente. La supuesta acusación de transfobia no puede servir de “adormidera social”. El feminismo se ha rebelado, lo esperable es que cunda el ejemplo. Contra la distopia queer se responde con rebeldía feminista.


Nuria Coronado Sopeña es periodista, conferenciante, organizadora de eventos y formadora en comunicación con perspectiva de género. Autora de Mujeres de Frente y Hombres por la Igualdad (Editorial LoQueNoExiste); Comunicar en Igualdad (ICI). @NuriaCSopena
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