El estallido del fascismo

El líder de la ultraderecha española, Santiago Abascal, en el Congreso de los Diputados

El estallido del fascismo

Hace unos días me apareció el tuit de una tuitera americana indignada porque Twitter le había clausurado la cuenta a Donald Trump. Anunciaba que ella daría de baja la suya en protesta e instaba al resto de los tuiteros a hacer lo mismo. Le di las gracias por librarnos de una trumpista y le deseé que muchos trumpistas siguieran su ejemplo. No me contestó. Supongo que la sorpresa la dejó sin palabras, porque una de las creencias de los fieles de Trump es que la mayoría de la humanidad pertenece a su secta y que no hay ser humano que no venere al ídolo del país más poderoso del mundo. ¿Qué le pasará a estas almas cándidas cuando su todopoderoso pierda todo su poder el miércoles? Por ahora, contagiados hasta el tuétano de la facultad de engaño y autoengaño de Donald Trump, no hay fuerza de índole alguna sobre la faz de la tierra que les convenza de que Trump pueda perder su omnipotencia. Donald Trump es Dios, como él mismo dijo en un rally. Si, como dicen prestigiosos psiquiatras, Trump ha llegado a creerse sus propias mentiras, ¿qué puede hacer de aquí al miércoles para no salir de la Casa Blanca derrotado? Nadie lo sabe, razón por la cual, las mentes más preclaras de la política americana viven, desde el pasado miércoles, haciendo esfuerzos supremos por ocultar su canguelo.

El fascismo ha pervivido, pervive en estado latente en silencio, en secreto, hasta que aquí y allá, un estallido le lleva al poder y las consecuencias le hacen la pascua a millones. Y entonces uno empieza a hacerse preguntas como si no lo hubiera detectado antes. ¿Qué ha pasado a los americanos para que la secta perniciosa del fascismo haya arraigado y florecido en la tierra de los libres y en el hogar de los valientes, como reza el himno de los Estados Unidos? ¿Qué ha pasado a los ingleses, cuna de inteligencias excelsas en todos los ámbitos del saber, para tragarse las mentiras que les condujeron a aislarse otra vez en el insularismo separándose de Europa? ¿Qué ha pasado a los brasileños después de haber vencido a una dictadura, y tan alegres y tan libres ellos, para haber caído en la red de disparates eclécticos que les tendió Bolsonaro? ¿Qué ha pasado a los venezolanos, a los nicaragüenses para que se tragaran las promesas de libertad que les ofrecían sus falsos libertadores y que al final se trataba sólo de libertad para morirse de hambre? ¿Qué ha pasado a los polacos y a los húngaros para volver a abrazar dictaduras encubiertas después de haber sufrido el sadismo mortal de los nazis y, luego, del comunismo soviético? ¿Qué nos ha pasado a los españoles para que, después de más de cuarenta años recordándonos con orgullo la transición y alabando nuestra inteligente evolución a la democracia, millones voten a líderes políticos que solo ofrecen crispación y odio mezclados con el excipiente de la mentira? ¿Qué nos ha pasado a todos para no reconocer que en esas aparentemente nuevas formas de hacer política se esconde el fascismo de siempre?

Hace bastante tiempo que politólogos, psiquiatras, psicólogos y hasta filósofos se están haciendo estas preguntas en todo el mundo. Pero después de la salvajada que ocurrió en el Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero, encontrar las respuestas se ha vuelto perentorio para evitar que los afortunados ciudadanos de los países en los que reina, aparentemente, la libertad, nos demos de bruces contra la musculatura de matones enloquecidos por el poder -frase evidentemente metafórica porque los populistas fascistas con vocación de dictadores suelen ser bajitos, con alguna excepción, y no muy agraciados, aunque algunos utilicen aditamentos como tupés, bigotitos y pulidas barbas, detalle que tal vez merecería un estudio psicológico.


Por María Mir-Rocafort



Somos muchos los que hemos contestado esas preguntas culpando a la recesión del 2008 del miedo a la pobreza que secó las agallas de todos los que dependían de un sueldo o de un negocio pequeño o mediano para superarla. Asusta que a uno le vacíen la cartera, pero la posibilidad de no poder llenarla nunca más, aterra. Sabemos que la percepción de una amenaza a la supervivencia provoca una descarga hormonal que prepara para reaccionar con dos alternativas; la lucha o la huída. Pero si uno no tiene la posibilidad de luchar contra el monstruo del neocapitalismo global que amenaza aplastar a todos los mindundis del planeta, ni tiene a donde huir de la miseria que le aflige o amenaza afligirle, las alternativas se reducen a la parálisis de la depresión o a buscar cobijo bajo la gigantesca sombra del primo aquel con que un anuncio nos vendía un zumo hace unos años.

Que la mayoría se apelotone suplicando el amparo de un gigantón por puro miedo es la respuesta más evidente y fácil a las preguntas que nos afligen. La socialdemocracia tenía la imagen de una anciana sabia, pero flaca y demacrada. Las derechas, en sus diferentes versiones, aparecían como banqueros robustos, bien vestidos y con sempiternas sonrisas. El contraste entre ambas ideologías me recuerda siempre un cuadro que tenían colgado en un colmado al que iba yo a comprar golosinas durante unas vacaciones de mi infancia. Estaba dividido en dos imágenes. En la de la izquierda, aparecía un hombre flaco con un traje harapiento y cara de desesperación, mirando su caja fuerte abierta y sin otra cosa adentro que una rata. El pie de esa foto rezaba: "Yo vendí a crédito". En la imagen de la derecha aparecía un gordo bien vestido, con traje impecable, leontina de oro y una caja fuerte desbordante de billetes. Decía el rico: "Yo vendí al contado". Ante el ataque de la recesión económica, ¿a cuál de los dos iba a acudir el pobre o el amenazado de pobreza con su Kirie Eleison? El rico adornado con billetes le ofrecía el oro y el moro, la promesa de que los ricos iban a ayudarle a hacerse tan rico como él. El pobre de la caja fuerte vacía le ofrecía volver a empezar de cero y luchar con voluntad y esfuerzo para ir recuperando poco a poco todo lo que la quiebra de un banco lejano nos había quitado. ¿Cuántos se detuvieron a pensar cómo iba a cumplir el rico sus promesas? ¿Cuándo? La mayoría respondió al pobre de la caja vacía con un quita, quita, y votó al que le ofrecía más y mejor sin pensar en otra cosa que en los billetes. Claro que, una vez obtenido el poder para gastar sus billetes como le diera la gana y reponerlos fácilmente, como le diera la gana también, el rico olvidó inmediatamente al mindundi que le había votado. El mindundi se quedó sin poder comprar, ni al contado ni a crédito, y sin razón siquiera para quejarse. Tras haber utilizado el poder de su voto para empobrecerse más mientras enriquecía más al rico, ¿de qué se iba a quejar como no fuera de su propia credulidad y pereza mental?

Es indudable que el miedo empuja a buscar la protección del más fuerte. Pero además de esa circunstancia obvia, en la entrega de las mayorías al populista de derechas opera, con eficacia suprema, la repetición de las mentiras, produciendo en las mentes el efecto de una adhesión incondicional a su líder. El populista de derechas sabe que sus grandes audiencias de mindundis acobardados le escuchan porque cuanto sale de sus labios es lo que los mindundis quieren escuchar. "Vamos a bajar los impuestos", clama. "Bien", se emociona el medio pobre que aún paga impuestos. "Vamos a subir las pensiones". "Bien", aplaude el viejo sin preguntar a nadie con qué impuestos se van a pagar. Y si a alguien se le ocurre plantear una pregunta así o cualquier objeción racional, el populista de derechas responde con un juicio inapelable: "Esos que preguntan y objetan y se oponen son cenizos socialistas, comunistas, anarquistas que quieren subir los impuestos a todos".


Por María Mir-Rocafort



Tenemos, pues, dos respuestas a las múltiples preguntas que el estallido del fascismo nos plantea. Pero queda una tercera, también irrefutable y tal vez la más importante.

Sabemos que para que una mentira logre llegar al cerebro y allí enquistarse como la tenia porcina, se tiene que repetir con cierta frecuencia. El populismo fascista descubrió muy pronto la necesidad de contar con una prensa afín o, en su defecto, dócil que ventilara sus mentiras diariamente. La docilidad de la prensa se la garantizó, otra vez, el miedo. Los diarios que quisieran mantener sus prensas rodando dependían de capitalistas y de bancos. Los capitalistas y los bancos empezaron a exigir fidelidad al personal que escribía noticias y comentarios. El miedo del personal a perder el sueldo o un diario en el que publicar, hizo el resto. Y luego vino la televisión y luego llegaron las redes; puertas de la gloria abiertas de par en par para los propagandistas de mentiras.

En España, como en casi todas partes, el periodista que no se vendió anteponiendo su cartera a la moral porque se lo impedían débiles escrúpulos y una cierta vergüenza, recurrió a la equidistancia. Los vendidos no le hacen ascos a ventilar y comentar cuantas mentiras considere necesario divulgar el populismo de derechas; no afecta a sus conciencias porque no tienen conciencia moral, ni a sus aspiraciones sociales y profesionales. Que el público les etiquete como miembros del exclusivo club de los ricos o amigos de los ricos les enorgullece y les alegra porque amplía sus oportunidades de medrar. Los que, por escrúpulos morales o por cierto respeto a sí mismos, se niegan a caer tan bajo, recurren a la equidistancia para que su rendición no se note demasiado. No queda tan mal decir que todos los políticos son iguales. En los periodistas vendidos a la derecha se manifiesta una absoluta carencia de vergüenza. En los equidistantes se puede conceder un cierto respeto a la ética periodística, aunque ese respeto parezca más bien hipócrita. Entonces, ¿quién es el más decente? ¿El que suelta las mentiras más gordas con una sonrisa irónica porque él mismo se ríe de los disparates que dice o escribe, o el que critica seriamente lo que le parece criticable de las derechas para decir a renglón inmediatamente seguido que el gobierno hace o dice más o menos lo mismo?

El periodista que llena de elogios al populista de derechas tiene al menos la decencia de desnudarse ante el público y mostrarse como lo que es. Cuesta poco calarles y no engañan a nadie. El periodista equidistante, por el contrario, es un gravísimo peligro contra la democracia. Disfrazado por fuera de una supuesta imparcialidad, inteligente y ética, que le obliga a no tomar partido por nada ni por nadie, le resulta mucho más fácil engañar al crédulo confiado. Esa equidistancia le permite introducir en los cerebros la mentira de que todos los políticos son iguales, y esa mentira es el llamamiento más eficaz a la abstención, siendo la abstención la mejor aliada del fascismo. El fascista no pierde ocasión de votar porque tiene cerebro y emociones consagrados a su líder; los que no son fascistas caen en la trampa de considerar que su voto no es imprescindible por creer, ingenuamente, que nadie es tan estúpido como para ser fascista, y de todos modos, qué más da si todos los políticos son lo mismo.

Aupado por la prensa afín y por la tibia, el líder fascista se entrega con pasión a compartir las alucinaciones de su psicosis con su grupo de fieles. El tema estrella es la repetición con tintes dramáticos de las teorías conspiranoicas. Lo del virus chino, por ejemplo, ha tenido un éxito mundial. No puede faltar, además, la letanía del odio que excita las emociones más intensas del personal porque permite desahogar frustraciones, complejos, la sensación de fracaso de la existencia. Atacando a los medios que le son abiertamente contrarios, que también los hay; a las izquierdas, a los inmigrantes, a las feministas y a todo lo que les suene a progreso de la humanidad, el líder pone ante sus fieles un abanico de dianas sobre las que lanzar sus dardos venenosos y les ofrece formar parte de un ejército de valientes que limpiará de chusma a su gran nación, llámese esta Alemania, Estados Unidos, España. El bruto con apariencia humana, fracasado en muchos o en todos los aspectos de su vida, se siente, de pronto, elevado a la cumbre celestial donde habitan los elegidos de un líder mesiánico y desde allí contempla a sus pies con desprecio, con odio, a todos los seres que considera inferiores porque no forman parte del ejército de salvadores de la patria. Entre ese bruto y su líder se produce lo que un psiquiatra americano llama simbiosis narcisista. El líder necesita la adoración de los fieles porque, por diversas circunstancias, no se valora a sí mismo. A sus fieles, la adoración al líder otorga el mismo valor del que también carecen. El ejemplo más llamativo y mundialmente conocido del líder narcisista es Trump, por supuesto, pero no hay que pensar mucho para encontrar ejemplos de líderes trumpistas en todas partes.

El asalto al Capitolio del 6 de enero ofreció al mundo el espectáculo de un ejército, evidentemente infrahumano, llevando a la práctica toda la teoría aprendida durante los cuatro años de supremacía de su líder. A escala proporcional, hemos visto las mismas tácticas de guerra en manifestaciones anti inmigrantes, anti mascarillas, anti confinamiento en diferentes países europeos. Tras todas ellas hay líderes fascistas, propaganda fascista, intenciones fascistas de acabar con las democracias. Lo del Capitolio fue un estallido brutal del fascismo que en todas partes espera el momento oportuno de lanzarse al ataque de las instituciones democráticas. Lo más espeluznante es que los líderes de esta tendencia cavernícola pueden llegar al poder con el voto de los desquiciados, como llegó Hitler en Alemania y Donald Trump en los Estados Unidos. ¿Cómo evitarlo? Informándose, pensando, juzgando, votando con información, reflexión y juicio.

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