De qué Libertad de Expresión me están hablando

Los comerciantes ven saqueo y pillaje donde algunos extremismas quieren ver Libertad de Expresion

De qué Libertad de Expresión me están hablando

Libertad de Expresión Vs Libertad de Ideas. “La verdadera libertad de expresión es la que procede de la libertad de pensamiento. Lo que hay que hacer son mentes libres. Para decir majaderías, ¿para qué vale?” La reflexión es del filósofo sevillano Emilio Lledó y en estos momentos de violencia irreflexiva, convulsiva y premeditada -todo cabe en los contenedores de basura que arden- es oportuno recordarla, por venir de quien viene. Siguiendo la reflexión de Lledó yo he llegado a la conclusión de que la libertad de expresión habría que definirla como la libertad para expresar ideas y las ideas llegan tras la reflexión que acompaña la observación y el conocimiento de la realidad que vivimos.

A partir de ahí, cada uno es muy libre de expresar sus ideas a través del medio que mejor le sirve: la música, el cine, la televisión, la radio, el vídeo, la fotografía, el teatro, las redes sociales, la conversación, las tertulias de bar, la literatura e incluso con este sencillo y barato papel en blanco. Desde la observación, la reflexión y el conocimiento cada uno puede defender el modelo de sociedad en el que quiere vivir: democrática, dictatorial, liberal, capitalista, socialista, comunista, anarquista, corrupta, honesta, solidaria, individualista, constitucionalista, arbitraria y llegar a ella a través de un sistema de Gobierno monárquico, republicano, con parlamentarismo directo o representativo, presidencialista, pero siempre a través del debate y de la urna. Y siempre sin marginar, sin excluir ni despreciar a nadie por sus ideas.

De ahí que resulte extraño considerar libertad de expresión el insulto, la amenaza, el desprecio. Yo eso lo definiría como libertad de sentimientos, no de pensamiento. Y en los casos que nos ocupan y preocupan en la actualidad son, además, sentimientos de odio. Porque odio es desear la muerte violenta a alguien, bien sea a través de un piolet o de un disparo en la cabeza, de una ejecución colectiva de 26 millones de personas o de gasearlos por ser judíos. Insisto, así no se ejerce la libertad de ideas, sino de odio. Tal vez por eso el error de la justicia española es juzgar a estas personas por enaltecimiento del terrorismo en lugar de identificarlo en el delito de odio, figura esta que también encaja en nuestro ordenamiento jurídico y que nadie quiere cambiar.

Llamar a alguien negro, sudaca, maricón, bollera etcétera es sinónimo de racismo y discriminación que nuestro código penal sanciona como delito de odio. Y odio es desear la muerte a quienes integran y defienden determinada ideología o institución. Como odio y no reflexión ni expresión de ideas es salir a la calle con la idea premeditada de quemar contenedores, coches, motos, saquear comercios y destruir bancos, comisarias o periódicos, todo ellos elementos pasivos sin culpabilidad ninguna y que forman parte de nuestra sociedad y que todos necesitamos y usamos. También ellos, quienes los destruyen.

Es extraño contemplar ese retablo de las maravillas en el que nadie confiesa ver al rey desnudo sino con las prendas que cada uno desea ver. Incluso líderes sociales pertenecientes a ese núcleo elitista del mundo cultural y reconocidos como intelectuales, es decir gente que usa el intelecto, consideran expresión de ideas los malos ripios de un poetastro vulgar dominado por un fanatismo que es su cárcel y no su libertad.

Es curioso y preocupante comprobar como apenas quince días después del trágico asalto -murieron cuatro personas- al Capitolio de Washington, sede de la institución que representa el poder del pueblo en EEUU, que tantas críticas y condenas suscitó, incluso por parte de esos autocalificados intelectuales firmantes del manifiesto español, ahora hayan abrazado el trumpismo y no condenen la violencia, los desmanes y el vandalismo que nos asuela en nombre de una falsa libertad de expresar ideas. Es la misma justificación utilizada por los asaltantes del Capitolio que iban a defender una democracia pisoteada por el fraude electoral que nunca existió, y que sacó a Donald Trump de la Casa Blanca.


Por Concha Minguela



Independiente de que haya sido absuelto, más por intereses privados y por miedo a represalias de sus correlegionarios que por deseo de hacer justicia, es evidente que Trump puso en tela de juicio el sistema democrático de EEUU en aras de su egocentrismo supremacista. Alentó la comisión de un delito para favorecer sus intereses y torcer la libertad de expresar ideas con su voto a los mismos miles de millones de compatriotas que hacía cuatro años le habían metido en la Casa Blanca de la que ahora le expulsan con el mismo derecho.

La situación de violencia que estamos viviendo en España nada tiene que ver con la defensa de la libertad de expresar ideas. Es la señal inequívoca de que el trumpismo como método para lograr el poder a través del odio y la mentira, se ha instalado en la sociedad española y tal vez en el resto del mundo. Solo así se entiende la confusión pandémica de nuestra sociedad que toma decisiones más con los genitales que con el cerebro, alentada por quienes acampados en la Puerta del Sol madrileña, han institucionalizado el 15-M como el día de la Marmota y consideran que en este país la democracia no existe. Solo así se entiende la defensa de la libertad de odiar, no de expresar ideas, que representan esos militares que aspiran a fusilar a 26 millones de españoles, esa chica disfrazada de falangista en la Almudena haciendo apología de un fascismo asesino o esos ripios cargados de frustración y odio de un mal músico y peor poeta.

Y estoy de acuerdo con quienes defienden que no hay que castigarlos con la cárcel. Ese es sin duda el error cometido por la Justicia española. El mayor castigo a estos personajes es responder a su odio con la indiferencia y el silencio. Condenarlos a cárcel es convertirlos en héroes y mártires no de la libertad, sino de la estulticia, de la estupidez y del fanatismo, dicho sea con el máximo respeto. Como arguyó un verdadero intelectual, Ramón María del Valle Inclán, para defenderse de un conspicuo que le denunció por llamarle imbécil: “Señoría, esto no es un insulto, es una definición”

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