El silencio cómplice de la Violencia Machista

Rocio Carrasco sasliendo del hospital con se segundo hijo en brazos con su madre Rocio Jurado y el marido

El silencio cómplice de la Violencia Machista

Las recientes declaraciones de Rocío Carrasco sobre las relaciones mantenidas con su ex en las dos últimas décadas en un medio televisivo, han suscitado reacciones encontradas. Por un lado, y ahí me encuentro, estamos quienes hemos visto en sus ojos, en su expresión y en sus llantos las huellas de una vida de malos tratos y por otro lado están quienes dicen que no entienden cómo no ha hablado en muchos años y por eso ya no la creen; quienes consideran que siendo joven, guapa y con medios no es posible que haya sido víctima de malos tratos o quienes le quitan la credibilidad porque, dicen, ha cobrado dinero del medio de comunicación en el que ha hecho las declaraciones de referencia.

Empezando por este último argumento, me pregunto si quienes sospechan del relato de esta mujer por haber cobrado dinero al hacerlo, si es que lo cobró, que no tengo ni idea, pero en caso de que así fuera, ¿sospecharon alguna vez en 20 años del relato que hizo reiteradamente su ex marido en el mismo medio, llamándola mala madre y cobrando cada vez que lo hacía? Porque parece que no aplican la misma vara de medir y esto es machismo en estado puro, esta es una muestra de la desigualdad de trato que recibimos las mujeres por el solo hecho de serlo.

Los relatos de las mujeres cuando denuncian a los hombres por malos tratos o por abusos sexuales son descreídos con frecuencia, tanto por los Juzgados como por la sociedad y éste es un caso flagrante de incredibilidad del testimonio de una mujer.

Para quienes consideran que es imposible que esta persona, con apariencia de ser una mujer fuerte, que es una mujer joven y guapa y que es además hija de una mujer poderosa, pueda ser una víctima de malos tratos, se confunden completamente. No tienen ni idea de cómo opera este gravísimo problema que es la violencia machista. Los malos tratos no conocen de clases sociales; no conocen de oficios; no conocen de edades, están desgraciadamente arraigados en nuestras estructuras, en nuestras mentalidades y en nuestra forma de pensar. Es la manera en la que hemos sido socializados mujeres y hombres en nuestra sociedad: ellos deciden, nosotras obedecemos. Y la que se rebela frente a esta relación de dominación-subordinación entra en una situación de riesgo que incluso ni ella misma reconoce y que por supuesto no compartirá con nadie. Salir de ahí es muy, pero que muy difícil y hemos de reconocer todo el mérito a las mujeres que toman aire, ponen pie en pared y se deciden a hablar. Por eso digo que el silencio es cómplice de la violencia machista.

En España llevamos muchos años desarrollando políticas públicas para prevenir y proteger a los miles de mujeres y niñas y niños que se encuentran en esta situación. Después de casi 17 años de vigencia de la Ley de medidas de protección integral frente a la violencia de género, sabemos por la macroencuesta de Violencia de género realizada por el Ministerio de Igualdad en el año 2019, que solo denuncian el 21.4% de las mujeres que sufren violencia de género por parte de sus parejas o ex parejas. Y el objetivo es que ninguna mujer pase por esa situación y si así fuere, poner a su disposición todos los recursos necesarios para que pueda salir del horror de una relación violenta.

Por eso, cuando una mujer se decide a exponer en público su inmenso dolor y un sufrimiento infinito, recibe toda mi solidaridad. El relato que hace unos días vi y escuché, fue una explosión de desesperación e impotencia de una madre tocada en los más profundo, que es la relación con los hijos que ha parido. Sea cual sea el objetivo del medio en el que se hicieron esas declaraciones, fueron un grito de auxilio y fueron también una llamada para muchas mujeres para decirles que no están solas, que su problema es compartido por otras mujeres. Y falta añadir que hay salida, hay solución.

Las consecuencias de la violencia psicológica son diferentes y con frecuencia son más lesivas que las que tiene la violencia física. Así lo reconocen muchas mujeres con las que he hablado a lo largo de mi vida. De un bofetón o de una paliza una se cura. Del daño psicológico, de la pérdida de la autoestima, de la inseguridad, del miedo, es mucho más difícil recuperarse. Y no digamos del arrancamiento de unos hijos que eran la ilusión de una vida. Eso es lo que yo vi hace unos días en un programa de televisión. Los ojos de una madre desgarrada por el dolor.

La violencia vicaria es una forma de maltrato que se ejerce por el hombre sobre la mujer por medio de los hijos e hijas. Es la forma más perversa de hacer daño a una madre, pues el instrumento son los propios hijos, que resultan así mismo muy dañados por la conducta maltratadora.

Hemos dicho hasta la saciedad que un maltratador no es un buen padre y, por tanto, hay que prestar atención especial a los y las menores que se encuentren en esa situación. Por ello, la L.O. 8/2015 de 22 de julio de modificación del sistema de protección a la infancia y adolescencia, modificó el art. 1.2 de la Ley Integral para incluir en su ámbito de protección a los hijos e hijas menores de edad sujetos a custodia de las mujeres víctimas de violencia de género. Y la futura Ley de Infancia mejorará el sistema de protección a menores y adolescentes que puedan encontrarse inmersos en situaciones de violencia de género.

Ojalá que los llantos ahogados y la mirada falta de esperanza que vimos millones de personas hace unos días en la persona de Rocío Carrasco sirvan para remover conciencias incrédulas ante un problema que ocasiona 50 mujeres asesinadas cada año y muchas más que, no llegando ahí, viven una vida que no merece ese calificativo. Ojalá que sirva para que muchas mujeres comprendan que el silencio mata y que la única salida es contarlo. Ojalá que sirva para que nuestros Tribunales analicen y resuelvan estos casos lejos de prejuicios machistas. Porque solo así caminaremos hacia una sociedad más justa para mujeres y hombres.

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