El trumpismo en España

El trumpismo en España

Americanos, hace años os recibimos con alegría; os imitamos, aprendimos a cantar, a bailar y algunos hasta a hablar en inglés. En este nuevo siglo, estamos a punto de perder los últimos pelos de la dehesa. Ahora semos, como decía Ozores, más que europeos. Ahora semos más americanos que nunca. ¿Que no? A ver. Las derechas suben en las encuestas. Osease, que en España ya hay millones tan trumpistas como los senadores republicanos de América. Toma ya. Viva el tronío de ese gran pueblo con poderío. Y viva España que es la que torea mejores "corrías", y que a moderna no le gana nadie porque sigue y seguirá siendo, con todo el orgullo de los españoles de verdá, el país de Don Pablo, el alcalde; el país de gloriosa memoria; el país de mi mare, de mi suegra y de mi tía.

Ante la irrupción del neologismo trumpismo en la política de los Estados Unidos de América y, por ende, del mundo entero, se impone empezar este artículo con una sucinta explicación del término. Como dijo y diría el legendario alcalde de Villar del Río, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar. Se llama trumpismo a una forma de hacer política sin política. Esto parece una contradicción lógica, pero es otra cosa. El político trumpista hace que hace política porque pertenece a un partido político y para hacer política le pagan. Pero, como sabe todo el mundo, el fin primordial de algunos partidos políticos no es hacer política, es obtener votos para recibir las subvenciones públicas que se pagan por votos, subvenciones que suponen el 80% del capital de las formaciones políticas. En plata y en corto, que para subsistir, los partidos políticos necesitan votos como sea. El político trumpista es el que ha descubierto que a la mayoría de los ciudadanos, la política se la trae al pairo y que para obtener los votos de ciudadanos apolíticos y antipolíticos lo más inteligente es no meter política en los discursos, es decir, no hablar ni de los principios ni de la ideología ni de los programas que dictarán el gobierno de un candidato o que dictan el gobierno de un incumbente. Lo más trumpista es que candidatos o incumbentes no tengan ni principios ni ideología ni programa, pero si los tienen, el trumpista sabe que los tiene que callar. ¿De qué hablan entonces en sus discursos? De todo aquello que pueda agitar a los apolíticos y antipolíticos, como disparates, mentiras, insultos. No es de extrañar que cada vez más españoles agradecidos voten a las derechas. Las derechas se han ganado el honor de pertenecer al más puro trumpismo americano gracias a su aguda comprensión de la psicología nacional.

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Repasemos la historia del neologismo para entenderlo mejor. Donald J. Trump no inventó el trumpismo, le puso nombre. Las tres derechas trumpistas de este país tampoco inventaron nada, merecieron el apelativo gracias a José María Aznar, genial precursor del trumpismo en España cuando Trump no era más que un nombre asociado al negocio inmobiliario y a un reality show. Si España tuviera los recursos y el relieve internacional de los Estados Unidos de América, la política del disparate, la mentira y el insulto se conocería hoy como aznarismo. Pero el mundo que se llama desarrollado es así de injusto. Trump jugaba con los millones de dólares que le dejó su papá y a Aznar le dejó el suyo solo pesetas que con el euro se encogieron. La fortuna de Aznar en euros jamás llegará a los billones de Trump en dólares que, aunque hoy aparezcan en la columna de deudas, siguen cantando mucho más que los milloncicos de burgués acomodado que pueda tener Aznar. Y en la secta del neocapitalismo, ya se sabe, solo el dinero permite ascender por la escalera jerárquica hasta llegar al triunfo. Trump fue de la televisión a la presidencia. Aznar ha seguido la vía opuesta; de la presidencia a la televisión donde puede exhibir cuando quiere expresiones de malhumorado peligroso que luego en las redes sociales le devuelven su gloria fugaz. Pero Trump todavía no ha renunciado a la gloria perpetua porque sigue gobernando con mano de hierro a los suyos, amenaza volver a la Casa Blanca dentro de cuatro años y los republicanos saben que quien no le apoye y le obedezca, no sale en la foto, como decía un político de aquí.

Por culpa de esa injusticia capitalista, la diferencia entre Trump y Aznar, por poner un ejemplo más asequible, es la que existe entre el Mozart de La flauta mágica y el Moreno Torroba de Luisa Fernanda. Esta comparación en cuanto a fama, sin intención de desmerecer. Trump tenía millones, un tupé arcangélico y era presidente de los Estados Unidos. Aznar no tenía ninguna de las tres cosas, pero nadie como él sorprendió a la esfera internacional poniendo los pies con zapatos encima de la mesa de un presidente de la primera potencia del mundo y contestando preguntas de los periodistas con un acento mejicanotejano inimitable. Aznar tenía, además, los atributos cuadrados. Nadie como él se atrevió, se había atrevido ni se atreverá a calificar a una banda terrorista que estaba matando inocentes de Movimiento vasco de liberación. Después de aquello, sus discípulos entendieron bien el mensaje y Rajoy empezó a hablar de platos que eran platos y vecinos que era alcaldes o viceversa y Casado se sacó título y máster en lo que tardó su community manager en ponerlos en su currículum y García-Egea y Rafael Hernando hacen sonreír a los tuiteros con sus disparates y Díaz Ayuso, con los suyos, parte de risa a prensa y público dentro y fuera del país. Con estas gracias, han conseguido millones de votos y dicen las encuestas que más conseguirán.

Pero hacer gracia no basta para alcanzar el título de trumpista. Hay que ser y parecer nacionalista, racista, xenófobo y misógino. Hay que atreverse a insultar al adversario sin miedo a una querella criminal. Hay que transformar a discreción la geografía y la historia de España y entretenerse practicando tiro al blanco con fotos de la gente que te gustaría eliminar o arengar a los simpatizantes para despertarles el instinto asesino. Casado se queda corto porque a sus guionistas no se les ocurre otra cosa que insultos al gobierno y sus insultos ya suenan a chistes viejos. Hay en el Partido Popular algunos aspirantes a merecer el título; Díaz Ayuso y Álvarez de Toledo, por ejemplo, pero son mujeres y tendrán que esperar a que la jerarquía de los que mandan en la sombra se dé cuenta de que sus hombres no dan la talla.

Hoy por hoy, los auténticos aprendices de trumpistas en España son los de Abascal. Solo los de Santiago Abascal se atreven a decir barbaridades con el desparpajo de Donald Trump, pero de Trump les falta la técnica histriónica de muecas y gestos que le convirtió en un celebrity de televisión. La cara de mala leche de Ortega Smith, aburre. Los pectorales pujando por salirse de la camisa de Abascal sugieren que la prenda se compró pequeña o que se ha encogido. Tienen un buen banquillo, eso sí, que incluye a la Monasterio, por ejemplo, pero la Monasterio, aunque apunta maneras, está demasiado verde. Nada que ver todavía con Marjorie Taylor Greene, trumpista a morir que se ha revelado como estrella de todo el trumpismo desde que ganó un escaño de Representante en Estados Unidos acusando a los demócratas de pedófilos y caníbales, posando en Facebook con un fusil para matar socialistas y pidiendo en Twitter que alguien se decidiera a meterle un tiro en la cabeza a Nancy Pelosi, Presidenta de la Cámara de Representantes, demócrata, claro. Aquí todavía no hay ningún trumpista que se atreva a tanto, pero si a alguno, por curiosidad, se le ocurre buscar los votos con que la Greene ganó en un distrito de Georgia, puede que se desprenda de los últimos reparos que le puedan quedar.

Y para que no me digan que de las tres derechas de este país me dejo a Ciudadanos, explicaré por qué no me extiendo en ese partido. Los de Ciudadanos no se pueden incluir en el club de los trumpistas porque hay días que sí y hay días que no y hay autonomías en las que son y otras en las que no son y su comportamiento errático parece más cosa de física cuántica que de política. El ciudadano medio no está por la labor de hacer una investigación científica antes de votar, así que a Ciudadanos cada vez son menos los que les votan. Además, para los tiempos que corren, Arrimadas resulta sosisima.

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Por María Mir-Rocafort

De todo lo anterior se deduce fácilmente que cuando los trumpistas llegan al poder, constituyen gobiernos deshumanizados que procuran deshumanizar a la sociedad para que la sociedad no descubra su condición intelectual y moral y no exija otra cosa. Sus triunfos demuestran que hay millones de individuos, en América y en Europa, a los que se les puede confinar en una realidad paralela porque acaban creyendo cualquier disparate que se les repita siempre que el disparate les provoque segregación de hormonas placenteras. Según The Washington Post, Trump logró colar más de 30.000 mentiras en cuatro años con la asistencia de la prensa trumpista y de la prensa seria que le daba bola porque Trump les daba audiencia. Ahora toda la prensa seria americana manifiesta su temor a que Trump vuelva dispuesto a cargarse a la democracia de una vez. ¿Y en España? ¡Al loro! Según reconocidos psiquiatras y psicólogos, la pandemia está causando serios trastornos mentales y los individuos mentalmente trastornados son los más predispuestos a dejarse llevar a los mundos felices de las derechas.

Trump no creo el trumpismo. Se encontró con una América rota por un racismo ancestral y una xenofobia creciente que daba el pego en el mundo a base de remiendos. Trump rompió los remiendos y América se descubrió ante el mundo y ante sí misma en toda su miserable desnudez. Trump no pervirtió al Partido Republicano. Hace mucho tiempo que el Partido Republicano empezó a escorar hacia la extrema derecha, dejando de creer en la democracia. Y fue ese Partido Republicano el que creó a Trump.

¿Y en España? ¡Al loro! Por las izquierdas y por las derechas salen voces que, cada vez con menos reparo y menos vergüenza, predican en populista y del populismo de cualquier signo al trumpismo, solo hay un paso.

Se aproximan las elecciones catalanas. Cataluña ha vivido durante años sometida a la falsedad de unos dirigentes que exigen libertad y democracia para la mitad de los catalanes que quieren la independencia. ¿Y la otra mitad? ¿No tiene derecho la otra mitad a rechazar la división del país y de la sociedad para complacer los ideales de quienes quieren separarse de España? Los que se empecinan en imponer su voluntad separatista peti qui peti son trumpistas. Se da en Cataluña el fenómeno de que algunos partidos de izquierdas están dispuestos a dar sus votos a las derechas independentistas para seguir incordiando al personal con el procés. Coalición nada inocua cuando todo lo que ofrece es el proceso interminable de perseguir una quimera mientras hacen política sin política, es decir, trumpismo. No hace falta que alguien deje de ser apolítico o antipolítico para no caer en esa trampa. Basta recordar, recordar lo que ha pasado y lo que todos han vivido en Cataluña durante los últimos diez años y preguntarse, antes de votar, si uno quiere seguir sufriendo los recortes de todo lo que nos han recortado los que no tienen tiempo para gobernar; si uno quiere seguir viviendo en una sociedad partida por la mitad como la que nos han impuesto.

Ojalá toda esta historia termine en España como la película de Berlanga. Ojalá Mr. Marshal pase de largo sin ensuciarnos el pueblo. Ojalá sustituyamos los trajes y sombreros y vestidos de una época de pena por una soberana peineta dirigida al trumpismo universal. Porque somos españoles; porque no nos parió nuestra madre para que nos la den con queso ni los trumpistas americanos, ni los aprendices de trumpistas españoles, ni los populistas de ningún signo, ni los independentistas catalanes, coño.

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